Aquella canción de...

2002: Las Ketchup y el fenómeno imposible de “Aserejé”

En el verano de 2002, tres hermanas de Córdoba desataron un contagioso himno de baile ininteligible que vendió doce millones de copias en todo el mundo, provocó el pánico entre algunas autoridades religiosas y ocultó una realidad mucho más oscura: la agotadora explotación de la industria musical

"Aserejé" de Las Ketchup.
"Aserejé" de Las Ketchup.
Montaje: kiloycuarto

A principios de los 2000, la industria musical española atravesaba una transformación vertiginosa, aunque nadie podía prever que una maqueta surgida en Córdoba desencadenaría una de las mayores tormentas de la historia reciente del pop. La historia de la canción comienza en 2001, cuando una pequeña discográfica cordobesa, Shaketown Music, empezó a enviar una maqueta a varios grandes sellos. La grabación solo incluía dos canciones: «Aserejé» y «Kusha Las Payas». Cuando el ejecutivo de A&R Javier Portugés y el director de Columbia Records Raúl López la escucharon, reconocieron inmediatamente su enorme potencial internacional. Poco después comenzaron las negociaciones para que el grupo fichara por Sony.

El grupo estaba formado por tres hermanas: Lucía, Lola y Pilar Muñoz. Eligieron el nombre Las Ketchup como homenaje directo y juguetón a su padre, Juan Muñoz Expósito, respetado guitarrista flamenco conocido en España como «El Tomate». De ahí también el título de su primer álbum de estudio, Hijas del tomate. El disco estaba producido y compuesto en buena medida por Francisco Manuel Ruiz Gómez, conocido artísticamente como Queco. El músico ya había demostrado su capacidad para crear éxitos pegadizos destinados al gran público tras producir «El baile del gorila», de Melody.

El 10 de junio de 2002, «Aserejé» —publicada en los mercados anglosajones como «The Ketchup Song»— salió como primer sencillo del álbum. Era una canción alegre de europop con un ritmo constante de reggae, construida sobre una instrumentación sencilla y un marcado riff de guitarra eléctrica. En cuestión de semanas, el tema pasó de ser una curiosidad veraniega a convertirse en un gigantesco fenómeno comercial internacional. Escaló las listas de decenas de países e introdujo una coreografía sencilla —agitar las manos, mover los pulgares y juntar las rodillas— que acabó dominando bodas, patios de recreo y chiringuitos de playa de medio mundo.

Para el oyente extranjero medio, las estrofas de «Aserejé» eran apenas el acompañamiento del extraño trabalenguas de su estribillo. Sin embargo, quienes prestaban atención a la letra descubrían una narración cómica muy concreta. Su protagonista es un joven gitano llamado Diego, que entra en una discoteca abarrotada un viernes por la noche, «un tanto enfiestado» y posiblemente bajo los efectos de alguna sustancia, como sugiere la frase «con la luna en las pupilas».

Diego es un habitual del local y su amigo, el DJ, sabe exactamente qué quiere escuchar. Cuando llega la medianoche, pincha su disco favorito: el clásico fundacional del hip hop de 1979 «Rapper’s Delight», de The Sugarhill Gang. Diego se deja llevar por la música, comienza a bailar y trata de cantar. El problema es que no habla una palabra de inglés. En lugar de reproducir correctamente la letra, imita fonéticamente sus sonidos hasta convertirlos en un galimatías en español.

El estribillo de «Aserejé» es, por tanto, una recreación fonética del comienzo de «Rapper’s Delight». Queco explicó que la idea había surgido de un juego de rimas que solía practicar con su hijo pequeño. Al tomar aquella célebre estrofa en inglés y reproducir cómo podría escucharla alguien que no conoce el idioma, creó uno de los estribillos aparentemente absurdos más famosos de la historia del pop.

Pese al origen inocente de la letra, su aparente falta de sentido no tardó en alimentar todo tipo de teorías de la conspiración. A principios de los 2000, en plena expansión de las cadenas de correos electrónicos y los primeros foros de internet, comenzaron a propagarse por Latinoamérica rumores que afirmaban que «Aserejé» era en realidad un ritual satánico diseñado para que niños y jóvenes invocaran a Lucifer sin saberlo.

