Tenían cinco años, tres años y ocho meses. Su madre, Lindsay Clancy, los estranguló con unas bandas de ejercicio mientras su marido había salido de casa. Después intentó suicidarse saltando por una ventana. Estos hechos no los discute ni siquiera la defensa. Lo que debe decidir ahora el jurado es si Clancy sufría una psicosis posparto que le impedía comprender lo que estaba haciendo y, por tanto, si puede considerársela penalmente responsable.
Hasta ahí, un juicio complejo. Una tragedia espantosa. Un debate médico y jurídico que merece ser tratado con rigor.
Pero entonces llegó el feminismo de pancarta y decidió que aquello necesitaba una heroína.
Hace unos días, alrededor de cuatrocientas personas, la mayoría mujeres vestidas de rosa, se concentraron frente al tribunal para apoyar a Clancy. Llevaban chapas con el lema “Estamos con Lindsay” y carteles que decían “Eres una buena madre” y “El sistema te falló”. Algunas aseguraban que cualquiera de ellas podría estar sentada en su lugar.

Perdón, pero no. Cualquiera podría sentirse desbordada, tener pensamientos intrusivos o necesitar ayuda. Alguna de ellas podría sufrir depresión posparto. Pero no cualquiera estrangula a sus tres hijos.
Decirlo no ayuda a las mujeres que atraviesan problemas de salud mental. Al contrario: las presenta como potenciales asesinas y redefine la maternidad como una especie de ruleta rusa psicológica. Millones de madres sufren ansiedad, depresión o agotamiento extremo sin hacer daño a sus hijos. Identificarlas con un triple asesinato no es solidaridad. Es una barbaridad.
La psicosis posparto existe. Es una enfermedad grave, poco frecuente y debe tratarse como una emergencia médica. Si Clancy no podía comprender sus actos, eso afectará a su responsabilidad penal. Pero una cuestión jurídica no convierte a la acusada en víctima, ni mucho menos en símbolo de todas las madres.
Porque una cosa es explicar una conducta y otra muy distinta borrarla. La defensa sostiene que Clancy escuchó una voz que le ordenó matar a los niños. La Fiscalía afirma que actuó de forma consciente: que buscó el restaurante al que debía ir su marido, calculó cuánto tardaría y esperó a quedarse sola con ellos. Durante el juicio, distintos especialistas han ofrecido conclusiones enfrentadas sobre su estado mental. Precisamente por eso existe un proceso judicial y no entregamos las sentencias junto con las pulseritas del 8M.
Sin embargo, para cierta prensa y cierto activismo, el veredicto ya está decidido. Lindsay no es la mujer que mató a tres niños: es una madre abandonada, incomprendida, estigmatizada y empujada por fuerzas que, por supuesto, estaban fuera de su control. Ella actuó, pero la culpa siempre pertenece a otro.
Ahí está la verdadera obsesión: una mujer puede ser víctima, pero nunca verdugo. Incluso cuando hay tres niños muertos, hay que buscar rápidamente algo que la despoje de voluntad y le devuelva la inocencia moral. Las hormonas. Los medicamentos. La presión de la maternidad. Las expectativas sociales. Cualquier explicación sirve si permite presentar a una mujer adulta como una criatura arrastrada por circunstancias que no podía controlar.
Y así, casi sin darnos cuenta, los tres niños pasan a un segundo plano. Ya no hablamos de lo que Lindsay hizo, sino de lo que le ocurrió a Lindsay. Ya no es la autora de la tragedia, sino su protagonista más sufriente. Los niños quedan reducidos al episodio más dramático dentro de la historia de superación de su madre.
Este pseudofeminismo tiene una curiosa manera de entender la igualdad. Cuando una mujer triunfa, todo el mérito es suyo. Cuando una mujer fracasa, la culpa siempre está fuera. Y cuando una mujer comete un crimen, aparece inmediatamente alguien dispuesto a convertir su responsabilidad en opresión.
No sé qué tiene eso de feminista.
Tratar a las mujeres como adultas significa reconocer nuestra capacidad para decidir, pero también nuestra capacidad para hacer daño. La igualdad no consiste en exigir agencia para los logros y tutela para los delitos. No podemos reclamar que las mujeres sean sujetos plenos cuando nos conviene y transformarlas en menores de edad morales cuando sus decisiones resultan monstruosas.
Tampoco podemos aplicar una compasión que difícilmente concederíamos a un padre que hubiera enviado a su mujer a recoger la cena antes de estrangular a sus tres hijos.
Imaginemos por un momento esa escena. Cuatrocientas personas frente al juzgado con carteles de “Eres un buen padre”. Artículos explicando que la presión de mantener a su familia le desbordó. Manifestantes asegurando que cualquiera de ellos podría haber acabado igual. Nos parecería una burrada.
A ningún hombre se le permitiría convertirse en el rostro de una causa después de matar a sus tres hijos. Nadie utilizaría su crimen para celebrar su valentía, su vulnerabilidad o su lucha contra las expectativas de la paternidad. Nadie borraría a los niños para concentrarse en cuánto estaba sufriendo él.
Pero Lindsay es una mujer y, para cierto feminismo, ser mujer parece haberse convertido en una circunstancia atenuante universal. No solo ante la ley, sino ante la opinión pública. Una condición que garantiza que, por terrible que sea lo que hayas hecho, alguien encontrará la forma de colocarte en el lado correcto del relato.
El jurado decidirá si Lindsay Clancy es culpable o si su estado mental impide considerarla penalmente responsable. Esa es su tarea. La nuestra debería ser bastante más sencilla: negarnos a llamar víctima a quien mató a sus tres hijos y “buena madre” a quien les quitó la vida.
Esta historia puede abrir un debate sobre la psicosis posparto. Lo que no puede hacer es convertir a Lindsay Clancy en mártir, ni a tres niños muertos en accesorios narrativos de una nueva causa feminista.
Se llamaban Cora, Dawson y Callan.
Por si entre tanta solidaridad con su madre alguien se había olvidado.

