Aquella canción de...

1962: Marisol y la España luminosa de “Tómbola”

Más que una canción o una película, fue la banda sonora de un país que dejaba atrás los años grises de la posguerra para venderse al turismo, al color y a una nueva música pop bajo el sol

"Tómbola" (1962), de Marisol.
"Tómbola" (1962), de Marisol.
Montaje: kiloycuarto

El 2 de julio de 1962 se estrenaba en Madrid una película que marcaría la cultura popular española de la década. La película era Tómbola y su estrella, una adolescente de catorce años, rubia y de ojos azules, ya instalada en el imaginario nacional: Marisol. Dirigida por Luis Lucia y producida por Manuel J. Goyanes, la cinta era la tercera gran película de una serie que había hecho de Pepa Flores, una niña humilde de Málaga, una “niña prodigio” pulida, luminosa y vendible para la España franquista. Aunque la película funciona como una amable comedia de enredos, fue el tema que le daba título, compuesto por Augusto Algueró con letra de Antonio Guijarro, el que capturó de verdad el espíritu de la época.

“Tómbola” suele citarse como uno de los primeros y más duraderos ejemplos de canción del verano en España. El concepto formal de un certamen de éxitos estivales había nacido en Italia con Un disco per l’estate, en 1964, y la radio musical española empezaría a ordenar ese imaginario unos años después, con la llegada de Los 40 Principales en 1966. Pero “Tómbola” ya contenía el ADN del género antes de que el género tuviera nombre. Su melodía era pegadiza, la letra se recordaba sin esfuerzo y el estribillo invitaba a cantar al ritmo de aquel “tom, tom, tómbola”.

La metáfora de la canción, que comparaba la vida con una rifa popular de feria, tocó una fibra en un público que empezaba a notar los efectos del crecimiento económico. La letra presentaba la existencia como un juego de azar, regido por la suerte y por la posibilidad de encontrar el amor como premio mayor. Ese optimismo se reflejaba en el ritmo animado y en la brillante presentación visual de la película, que ofrecía un mundo escapista “de luz y de color” a una sociedad todavía encorsetada por la rigidez moral y religiosa.

Sus autores eran dos nombres fundamentales de la música popular española. Antonio Guijarro era un maestro del verso directo y memorable, responsable también de canciones como “La chica ye-yé” y “Noelia”. Augusto Algueró, por su parte, fue uno de los compositores más influyentes del cine comercial español de los sesenta. También había firmado “Estando contigo”, la canción con la que España debutó en Eurovisión. Juntos crearon un tema que no se quedó encerrado en la Península: llegó a América Latina y tuvo versiones en países como Argentina, México o Perú.

Para entender el éxito de “Tómbola”, hace falta entender antes el fenómeno Marisol. Nacida Josefa Flores González, fue descubierta por Goyanes tras verla actuar en Madrid con un grupo de coros y danzas. El productor, con vínculos estrechos con la élite franquista, trasladó a la niña y a su madre a su propia casa e inició una construcción casi permanente de su personaje público.

En 1962, Marisol ya era la imagen perfecta de una España optimista. Representaba a una nación joven, prometedora, moderna y alegre, aunque pura y casta en sus valores. En sus primeras películas, Un rayo de luz (1960) y Ha llegado un ángel (1961), actuaba como una especie de ángel de la guarda que reconciliaba a familias rotas y llevaba alegría a los adultos malhumorados que la rodeaban.

Sin embargo, Tómbola supuso un ligero cambio. Marisol todavía interpretaba a una niña, pero estaba entrando en la adolescencia. En la película tenía catorce años, aunque los productores llegaron a extremos para mantener intacta su imagen infantil, incluso vendándole el pecho bajo la ropa para ocultar los cambios de su cuerpo. Esa infancia artificial era una pieza clave de la marca Goyanes: si Marisol crecía, la gallina de los huevos de oro podía dejar de producir. Aun así, en Tómbola comenzaba a aparecer una imagen yeyé algo más sofisticada, menos ligada a las raíces flamencas de sus primeros trabajos y más cercana a una estética pop influida por la cultura británica y estadounidense.