Los defensores de estas teorías y algunos sectores religiosos conservadores, especialmente en México y Honduras, llegaron a diseccionar la canción verso a verso en busca de supuestos mensajes ocultos:

  • «Aserejé» fue reinterpretado fonéticamente como «a ser hereje».
  • Se afirmó que la sílaba inicial del estribillo, «Ja», era una abreviatura de «Jah», relacionada con el nombre de Jehová. La frase posterior «Ja de je, de jebe tu de jebere» llegó a interpretarse como «Jehová, deja tu ser».
  • El verso «y donde más no cabe un alma» fue leído como una descripción directa del infierno.
  • La frase «toca el himno de las 12» fue vinculada a los aquelarres satánicos y a rituales celebrados tradicionalmente a medianoche.
  • Incluso la descripción de Diego como alguien con «chulería» fue interpretada como una alabanza a Lucifer, presentado por los teóricos como un «demonio hermoso».

La histeria no quedó reducida a los rumores de internet y tuvo consecuencias en el mundo real. Varios colegios de Honduras prohibieron a sus estudiantes escuchar o cantar la canción. Un canal de televisión de la República Dominicana llegó incluso a vetarla en sus emisiones.

Cuando los rumores llegaron hasta las hermanas Muñoz, quedaron atónitas. Pilar defendió públicamente la canción y expresó su sorpresa: «Sabemos que hay gente que inventa historias sin fundamento. Nuestra letra no tiene nada que ver con lo que se ha dicho». Queco también salió al paso para aclarar que el tema no era más que una parodia ligera surgida de una noche de risas y de un juego familiar.

Al margen del pánico moral, el rendimiento comercial de «Aserejé» fue histórico. La canción acabaría vendiendo más de 12 millones de copias en todo el mundo, consolidándose como uno de los sencillos más vendidos de todos los tiempos. Alcanzó el número uno en más de 20 países europeos, entre ellos Alemania, Austria, Bélgica, Italia, España, Suiza y Suecia, y dominó las emisoras de buena parte de América Central y del Sur.

En el Reino Unido, fueron en gran medida los turistas británicos que regresaban de sus vacaciones en España quienes llevaron consigo la fiebre por la canción. El sencillo llegó directamente al número uno de la lista británica en octubre de 2002, con unas impresionantes 105.781 copias físicas vendidas solo durante su primera semana. En la tercera semana ya había alcanzado el cuarto de millón de unidades, manteniendo «New Direction», de S Club Juniors, en el número dos y relegando «All My Life», de Foo Fighters, al quinto puesto. Permaneció 18 semanas entre los 40 primeros y terminó el año como el octavo sencillo más vendido del Reino Unido.

En Francia, el fenómeno fue todavía mayor. La canción permaneció en el primer puesto durante 11 semanas consecutivas y vendió 1,3 millones de copias físicas, lo que la convirtió en el sencillo más vendido de 2002 y en el segundo más vendido del siglo XXI en el país. Aunque en Estados Unidos solo alcanzó el número 54 del Billboard Hot 100, dominó el mercado latino, encabezando las listas Hot Latin Tracks, Latin Pop Airplay y Tropical/Salsa Airplay.

La huella cultural del tema fue tal que superó rápidamente las barreras lingüísticas. En agosto de 2002, el popular grupo femenino brasileño Rouge lanzó una adaptación al portugués titulada «Ragatanga», con traducción del productor Rick Bonadio. Con colaboraciones vocales de las propias Las Ketchup, «Ragatanga» se convirtió inmediatamente en un fenómeno en Brasil y permaneció unas 11 semanas consecutivas en lo más alto de las listas radiofónicas. A la canción se le atribuyó buena parte del impulso comercial del álbum de debut de Rouge, que vendió más de 730.000 copias en apenas dos meses y pronto se acercó al millón.

