Celebramos este sábado el nonagésimo aniversario del comienzo de la Guerra Civil. La efeméride es imperfecta: el general Mola, el Director, fijó el alzamiento para el día 17 en Marruecos y el 18 en la península, y así sucedió. La yesca, en realidad, estaba lista desde hacía tiempo. Según Gerald Brenan, “desde mediados de junio, todo el mundo, excepto el Gobierno, parecía enterado de que los militares planeaban una sublevación”.
El 12 de julio, el falangista Alfonso Gómez Cobián asesinó al teniente de la Guardia de Asalto José Castillo, socialista; para vengarle, compañeros y correligionarios se conjuraron para ventilarse a algún líder conservador, y le arrebataron la vida a Calvo Sotelo tras no hallar al monárquico Goicoechea ni al derechista Gil-Robles en sus respectivas casas. El presidente de las Cortes, Martínez Barrio, acertó cuando dijo que aquel atentado significaba la guerra. Manuel Azaña, años más tarde, recordaba cómo “el Estado se derrumbó el 17 de julio, el ejército desapareció, las armas, o no las había o fueron a donde no deberían estar”. El Gobierno repartió 72.000 fusiles sólo en Madrid.
Los recibieron milicianos idealistas, pero también delincuentes y marginados. Mola, por su parte, ordenó a los golpistas ocupar los centros de gobierno usando “tanta violencia como sea menester”. Y así, grosso modo, arrancó nuestra última rave cainita, aquel duelo a garrotazos en el que ambos contrincantes buscaron el exterminio de su adversario.
Con esta percha, Artículo 14 ha conversado Juan Francisco Fuentes –catedrático de Historia Contemporánea en la UCM y miembro de la Real Academia de la Historia–, con Florentino Rodao –catedrático de Historia Contemporánea en la misma universidad–, con Andrés Trapiello –escritor, autor del imprescindible Las armas y las letras–, con Juan Eslava Galán –doctor en Letras y escritor– y con Pedro Corral –periodista, diputado del PP en la Asamblea de Madrid y escritor especializado en la Guerra Civil– para abordar la naturaleza de aquel horror, su posible resaca y su lamentable utilización política.

¿Qué fue la Guerra Civil?
- Juan Francisco Fuentes: “Muchas cosas a la vez: un ensayo general de la II Guerra Mundial, una nueva guerra carlista, un proceso revolucionario y contrarrevolucionario, el resultado de un golpe militar en parte fallido, la consecuencia de eso que un dirigente socialista, Luis Araquistáin, llamó ‘los errores de la República española’; una ‘inevitable catástrofe’, en palabras de la comunista Constancia de la Mora… Y algunas cosas más”.
- Andrés Trapiello: “Para media España, fue la posibilidad de resolver por las armas aquello que no pudieron resolver en el Parlamento. Además, unos tenían la ilusión de reproducir en España la revolución nacionalsocialista que había triunfado en Alemania o la fascista que había triunfado en Italia; los otros, la de hacer triunfar aquí la revolución soviética, que también había triunfado. Por tanto, la Guerra Civil acabó siendo la imposición de dos sectarismos minoritarios sobre una inmensa mayoría de españoles que, desde luego, no querían ni la revolución de derechas ni la de izquierdas. Esto es el triunfo de la sinrazón española. La razón estaba en el Parlamento, que era la razón democrática, y los más sectarios, los más fanáticos, los más encarnizados, decidieron tirar por el camino de en medio. Estas dos minorías radicales estaban ilusionadas en la masacre, estaban convencidas de que la sangre iba a resolver esto y por la vía rápida. Lo veían como una tragedia pasajera, necesaria y triunfante para cada uno de ellos”.
- Juan Eslava Galán: “Un enfrentamiento que se venía incubando desde el siglo XIX. Era inevitable porque había dos claros bandos: el bando republicano, más bien de izquierdas, y el bando nacional, de derechas, cada uno con sus intereses, que eran muy fuertes. Después, han evolucionado y se han hecho demócratas”.
- Pedro Corral: “Un desastre que se pudo evitar y que no se quiso evitar. Fue el colofón de la paulatina e imparable quiebra de un régimen recibido con esperanza en el que finalmente todos dejaron de identificarse, especialmente sus promotores: unos desengañados, como Ortega, Marañón o Pérez de Ayala, y otros porque solo querían servirse de la República burguesa como un paso hacia sus propósitos totalitarios”.
