Opinión

Tertulianos

La mesa de tertulia de El Hormiguero del 11 de noviembre
Atresmedia
María Jesús Güemes
Actualizado: h

Yo fui tertuliana. Lo dejé cuando supe que me iba a quedar calva por la quimio. Las cosas como son. No tenía fuerzas ni ganas de salir en una tele con peluca. Pude volver después de todo el proceso, pero ahí ya no quise. Me estresaba demasiado y fui consciente de mis limitaciones. No sé hablar de todo y se me da muy mal disimularlo.

En una ocasión, me tocó tratar en directo el incendio de una planta de neumáticos. Recuerdo a todos mis compañeros de mesa buscando en sus tablets y móviles algún detalle que les sirviese para armar corriendo un argumento. Reconozco que dije nimiedades durante mi turno. Sólo un experto podría haber aportado algo de valor a aquel debate.

No es un trabajo fácil. Hay que tener desparpajo, capacidad de reflexión e improvisación, saber comunicar y un estilo camaleónico para ir adaptándose a cualquier entorno. También hace falta tener tablas y algo de ego, aunque eso sobra en nuestra profesión.

La cuestión es que he pensado mucho en aquella etapa con la publicación de la lista del Ministerio del Interior. En ella salen muchas personas a las que conozco y aprecio. Alguna a la que no soporto. La vida misma.

La verdad es que me sorprendió que se convirtiese en un escándalo porque esta práctica se lleva a cabo desde siempre en empresas, partidos políticos y hasta en los despachos de medios de comunicación que buscan nutrir sus espacios con analistas de todas las corrientes en aras de la pluralidad. Estamos todos fichados.

Tampoco entendí que se pusiese el grito en el cielo por hablar de la tendencia ideológica de cada uno. Ya nos conocemos y si hay dudas sobre alguien, basta con escuchar un rato sus intervenciones para descubrir su orientación. No hay nadie imparcial. Las distintas voces aportan riqueza a cualquier charla, aunque terminen en un enfrentamiento que forma parte del espectáculo.

Otra cosa es la indignación que uno puede sentir al ver su nombre y foto dentro del informe chapuza con membrete del departamento de Fernando Grande-Marlaska. Nos hace rememorar tiempos pasados. La etiqueta del Gobierno puede acarrear consecuencias, al impulsar o vetar cualquier carrera periodística.

Detalle de la portada del libro 'Tertulianos', de Antonio Villarreal | Ed. Península
Detalle de la portada del libro ‘Tertulianos’, de Antonio Villarreal | Ed. Península

Las asociaciones que nos representan condenaron de inmediato el listado tachándolo de “impropio de una democracia”. Para estas se trata de un “ataque directo” a la libertad de prensa, “al introducir un elemento de vigilancia y potencial represalia sobre el ejercicio profesional de la información”. Después, el Ejecutivo salió a pedir perdón y la Agencia de Protección de Datos abrió una investigación. Entre esto y las agresiones que sufrimos nos hemos convertido en los protagonistas absolutos de la noticia. Justo lo que no queríamos ser.

En Tertulianos, de Antonio Villarreal, se resalta un aspecto curioso. Dice que, “cada vez más, nuestra fuente primaria de información no es una noticia, sino una opinión: la interpretación que alguien hace de los hechos desnudos que oímos en un programa de radio, televisión o internet que coincide con nuestra visión del mundo. Luego, la procesamos en nuestra cabeza, le ponemos nuestras propias palabras y, como por arte de magia, la cristalizamos de nuevo para lanzarla a nuestro compañero de trabajo, a nuestra pareja, a nuestra madre o a nuestros 1.769 seguidores en redes sociales”. No es lo mismo mantener una posición sobre algo que saber de algo, pero a nuestra sociedad no parece importarle.

Este libro también cuenta que en 2024 al clipping habitual (la recopilación ordenada de todas las apariciones y menciones que se hacen del Gobierno), La Moncloa añadió otra capa más y contrató a una asesora dedicada “a seguir, exclusivamente, a los tertulianos”. Hay quien lo verá útil y quien lo tachará de excesivo control. Sin embargo, es lógico estar al tanto de todo lo que se habla, sea de Pedro Sánchez o de Donald Trump.

En la crónica de Villarreal, muy bien escrita y bastante entretenida, se aborda el origen de las tertulias, lo que cobran los que participan en ellas, la fama que adquieren, las presiones que reciben, los vínculos que tienen con los políticos… También deja esta definición de una especie que no está precisamente en peligro de extinción: “Caminar por un alambre sobre el barranco de la ignorancia, surfear el vértigo de la última hora, transitar la delgada línea entre la autoridad y la insensatez, lejos de ser un hándicap es la gasolina del tertuliano auténtico”.

TAGS DE ESTA NOTICIA