Para el público, Las Ketchup eran tres jóvenes alegres y sonrientes que servían bebidas exóticas en un soleado chiringuito de Estepona. Sin embargo, en entrevistas posteriores las hermanas han dibujado un retrato mucho menos glamuroso de su repentino ascenso a la fama y han hablado con franqueza del grave agotamiento físico y emocional al que las sometió la industria.

«Casi no pudimos disfrutar nada por culpa del cansancio», ha recordado Pilar Muñoz. Lola es aún más crítica: «Hemos sido muy mal asesoradas». Describe un calendario laboral extenuante y prácticamente sin descanso que hoy resultaría difícilmente imaginable. Según Lola, representantes y discográficas mostraban escasa preocupación por sus necesidades básicas: «A todos les daba exactamente igual que te hubieras despertado ese día sin saber dónde estabas, que no te hubiera dado tiempo a comer, que tuvieras la regla y te doliera todo el cuerpo».

Las hermanas encadenaban vuelos internacionales mientras trataban de seguir un interminable calendario promocional y de actuaciones por todo el mundo, desde apariciones en televisiones locales hasta grandes festivales en Japón. Pilar recuerda incluso un momento de pánico durante uno de sus primeros grandes viajes, cuando confesó a su madre que no sabía si su cuerpo sería capaz de soportar aquella presión. En medio del borrón de noches sin dormir también vivieron algunos momentos surrealistas, como un encuentro con David Bowie. Lola atribuye su supervivencia a la relación entre las tres: «Tenernos a nosotras es lo que nos ha salvado».

Portada del álbum ‘Hijas del tomate’, de Las Ketchup.
Sony Music

Como suele ocurrir con los grandes fenómenos musicales puntuales, la sombra de «Aserejé» resultó imposible de esquivar. El público y la industria no tardaron en etiquetar a Las Ketchup como una «flor de un día», un grupo asociado inevitablemente a un único éxito. Aunque Hijas del tomate obtuvo buenos resultados comerciales, ninguno de sus sencillos posteriores pudo acercarse al impacto del debut.

El punto de inflexión definitivo llegó en 2006, cuando el grupo fue elegido para representar a España en el Festival de Eurovisión con «Un bloodymary». La canción, interpretada en spanglish, no logró conquistar al público europeo y terminó en un decepcionante 21.º puesto. El resultado frenó definitivamente su presencia entre el gran público, reforzó la percepción de declive y redujo progresivamente su exposición mediática.

En lugar de intentar forzar un regreso mediante escándalos o campañas artificiales de promoción, las hermanas Muñoz decidieron alejarse discretamente de los focos y recuperar una vida más cotidiana:

  • Pilar Muñoz apostó por el emprendimiento y abrió su propio salón de belleza en Andalucía.
  • Lucía Muñoz continuó muy vinculada a su familia y colaboró con Pilar en el negocio.
  • Lola Muñoz se adentró en el mundo académico, cursó Ciencias del Trabajo y se especializó en flamencología, conectando así con la herencia flamenca de su padre.

Pese al final de su etapa en lo más alto de las listas, el vínculo entre las hermanas y su relación con la música nunca desaparecieron. Hoy, dos de ellas son madres solteras y la familia continúa muy unida. Aunque buena parte del público español pueda pensar que desaparecieron por completo, Las Ketchup siguen actuando. De vez en cuando participan en festivales nostálgicos y eventos del Orgullo por toda Europa, demostrando que la energía contagiosa de «Aserejé» continúa resonando entre el público casi un cuarto de siglo después.

La imitación fonética de Diego de aquel temprano hip hop estadounidense permanece incrustada en la cultura popular de los 2000. Para las hermanas Muñoz, la canción fue al mismo tiempo una prueba física extrema y un regalo permanente. Mientras la industria musical pasó rápidamente a buscar el siguiente fenómeno, Las Ketchup aprendieron a convivir con una canción que terminó siendo mucho más grande que ellas y, con el tiempo, a decidir por sí mismas qué lugar querían ocupar a su sombra.

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