Escena primera. Un padre llama desesperado a Emergencias asegurando que ha perdido a sus dos hijos de seis y dos años. Son las 18:41 de la tarde del 8 de octubre de 2011. La localización, el parque Cruz Conde de Córdoba. “Qué ocurre con los menores?”, le pregunta el operador del 112. “Que no los encuentro”, le responde una voz angustiada. “Es usted el padre, entiendo…”. El sollozo al otro lado se hace más agudo: “Exactamente”. La llamada se corta y el siguiente plano muestra la comisaría en la que José Bretón prosigue su actuación, denunciando la desaparición de sus hijos. Como recoge la sentencia, lo hace “pese a conocer perfectamente que no había existido tal desaparición en el parque, sino que él les había dado muerte previamente”. Pero él está inmerso en una mentira que mantendrá incluso en el juicio donde será condenado a 40 años de prisión por el atroz crimen de sus hijos, Ruth y José.
15 años después, aún espantan los detalles que el asesino ha sido incapaz de reconocer. Ni siquiera cuando se lo pusieron en bandeja con un libro que versaba sobre el odio sin avisar precisamente a quien iba destinado, su exmujer Ruth Ortiz. “Que me los devuelva, que diga dónde los ha metido”. Ella nunca dudó que les había hecho algo, pero calló prudente las primeras semanas en las que parecía no avanzar la investigación.
A Ruth y José los buscaron durante los 10 meses en los que la policía reconstruyó hasta 15 veces los pasos que supuestamente dio Bretón el día en que, insistía, alguien los había secuestrado tras perderlos de visto solo un momento. “Me parece increíble que 21 meses después aún no sepamos dónde están mis hijos”, se atrevió a espetar en su alegato final desde el banquillo de los acusados, en la misma sala donde se había detallado ampliamente lo hallado en la finca de las Quemadillas. Ese fue el escenario del crimen. El lugar en el que Bretón dejó ardiendo los restos de sus hijos en una hoguera a 1.200 grados, mientras escenificaba la gran mentira de la desaparición a tan solo 12 kilómetros de allí.
El policía sombra, el escandaloso error de la forense y El Resplandor
Making of. Un Jack Nicholson metido en el papel del marido enloquecido que persigue hacha en mano a su mujer aterrada. “¡Aquí está Johnny!”, grita con ojos desorbitados. Con la misma mirada congelada de Bretón ante el jurado. Hierático, sin mover apenas un músculo, en absoluto estado de concentración. Fan de Nicholson, el parricida de Córdoba guardaba en un cajón de las Quemadillas un volumen de El Resplandor, de Stephen King. Junto al libro, papeles sueltos con anotaciones de su puño y letra: “Custodia para mí. Fines de semana alternos. Coche mío. Inventario…”. Y en mayúsculas, “RUTH NO EXISTE”.
El hallazgo fue uno de los descubrimientos clave de la llamada Operación Resplandor. El día que Ruth Ortiz le dijo que se quería separar, Bretón puso en marcha su plan. “Entre el 15 de septiembre y el 7 de octubre de 2011, hizo acopio de leña en la parcela –en la que incluso durmió alguna noche– y adquirió combustible en grandes cantidades; en total, 271, 11 litros de gasoil“. La sentencia recoge que lo hizo con la única finalidad de montar una especie de horno crematorio entre varios naranjos y sin visibilidad del exterior en el cual colocó los cuerpos de sus hijos, “sin que pueda determinarse sin ya estaban sin vida o si todavía no habían fallecido”. Es aún hoy, 15 años después, la gran incógnita.
Supuestamente, Bretón les suministró una dosis letal de pastillas para sedarlos. Según él mismo le contó al escritor Luisgé Martín, los niños “no sufrieron”. Sin embargo, no hay forma de saberlo. Es el único testigo del asesinato de sus hijos. A los dos días de los hechos, la policía registró la finca. Desde el primer instante que se notificó la llamada del padre, en Madrid se recibió el aviso de la desaparición en Córdoba. Ya entonces, un investigador sospechó de él. Un inspector jefe, hoy retirado, que terminó convirtiéndose en la sombra de Bretón. El poli bueno, su confidente. Quien intentó ganarse su confianza, y lo logró. Y quien aún hoy lo recuerda junto a la hoguera contándoles que “los niños están cerca”, a la par que aseguraba que allí solo había quemado fotografías, objetos personales y ropa de su exmujer. Una mentira que por desgracia refutó la fallida pericial de la forense Josefina Lamas cuando dictaminó que los huesos eran de roedor.