- Florentino Rodao: “Un conflicto político con muchas connotaciones sociales”.

¿Se puede entender la Guerra Civil desde el hooliganismo?
- Juan Francisco Fuentes: “Según cómo se entienda el hooliganismo, pero indudablemente hubo mucho fanatismo de la peor especie”.
- Andrés Trapiello: “En ese momento, una gran mayoría temía la Guerra Civil, pero las dos minorías la deseaban. Si repasas los discursos de Largo Caballero, incluso, en un momento determinado, de Indalecio Prieto, y por supuesto de los comunistas y de los anarquistas, compruebas cómo estos la deseaban. Pero es que también la deseaban los militares de derechas. La propia Iglesia Católica estaba deseando terminar con las reformas republicanas que habían sido enormemente agresivas con el catolicismo. Había una persecución religiosa evidente. En definitiva, había una mayoría que temía la Guerra Civil y unas minorías que la deseaban”.
- Juan Eslava Galán: “Realmente, los que hicieron la Guerra Civil fueron los extremismos. Había una tercera España que se tuvo que apuntar donde le tocó. Al tercer día de estallar la guerra, España se dividió en dos bandos: si te tocaba en el bando equivocado, tenías, rápidamente, que construirte. Yo subrayaría que esa tercera España no quería meterse en líos y se vio arrastrada por los extremismos de uno y otro lado”.
- Pedro Corral: “Noventa años después, el hooliganismo sólo se puede explicar si está relacionado no con la verdadera Guerra Civil, sino con un producto oportunista creado en un laboratorio ideológico con fines presentistas que no tiene nada que ver con la Guerra Civil”.
- Florentino Rodao: “No. Porque sobre todo tiene aspectos políticos y se puede hablar de culpables. De un grupo concreto de culpables, no de un sentimiento general que, por supuesto, también lo hubo”.
Invoquemos a Miguel Delibes: “En las guerras no gana nadie, pierden todos. Y si la guerra es civil, la pérdida es más fuerte que la de cualquier otra guerra”. ¿Suscribe?
- Juan Francisco Fuentes: “En general, sí”.
- Andrés Trapiello: “En una guerra, ganan unos y pierden otros. Moralmente, la nación entera pierde, pero las guerras se hacen para ganarlas. Es obvio que quien ganó la guerra la ganó, y punto, y quien la perdió, la perdió. Ese tipo de frases no se sabe muy bien adónde van. Naturalmente, la guerra la ganaron unos y la perdieron otros. Otra historia es si las cosas hubieran sido peor o mejor en el caso de que la hubieran ganado los otros; eso es harina de otro costal. Pero que las guerras se pierden y se ganan, por supuesto. Podría enunciarse de otra manera: en la Guerra Civil, unos perdieron más que otros. No cabe ninguna duda”.
- Juan Eslava Galán: “Absolutamente”.
- Pedro Corral: “Lo suscribo. Y me remito también a Delibes para recordar que la Guerra Civil les cayó a los españoles como una emboscada. Nos hemos olvidado de la Guerra Civil de las personas y hemos vuelto a la de las consignas”.
- Florentino Rodao: “Totalmente. También es verdad que unos fueron menos perdedores que otros. Todos se embrutecieron”.

¿Qué resaca queda de aquella sangrienta rave cainita?
- Juan Francisco Fuentes: “Casi un siglo después, estamos viviendo una segunda resaca. Eso es lo sorprendente”.
- Andrés Trapiello: “Esa resaca se había pasado ya. La vitamina B6 había sido la Transición Española. Pero, de pronto, el populismo que empezó de una manera absurda Zapatero y ha seguido Sánchez ha intentado de nuevo meter alcohol cainita en las venas españolas. Esa resaca se había olvidado, se había pasado por completo. Porque, además, la Guerra Civil la habían terminado en la Transición quienes la empezaron, de un bando y de otro: Carrillo y Suárez, por hablar de dos personas que encarnaban los dos bandos, decidieron hacer las paces de verdad, sabiendo que era mucho mejor no volver a esas andadas. Zapatero, un tipo con muy pocas luces, y muy mal informado sobre la Guerra Civil y la II República, decidió que la II República había sido uno de los periodos más luminosos de la Historia de España. Un periodo que en el último tramo del Frente Popular contabilizaba a tres y cuatro muertos diarios por asesinatos políticos o mil atentados con sangre. Contar que la República era un periodo luminoso es de una ignorancia, de una fatuidad enorme, propia del personaje. Sobre todo, para no reconocer algo que es evidente: la monarquía parlamentaria ha hecho efectivo todo el programa de máximos de la II República. La monarquía parlamentaria ha defendido con mucha más eficacia y democráticamente los principios republicanos que la II República no quiso o no pudo defender”.
