Los ochenta en España fueron una década de evolución cultural frenética y apertura definitiva a los sonidos internacionales. A medida que el país dejaba atrás los años de la Transición, el panorama musical explotaba con la Movida Madrileña y un hambre creciente de pop de vanguardia. En medio de las luces de neón y el auge de los sintetizadores, llegó desde el otro lado de los Pirineos una canción que definiría una época con una melodía extraña y familiar a la vez: “Voyage, voyage”.
Interpretado por la enigmática Desireless, el tema no solo escaló las listas. También demostró que una canción en francés podía cruzar fronteras y dominar un mercado acostumbrado a mirar hacia el pop en inglés o en español.
Antes de quedar asociada para siempre a aquella silueta de cabello vertical del synthpop francés, la mujer conocida como Desireless era Claudie Fritsch-Mentrop. Nacida en París el día de Navidad de 1952, pasó sus primeros años lejos del bullicio de la ciudad, criada por sus abuelos, antes de volver a vivir con sus padres a los doce años. Su primer amor artístico no fue la música, sino el mundo táctil de las telas y los bocetos. Tras el bachillerato, estudió diseño en el prestigioso Studio Berçot y acabó lanzando su propia marca de ropa, Poivre et Sel, a mediados de los setenta.
Su paso de la pasarela al estudio de grabación llegó después de un viaje a la India a principios de los ochenta. Aquella experiencia transformó su mundo interior y despertó en ella una pasión repentina por el canto. Al principio le costó encontrar su sitio en la industria. Trabajó con proyectos poco conocidos como Duo-Bipoux y Kramer, pero ninguno alcanzó la atención que esperaba, lo que desembocó en un periodo de desilusión profesional.
El punto de giro llegó en 1984, cuando conoció a Jean-Michel Rivat, productor y compositor que ya había trabajado con nombres como France Gall y Sylvie Vartan. Junto a Dominique Dubois, los tres formaron una colaboración creativa que acabaría dando lugar a una de las canciones europeas más reconocibles de la década. Fritsch-Mentrop adoptó entonces el nombre artístico de Desireless, un apodo ligado a su interés por la filosofía oriental, la meditación y el rechazo de los valores materiales del espectáculo.
“Voyage, voyage” salió en diciembre de 1986 y más tarde formaría parte de su álbum François. Desde sus primeros compases, la canción ofrecía un ritmo electrónico contagioso y una interpretación vocal dramática, con ecos del pop sintético centroeuropeo de la época. La letra, escrita por Rivat, era una invitación poética a viajar no solo por el mundo, sino también por la mente.
Sus versos mencionaban destinos lejanos y casi míticos: viejos volcanes, el viento de España, la lluvia de Ecuador, el Ganges, el Amazonas, las dunas del Sáhara o el Fujiyama. Aunque parecía animar a una exploración física, la metáfora apuntaba a un viaje más amplio, “más lejos que la noche y el día”, hacia ese espacio extraordinario del amor que la canción invocaba sin terminar de explicar.
Pese a estar cantada íntegramente en francés, su éxito fue inmediato. Alcanzó el número uno en más de diez países europeos, entre ellos Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca y Noruega. En Alemania llegó a batir récords de permanencia en las listas durante 1987. Curiosamente, nunca alcanzó el primer puesto en Francia, donde “T’en vas pas”, de Elsa Lunghini, la mantuvo en el número dos durante varias semanas.
En España, “Voyage, voyage” encontró un público especialmente entusiasta. La canción alcanzó el número uno y se instaló en emisoras, discotecas y recopilatorios de temporada. Para una juventud que empezaba a viajar con más libertad por Europa, aquella invitación a viajar eternamente conectaba con el espíritu de la época.
El tema sonó en programas de radio como Los 40 Principales y apareció en infinidad de recopilatorios asociados al verano y al pop de los ochenta. Su éxito ayudó a tender un puente entre la chanson europea y los sonidos modernos del synthpop. Décadas después, sigue siendo una de las canciones francesas más reconocibles en España, citada a menudo junto a otros himnos de una época marcada por los sintetizadores, la radiofórmula y las pistas de baile.
