Opinión

Puigdemont, la izquierda y la política zombi

WATERLOO (Belgium), 06/10/2026.- Former Catalan regional president Carles Puigdemont delivers an institutional statement at the Casa de la Republica in Waterloo, Belgium, 06 October 2026. Spains Supreme Court lifted the arrest warrant against Puigdemont earlier in the day after the Constitutional Court ruled that the amnesty law applies to embezzlement linked to the Catalan independence process, paving the way for his return to Spain after nearly nine years in Belgium. (Bélgica, España) EFE/EPA/OLIVIER HOSLET
Puigdemont, durante su comparecencia ante los medios tras saber que ya acaricia la amnistía
EFE/EPA/OLIVIER HOSLET
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Es sabido que la generación de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos, o al menos esto dicen los marxistas; más que esa, la tesis del Brumario era, en realidad, que había que dejar que los muertos enterrasen a sus muertos y despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Vale para la acampada por la vivienda en Sol, viva, en comparación con el 15-M, muerto; vale para la derecha catalana de 2026, viva, vivísima, más fascista que catalana, en comparación con su Puigdemont, políticamente muerto. Pero había que dejar que lo enterraran.

En manos de Conde-Pumpido, lo que permite la ponencia del Tribunal Constitucional es dar por cerrada la esperpéntica fase de la amnistía, con su tira y afloja, en un momento en el cual, en realidad, esos muertos políticos ya casi no le importan a nadie. Decía Ada Colau en el Café d’idees que Puigdemont lo tendrá difícil, por la acción de Junts en contra de los decretos de vivienda, a la hora de salir a la calle y pasearse por Cataluña sin que nadie le haga un reproche. No tanto, en realidad. Mi sensación, más bien, es que Puigdemont es hoy un meme, un adiós, más recordado por su momento Houdini que por la independencia de breves segundos; no queda nada en él de épica mesiánica ni de liderazgo, nada esperan de su figura ni siquiera los independentistas. Nadie lo revivió más que el PSOE al necesitarlo, tras las últimas generales, y nadie, simbólicamente, lo ha matado más que el PSOE al amnistiarlo. Hablar tanto de él es un síntoma de política zombi.

¿No es política zombi, en realidad, buena parte de todo a lo que asistimos hoy? Lejos de la política institucional, en la política extramuros, la que hoy es más protagonista para la izquierda, hay una multitud de portavocías, de buenas y buenos comunicadores; en la izquierda institucional, nadie quería liderar hasta hace unos días. Lo dice un poema de Yeats: Dando vueltas y vueltas en la espiral creciente / no puede ya el halcón oír al halconero; / todo se desmorona; el centro cede; /los mejores no tienen convicción, y los peores / rebosan de febril intensidad. Los mejores (para la izquierda, Bustinduy lo era) sí que tenían convicciones, pero no estaban dispuestos a sacrificar su existencia entera o inmolarse por unas elecciones; en este caso, los peores ni siquiera tienen la intensidad. En el presente, o sea, en la política de 2026, tal y como no importa Puigdemont cuando la amenaza en Cataluña (para cualquier demócrata) tendría que ser el auge de Silvia Orriols y Alianza Catalana, y sus causas más que sus consecuencias, no importan todas las rencillas, cuitas, luchas, fratricidios y cuchillazos que definieron el ciclo pasado, los ciclos pasados. Pero vivimos un 2026 que es hijo de su 2015, y a sus padres no ha matado, tal y como el 15-M, que en su día se reivindicaba novísimo, acabó moldeado por Podemos hasta erigirse como presunto heredero de la lucha histórica del eurocomunismo español (¡extraordinaria transición!), capítulo final de la cláusula de exclusión histórica.

Queremos que el pasado no defina la política o pensamos que no debería hacerlo eternamente, sobre todo el pasado muerto; ¿pero existe una alternativa a que lo haga? ¿Hay política que no sea política zombi? Quizá no. Mi anécdota favorita para explicarlo, para situarnos en la escala de lo que de verdad importa, en los años y los siglos y los milenios: en el Cretácico, hace algo así como 150 millones de años, mares poco profundos cubrían el sur de Estados Unidos; como eran poco profundos, el plancton marino, con el paso del tiempo, se acumuló en formaciones calcáreas; forjaron estas formaciones la franja de tierra fértil que hoy ocupa una parte del sur, en Alabama. Fue en este suelo donde se empezó a cultivar algodón. Como se cultivó algodón, era donde más beneficio proveía a los esclavistas la esclavitud de la población negra, y allí llevaron a los esclavos. Y, como allí llevaron a los esclavos, como corrió la historia, la franja del plancton marino aún puede verse en las jornadas electorales: como una tendencia de voto que se repite, una y otra vez, por los demócratas. Lo que quizá es menos excusable, en el caso español, es que el accidente (lo de los últimos 20 años) se confunda con el peso de la realidad, con la fuerza de lo necesario.

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