A veces, a Asun Casasola la paran por la calle. “Me suenas de algo”, le dicen. Ella suele responder: “Soy la mamá de Nagore”. Entonces llega el gesto de quien por fin la sitúa: “Ah, claro”. Y ella abraza, da las gracias y sigue caminando. “Llevo 18 años dando gracias y abrazos”, explica.
Nagore Laffage tenía 20 años, estudiaba Enfermería y hacía prácticas en la Clínica Universitaria de Navarra. Durante los Sanfermines de 2008, José Diego Yllanes, médico residente de Psiquiatría en ese mismo centro, la llevó a su casa y la mató cuando ella se negó a mantener relaciones sexuales. Después, Yllanes le cortó un dedo e intentó descuartizar su cuerpo. Lo envolvió en plásticos y lo abandonó en una zona boscosa de Orondritz, en el valle navarro de Erro. Sin embargo, fue condenado a solo doce años y medio de prisión por homicidio.
La llamada que junto a dos madres
Un día sonó el teléfono de Asun. Era Yolanda, la jefa de la unidad de violencia de género de Girona, a quien había conocido tiempo atrás en una charla en Barcelona. Quería pedirle algo.
“Asun, ¿puedo darle tu teléfono a una mujer para que podáis hablar? Está muy perdida. A ver si tú la puedes ayudar”, le dijo.
Esa mujer era Blanca Gutiérrez, la madre de Carla Fernández, asesinada por su expareja el 26 de julio de 2023 en Girona. Asun la llamó. Y se encontraron. Desde entonces mantienen el contacto, se escriben por WhatsApp, hablan cuando pueden y ella trata de estar cerca.
En marzo se conocieron por primera vez en Lloret de Mar. “Tenía muchas ganas de conocerla en persona”, cuenta Asun. Hablaron largo rato. “Fue muy emotivo”. Se quedó con la impresión de estar ante una mujer a la que quería cuidar. “Me pareció una persona muy buena, con muchos sentimientos y con una gran tristeza y soledad”. La abrazó. “Me dio mucha ternura. Me encantó saludarla y abrazarla”.

Blanca necesitaba hablar con alguien que hubiera atravesado ese camino antes que ella. Se había encontrado sola entre la funeraria, los abogados, los bancos, los registros y los trámites que nadie le había explicado. “Vas como una marioneta”, ha contado.
Pero Blanca no quería limitarse a sobrevivir a todo aquello. Empezó a preguntar si existía una asociación de familias de víctimas de feminicidio. Quería un lugar al que acudir, alguien que le dijera qué papeles pedir, cómo enfrentarse a un juicio o cómo no perderse en los días posteriores. No lo encontró.
Así empezó a levantar AMMA Feminicidios y a buscar a otras madres. Quiere que ninguna familia tenga que empezar de cero cuando le asesinan a una hija y que Carla, como Nagore, siga teniendo un nombre. Por eso ha llamado a madres y familias de otras mujeres asesinadas para que la acompañen este viernes en el comienzo del juicio por el asesinato de Carla. “Quiero que el juicio de mi hija sea el juicio de todas”, dice.
“La mierda es igual para todas”
Han pasado dieciocho años desde que asesinaron a Nagore. Asun no cree que el tiempo establezca jerarquías entre unas madres y otras. “La mierda es igual para todas y la pena es igual para todas”. Pero ella ha tenido más tiempo para aprender a sostenerse. “Yo estoy un poco más asentada”.
Habla de psicólogos, psiquiatras y medicación. “Sigo cayéndome mucho para no caer”. Su marido no pudo soportar lo que ocurrió. “No lo supo aceptar, no lo pudo superar”. Hace siete años que enviudó.
Si ella ha llegado hasta aquí, repite, ha sido porque la sostuvieron. “Si las personas que me han apoyado no hubieran estado, yo no estaría aquí”. Por eso piensa en Blanca y en las personas que van a acompañarla. No solo en los días señalados, sino después. “Tiene que arrimarse a la gente que la quiera, que la achuche, que la valore. Porque si no te hundes”.
Asun sabe que, cuando pasa un juicio, empieza otra parte. “Hasta ahora tienes el juicio, el juicio, el juicio”, explica. Y después llega el momento de aprender a vivir con lo que haya ocurrido. “Tiene que fortalecerse porque, si no, nos hundimos”.
Durante años le llegaban noticias de la vida de Yllanes: dónde vivía, los sitios a los que iba, incluso sus salidas al cine. “No me sentaba bien”. Hace cuatro años decidió que no quería recibir más información sobre él. Lo único que sabe es que trabaja en Madrid.