Las contradicciones que desmontaron la coartada bretoniana
La escandalosa verdad se reveló casi un año después. La contrapericial que llevó a cabo el antropólogo forense Francisco Etxeberria, basándose en 142 fotografías realizadas por Científica, reveló que los huesos eran de niños de manera “inequívoca”. De inmediato, la causa que parecía haber entrado en punto muerto se aceleró. Aunque ese tiempo no había corrido en balde.
Se revisaron los testimonios de los familiares, se descubrió que había usado a sus sobrinos como figurantes en una especie de ensayo previo en el que simuló perderlos, “dejándolos solos unos momentos a la salida del colegio”, y se acumularon las contradicciones en su versión. Una en especial. Gracias a un peritaje realizado en la Universidad de Valencia, se pudo ampliar y mejorar digitalmente la imagen captada por una cámara de seguridad que había captado a Bretón yendo en dirección al parque, solo en su coche.
Sin sus hijos. Durante los once meses que el error forense condicionó la investigación, Bretón siguió sin colaborar. Incluso cuando Ruth lo visitó en prisión, casi clamando una confesión. Él, en cambio, se limitó a solicitar su libertad. La pedió hasta en tres ocasiones. Una tajante fiscalía se las denegó cada una de ellas.
Controlador, nada cariñoso y posesivo
Escena simulada. 771 después, José Bretón se sienta en el banquillo de los acusados con cara de no he roto un plato. No solo pidió la absolución, sino que se atrevió a presentarse como un padre abnegado al que sus hijos pedían agua por la noche. Acumuló aún más mentiras; como que la cantidad ingente de gasoil que compró se debía al alto consumo de su coche o que nunca prendió la hoguera sino que solo vio el humo a lejos.
Frente al suyo, el testimonio de Ruth Ortiz terminó por desenmascararlo. Lo hizo tras una mampara que pidió ex profeso para poder declarar. Y así, desde el profundo dolor de la pérdida, definió a un Bretón controlador, nada cariñoso y posesivo, del que se lamentó no haber sido consciente antes del maltrato psicológico al que la había sometido.
“Yo los parí y tengo derecho a enterrar lo que el desgraciado de su padre dejó de ellos”, clamó meses antes del juicio, mientras el asesino se sometía a su primera huelga de hambre entre rejas. Tuvo otro amago en 2014 y un intento de suicidio en 2016. Al parecer, a Bretón no le gustaba su encierro en aislamiento. “Desterrado”, es el término empleado por su abogada Bárbara Royo, quien llegó a plantear un recurso de casación alegando falta de imparcialidad, fallos en la cadena de custodia y vulneración de la presunción de inocencia. Pero el Supremo lo desestimó y ratificó la condena de 40 años por los dos asesinatos.
Cuando no existía el delito de violencia vicaria
Entonces sí, con sentencia firme y tres años después de los hechos, Ruth Ortiz pudo recuperar los restos de sus hijos. Aunque la historia no termina así. El siguiente capítulo transcurre en los juzgados de Huelva, donde Ruth lo denunció por maltrato el día siguiente a la desaparición de los niños. Llegado el momento, ella se retiró como acusación particular. Alegó agotamiento anímico. Pero Bretón sí quiso declarar, para seguir con sus mentiras y barbaridades. Llegó a decir que a Ruth le “venía grande” ser madre. Él, que había matado a sus hijos.
Le pedían tres años por maltrato psicológico, pero quedó absuelto. Hace más de una década, no existía el delito de violencia vicaria. Un amparo que reclamó Ruth Ortiz cuando el año pasado descubrió que Bretón había mantenido una relación epistolar con un escritor al que además había concedido una entrevista contando “sus verdades”. Aunque el libro finalmente se canceló, la herida volvió a reabrirse. Si es es posible que alguna vez cicatrice. Al menos por ahora, el lobo disfrazado con piel de cordero, como siempre lo ha denominado su exmujer, no podrá seguir difundiendo sus mentiras.
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