El adelanto electoral para este 29 de noviembre ya ha puesto a funcionar toda la maquinaria de campaña. Las frases pegadizas y el ruido mediático empiezan a inundar nuestras pantallas. Y como viene siendo habitual en este tipo de procesos, las mujeres de repente, cobramos importancia. Pasamos de ser prácticamente invisibles a situarnos en el epicentro de todas las estrategias políticas.
La participación de las mujeres en los procesos electorales es decisiva en España porque votamos más que los hombres, sobre todo en la franja joven. Por eso las formaciones hacen un esfuerzo extra por llegar a nosotras. Pero la mayoría de las veces sus fórmulas se quedan cortas: algunas consisten en pronunciar más veces las palabras “feminismo” o “igualdad”. Otras directamente, nos inculcan el miedo tirando del “si no votáis, vendrá algo peor”. Estos planteamientos nos tratan como si fuésemos niñas a las se puede engañar o asustar, incapaces de entender temas complejos y de exigir soluciones a los problemas reales.
Según los últimos datos del CIS, el número de mujeres que no sabe a quién votar (19,8%) duplica al de los hombres (10,1%). Algo totalmente comprensible teniendo en cuenta los discursos negacionistas de la violencia machista y el desmantelamiento de las políticas e instituciones que protegen a las mujeres como ya está ocurriendo en municipios y autonomías donde gobierna el PP con VOX. Las mujeres ya no nos fiamos de los lazos morados en la solapa cada 8 de marzo, ni de los minutos de silencio frente a las puertas de los ayuntamientos. Estamos informadas, organizadas, empoderadas y las promesas de cambio las comprobamos directamente en el Boletín Oficial del Estado.
Este año, la cosa se complica todavía más, porque según las encuestas, hay un aumento de mujeres jóvenes que votan a la ultraderecha alcanzando el 20%, algo completamente inédito. Este dato es una crítica feroz a las políticas tradicionales, que no han sabido llegar a ellas, llenando ese vacío las consignas extremas y emocionales multiplicadas por los algoritmos. La solución no pasa por hacer más vídeos cortos en Tiktok sino por contar con profesionales y especialistas que sean capaces de transmitir temas complejos con pedagogía y cercanía. De conferir seguridad a través de referentes de reconocida trayectoria. Y de movilizar con ilusión, no por el temor a que venga algo peor.
Luego estamos las mujeres de más de 35, que somos muchísimas más y nunca faltamos a las urnas. ¿Qué esfuerzos están haciendo para llegar a un electorado que quizás no tenga redes sociales? O que se ha desconectado cansado de perderse en el fango digital. Las mujeres adultas no nos dejamos llevar por las músicas del momento, valoramos la calidad y el rigor. A nosotras también nos importa la vivienda, el empleo y el bienestar, pero sabemos que todas esas cuestiones están atravesadas por la desigualdad. La crisis de la vivienda afecta mucho más a las mujeres y en especial a las familias monomarentales. Sufrimos mayores índices de pobreza y más vulnerabilidad ante la brecha laboral. Ocupamos menos puestos directivos y tenemos pensiones más bajas. Por eso, ya no nos convencen las banderas de color violeta, sino las políticas que integran la perspectiva feminista de manera transversal.
El 29 de noviembre tenemos que ir a votar. No para ser un muro de contención sino para ejercer un voto de exigencia. Un voto que simbolice la creación de un gobierno moderno, que cuente con las mujeres más expertas y lleve a cabo políticas de igualdad reales que pongan solución a nuestros problemas. Acudamos a las urnas compañeras, no como un acto resignación sino con la firme convicción de ser el cambio que necesitamos.