El impacto de Desireless fue tan visual como musical. Su imagen desafiaba las normas de género y la feminidad convencional de muchas estrellas pop de los ochenta. Sobre el escenario y en sus vídeos, mantenía una actitud fría, seria y casi impenetrable, lejos de cualquier sexualidad explícita. Vestía trajes masculinos oversize y lucía un corte de pelo monumental que los fans comparaban con las púas de un puercoespín.
Esa presencia andrógina la acercó de inmediato a parte del público LGTBIQ+ y alimentó rumores sobre su sexualidad e identidad. Desireless solía tomárselos con distancia, explicando que su imagen era una decisión artística creada por ella misma. Su misterio, lejos de restarle atractivo, reforzó su condición de icono visual de la época.
El videoclip de “Voyage, voyage”, dirigido por Bettina Rheims, se estrenó en Francia a finales de 1986 y tuvo un papel decisivo en la difusión internacional de la canción. En él, Desireless entra en una mansión donde varias personas deambulan sin rumbo. A través de la música y de una serie de diapositivas, parece invitarlas a mirar más allá de su encierro y a hacer algo distinto con sus vidas.
El vídeo cuenta además con un joven actor estadounidense llamado David Caruso, años antes de alcanzar la fama con NYPD Blue o CSI: Miami. Pese a su éxito, la propia Desireless expresaría más tarde cierta ambivalencia hacia el videoclip, al que llegó a considerar perturbador y alejado de su propio universo creativo. Aun así, su mezcla de moda ochentera, extrañeza y misterio surrealista permanece unida a la memoria de la canción.
Pese a vender cinco millones de copias y alcanzar una fama enorme en Europa, la carrera de Desireless nunca volvió a tocar esa cima. Con frecuencia se la ha incluido en la categoría de one-hit wonder, una etiqueta cómoda para la industria, aunque insuficiente para explicar la duración real de su huella.
El éxito global tampoco se tradujo en una fortuna proporcional para Claudie Fritsch-Mentrop. En entrevistas recientes ha contado que recibe una cantidad modesta en derechos, cerca de 2.000 euros al año, ya que fue intérprete de la canción, pero no autora ni compositora. “Si hubiera sido la escritora y la compositora, sería muy rica”, ha señalado. Con el dinero que ganó, compró una pequeña casa con hipoteca y continuó vinculada a la música a través de giras nostálgicas como Star 80.
El legado de “Voyage, voyage” también se mide por sus versiones. En 1991, la boy band mexicana Magneto lanzó una adaptación en español titulada “Vuela vuela”. Aunque la canción original hablaba del viaje, esta versión se inclinó más hacia el amor y la imaginación, y se convirtió en un éxito enorme en Latinoamérica.
En 2007, la cantante belga Kate Ryan llevó de nuevo el tema a las pistas de baile europeas con una versión eurodance que alcanzó el top 10 en España, Finlandia y Países Bajos. La canción ha sido revisitada también por artistas muy distintos, desde el grupo de metal gótico Sirenia hasta el dúo japonés Wink, e incluso una versión en canto gregoriano con Sarah Brightman.
A mediados de los noventa, cansada de la vida parisina, Claudie se mudó a un pequeño pueblo del sur de Francia en busca de una existencia más tranquila. Hoy vive alejada del centro de la industria, entre la filosofía, la meditación, la jardinería y algunas apariciones musicales. En redes sociales comparte a menudo fotos de su cosecha con sus seguidores, manteniendo una relación tranquila con una fama que nunca pareció querer del todo.
Desde la moda de vanguardia de los setenta hasta los relanzamientos digitales de sus éxitos, Desireless ha demostrado una notable capacidad para reinventarse sin traicionar la filosofía que eligió para su nombre artístico.
“Voyage, voyage” sigue conservando una fuerza extraña, entre la evasión de los ochenta y la promesa de un viaje sin final. Queda como recuerdo de una época en la que un tema cantado en francés podía unir a medio continente y hacer de cada oyente un viajero imaginario.
Ya sea escuchada en una playa española en 1987 o recuperada hoy en una lista de reproducción retro, la canción sigue deslizándose sobre los volcanes de nuestra memoria colectiva. Algunos viajes, aunque duren apenas cuatro minutos, parecen no terminar nunca.