La película sigue a Marisol como estudiante en un internado, filmado en el Palacio del Infante don Luis, en Boadilla del Monte. Su personaje tiene una imaginación desbordante, lo que a menudo la lleva a mezclar fantasía y realidad. Cuando presencia el robo de un valioso cuadro en un museo, ninguno de los adultos —ni su tío, ni sus profesores, ni la policía— la cree. Todos dan por hecho que se trata de otra de sus invenciones.

La niña acaba en manos de los ladrones, lo que desencadena una serie de aventuras en las que tendrá que recurrir a su ingenio y a sus canciones para salir adelante. Aunque el guion respondía a una intención moralizante muy propia de la época, con lecciones sobre la importancia de decir la verdad y la influencia de la religión, el verdadero propósito de la película era el entretenimiento. Fue un éxito de taquilla diseñado para exhibir la naturalidad, la inteligencia emocional y la presencia en pantalla de Marisol.

Más allá de las canciones y los secuestros, Tómbola y la filmografía de Marisol encajaron muy bien en las políticas de aperturismo y desarrollismo del franquismo. A comienzos de los sesenta, Manuel Fraga buscaba presentar España como un país moderno, alegre y atractivo para el turismo internacional.

Marisol fue una embajadora perfecta para ese relato. Sus películas se exportaban al extranjero y ella participó en giras internacionales que la llevaron a lugares como Japón y Estados Unidos. También apareció en The Ed Sullivan Show. Era lo que hoy llamaríamos Marca España en una de sus formas más eficaces: una mezcla de autenticidad tradicional, sol, folclore y aspiración capitalista.

Pepa Flores, ya adulta, en un fotograma del documental ‘Marisol, llámame Pepa’.
Sarao Films

El éxito de Tómbola generó una industria de merchandising como España no había visto hasta entonces. Había muñecas de Marisol, álbumes de cromos, tiras cómicas y diarios de “Simpatía” donde su vida se relataba casi como un cuento de hadas, aunque muchos de esos textos estaban escritos por el equipo de Goyanes. Para el público español, Marisol era la prueba de que el talento y el esfuerzo podían llevar a una niña pobre a la fama, una idea que conectaba con las aspiraciones de una clase media floreciente.

La canción “Tómbola” no murió cuando la película salió de la cartelera. Pasó a formar parte del repertorio sentimental español y fue versionada por artistas como Rosalía Garrido —la Rosalía de los sesenta, no la estrella contemporánea—, Los Tres Sudamericanos, Monna Bell y la propia hija de Marisol, Celia Flores, en 2016. También dio nombre al polémico programa de cotilleo de los años noventa, reforzando aún más la palabra “tómbola” como sinónimo de espectáculo público.

Para la mujer detrás del mito, sin embargo, la canción acabaría siendo también un símbolo del personaje del que quería escapar. En los setenta, cuando España avanzaba hacia la democracia, Pepa Flores inició una transformación radical. Rompió su contrato de exclusividad con la familia Goyanes, se separó de Carlos Goyanes, hijo de su productor, y se vinculó políticamente al Partido Comunista.

En una entrevista de 1978 con la revista Interviú, dijo: “Desde que me sacaron de Málaga (…) yo fui un producto de esa época (…) que se vendió. En el franquismo me robaron mi personalidad (…). No quiero ser Marisol. Yo soy Pepa Flores”. También habló del lado oscuro de aquella vida de “tómbola”: el trato como mercancía, la infancia robada y una ausencia total de educación sobre su propio cuerpo y su autonomía.

Hoy, cuando escuchamos “Tómbola”, volvemos a aquel verano de 1962, al sonido de un país que cantaba para salir de las sombras y a una fantasía de playas soleadas, color y promesa de futuro. Sigue siendo una obra maestra de artesanía pop, una celebración vibrante de la vida y del amor que aún despierta nostalgia. Pero detrás de la luz también permanece una historia compleja, marcada por la explotación, el control y el precio del estrellato en una España que empezaba a cambiar.

Marisol terminó ganando la lotería de su propia vida no apostando por un número, sino apartándose del juego. En 1985 se retiró a una vida discreta en Málaga. Como recuerda el documental Marisol, llámame Pepa, dirigido por Blanca Torres, su silencio también forma parte de su conquista. Citando a Marta Sanz: “Marisol puede estar en silencio cuarenta años porque ya sabe quién es”.

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