- Juan Eslava Galán: “Estaba perfectamente olvidada o superada. Te voy a poner un ejemplo: mi padre era un campesino sin estudios que en la guerra se pasó al bando nacional. Le tocó en el republicano, era de Jaén, pero se pasó al bando nacional porque a su padre le habían metido en la cárcel del pueblo por ser supuestamente rico. Cuando yo, ya en plena democracia, iba a visitar a mis padres a Fuerte del Rey, mi padre me llevaba al Casino, que se suponía de derechas, pero luego íbamos a tomar una caña al bar de las izquierdas. Esa era la situación: la guerra estaba superada y la gente se respetaba. Cuando llegó Zapatero, abrió de nuevo la herida y todavía la estamos sufriendo. Fue una gran calamidad”.
- Pedro Corral: “Hay todavía un capítulo abierto que es el de la legítima aspiración de quienes desean recuperar los restos de sus familiares y enterrarlos con los suyos. Y hablo de víctimas de los dos bandos, porque en Madrid, por ejemplo, dos terceras partes de las fosas son de víctimas de la represión frentepopulista”.
- Florentino Rodao: “¿Resaca? No. Eso fue hace noventa años. Quedan cosas para los historiadores y para la historia política. Fíjate, sí queda resaca en el caso de Filipinas. En la deshispanización de Filipinas, la Guerra Civil tiene mucho que decir. Coincide con el nacimiento de la Mancomunidad, el periodo de transición a la independencia. La comunidad española era muy poderosa. Lo español se veía muy bien para contrarrestar la influencia de EEUU. Cuando, en 1936, los españoles se pegan entre ellos, el español pasa a tener un significado opuesto: somos vistos como brutos, asesinos, salvajes…, y mucha gente dejó de utilizar el español: unos se pasaron al tagalo, otros al inglés. El español empieza a pasar un significado político: unos a favor de Franco, otros en contra…”.
Finalmente, la Ley de Memoria Democrática, ¿a favor, en contra o ns/nc?
- Juan Francisco Fuentes: “Me remito a lo que he escrito sobre ella”. (El profesor la ha criticado porque “no interesa la verdad; interesa el uso político y hasta los posibles réditos electorales que proporciona una determinada visión del pasado”.)
- Andrés Trapiello: “Absolutamente en contra. Hay que deshacer esa ley por completo. No se puede tener una ley basada en la mentira histórica. Una mentira que pasa por un discurso único. Es una ley que se reforma sobre una ley de partida, la de Memoria Histórica, que es una ley demencial, propia de un personaje como es Zapatero. Los legisladores de esa ley realmente no se sentaron a pensar lo que estaban haciendo. Además, es una ley hecha a medida de los terroristas y por deseo de los terroristas, que deseaban el olvido histórico de todos sus crímenes. Han hecho una ley de memoria histórica para olvidar los crímenes de ETA, que, por cierto, son más recientes que los de la Guerra Civil”.
- Juan Eslava Galán: “Absolutamente en contra. Es, simplemente, una revancha. Me parece bien que se rescate a las criaturas que están sepultadas en las cunetas. Eso me parece genial. Pero todos los extremos de la ley me parecen fatales, cainitas”.
- Pedro Corral: “En contra, empezando por el hecho de que está redactada y aprobada al alimón con los herederos de ETA. Es una indignidad que vengan a darnos lecciones de democracia quienes llevan a terroristas con delitos de sangre en sus listas. Pero también porque es una ley que impone la obligación de recordar lo que nunca sucedió”.
- Florentino Rodao: “Los historiadores, en este sentido, la única fuerza que tenemos es dictaminar con el paso del tiempo y sin intereses políticos si una persona ha sido buena o mala. Los documentos históricos van sacando la verdad sin que haya interés político. Un historiador va a lo que sea. Cuando empiezas a investigar, vas a ver lo que hay”.