Pero hay algo que todavía espera, una carta, incluso “un telegrama”, que diga: “Siento lo que le hice a tu hija”. “No para perdonarle, no. Para saber cómo yo lo siento, cómo yo lo recibo”, explica. Sabe que sus palabras le han llegado porque acude a colegios donde hay personas cercanas a él. Pero, dieciocho años después, señala, no ha sido capaz de pedirle perdón.
La pregunta
En el juicio por Nagore, un miembro del jurado popular le preguntó si su hija era “ligona”.
“Nagore suba, baje y sea ligona o no sea ligona, no le das derecho a nadie a matarla”, responde.
La pregunta llegó en un proceso que acabó con esa condena por homicidio. Para Asun, ahí sigue una parte de la herida. “Fue tan polémico por lo injusto que fue”, dice. “Después de cortarla el dedo, de decir que pensaba hacerla a trozos, de tirarla en un monte y de todo, que fuera un homicidio”.
Dieciocho años después, Asun cree que a Blanca no le preguntarán si Carla era “ligona”. Cree que el caso de Nagore y, después, La Manada impulsaron cambios: la movilización social, el consentimiento, otra manera de mirar estos crímenes. “Hemos avanzado mucho, aunque las madres pensemos que hemos avanzado poco”.
Pero no olvida lo que oyó ni la sensación de que Nagore tuvo que ser explicada, juzgada y defendida incluso después de que la mataran.
El documental y los institutos
Desde hace años, Asun lleva a los institutos el documental “Nagore”, dirigido por Helena Taberna. Lo ven alumnos de cuarto de ESO y de Bachillerato; después, ella habla con ellos. Ha llegado a visitar más de cien centros en un curso.

No les cuenta una historia que ocurrió lejos. Les habla de que quienes matan suelen ser conocidos. “Los que más te matan son los conocidos: los amigos, los vecinos, la gente conocida”. Y les pide que miren también a quienes están alrededor. Que si un amigo desprecia a una mujer, controla a su pareja o habla de ellas como si fueran inferiores, alguien diga: “¿Pero qué vas a hacer?”.
En las aulas les pregunta qué preferirían: ser la madre de la chica asesinada o la madre del asesino. Alguno responde rápido que la madre de ella. Asun también lo hizo la primera vez. Después le dio vueltas. “¿Cómo voy a ser la mamá de un asesino? No quiero ser la mamá de un asesino”, concluyó.
Para ella, ahí está la prevención. “Que uno diga que las mujeres somos una mierda, vale. Pero que los demás que estén alrededor no digan que somos una mierda. Que alguien pare y diga: ¿pero qué dices?”. “Hay que trabajar desde abajo, desde abajo, desde abajo. Educación, educación y educación”.
También cree que esa educación tiene que llegar a las familias. Recuerda las escuelas de padres a las que iba cuando sus hijos eran pequeños, lugares donde aprendió incluso a parar antes de castigar o de responder. Ahora ve la misma necesidad: que padres y madres hablen, aprendan y no normalicen el desprecio hacia las mujeres.

Asun va nerviosa a esas charlas. Luego recibe abrazos, preguntas y, algunas veces, historias que no esperaba. Un chico se acercó una vez para decirle que llevaba cuatro años sin ver a su madre, pero que necesitaba abrazarla a ella. Otro, que ahora trabaja en una ambulancia, hizo llegar a una amiga de Asun que aquella charla en su instituto le había cambiado la manera de pensar y de vivir.
“Eso a mí me satisface”. Que el asesinato de Nagore no haya sido en balde, que sirva para cambiar un poco la sociedad. Es la misma esperanza que Blanca pone ahora en Carla: que su nombre no quede solo del lado del dolor, que, como el de Nagore, pueda abrir camino y mover algo.
Este viernes, Blanca y Asun estarán juntas en Girona, junto a otras madres, hijas, hermanas y tías. Para recordarnos que cada feminicidio es una vida interrumpida, que cada víctima tiene una historia, una familia, y que no podemos olvidar sus nombres cada semana.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

