A José Antonio Caínzos, ilustre Abogado del Estado.
Hace unos días se cumplieron los cincuenta años de la llegada de Adolfo Suárez a la presidencia del Gobierno. El aniversario ha pasado por la polarizada España actual sin pena ni gloria, pero en mí ha resucitado al joven que fui, a un adolescente absolutamente fascinado por el cambio político que ante sus ojos vivió su patria. La efeméride me recordó los versos de Jorge Luis Borges: “El tiempo es olvido y es memoria”.
Todo empezó siete meses antes, con la llegada del Rey a la jefatura del Estado. Me da apuro citarme, pero en ciertas y contadas ocasiones creo que es perdonable. En mi Juan Carlos I escribí: “A partir de 1975, este viejo Reino de España, de la mano de su joven rey, escribió una de las páginas más hermosas de su historia. Tras siglos de invierno de la desesperación llegó, al fin, la primavera de la esperanza. La Transición fueron Los mejores años de nuestra vida. España se encontró a sí misma y encontró su lugar en el mundo. La España de muros desmoronados de Quevedo, cuya historia según Ortega, era la historia de una decadencia, dio una lección inesperada e inolvidable al orbe; una lección de sabiduría, tolerancia y grandeza”.
Don Juan Carlos, el Le Corbusier del gran edificio de la Transición española, se rodeó de un puñado de colaboradores excepcionales, pero necesitaba al capataz más capaz y sagaz, necesitaba a su Sáenz de Oiza. Eligió a Adolfo Suárez y acertó. El desafío era enorme: “ir de la ley a la ley”, y de la dictadura a la democracia. Este cambio cósmico necesitaba, como dice Javier Cercas en su formidable Anatomía de un instante, a alguien “lo bastante encantador y marrullero para persuadir a la oposición de que todo iba a cambiar mientras persuadía a los franquistas de que nada iba a cambiar aunque todo cambiase”.
Este párrafo lampedusiano del Truman Capote extremeño nos revela las tremendas dificultades y riesgos a que se tuvo que enfrentar el político abulense. Decían que “todo queda atado y bien atado”, no contaban con que Adolfo Suárez se convertiría en una providencial Penélope que descosió todo lo cosido y desató todo lo atado.
Fortuna y audacia
El Rey y Torcuato Fernández-Miranda demostraron una gran inteligencia política apostando por el ministro secretario general del Movimiento para suceder a Carlos Arias Navarro en la presidencia del Gobierno. Las virtudes de Suárez eran las que se necesitaban en el crucial momento histórico que vivía España y sus defectos, en cambio, eran secundarios. El abulense era un político pragmático, sin ideología, impenitente “adolfista”; era también un hombre dotado de una tremenda intuición y olfato, de ese instinto que Isaiah Berlin reconocía en los políticos egregios y que se tiene o no se tiene. Por último, era valiente y ya sabemos lo que dice Turno a sus hombres en la celebérrima cita de La Eneida: “Audentis Fortuna iuvat”, la Fortuna ayuda a los audaces. Esa Fortuna a la que tanto alude Maquiavelo.
Una simple cronología de los grandes hitos de su mandato es la mejor prueba de por qué sus años de gobierno (especialmente los tres primeros) son los mejores de los dos últimos siglos de historia de España. Una sucesión ininterrumpida de acontecimientos históricos es su regalo al pueblo español, un pueblo que aplaudía perplejo y pasmado un prodigio tras otro: Ley para la Reforma Política y su referéndum, en noviembre y diciembre de 1976; legalización del PCE en abril de 1977; primeras elecciones generales el 15 de junio, que ganó; Ley de Amnistía, vuelta del president Josep Tarradellas (y su mítico “Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí”) y Pactos de la Moncloa en un mes de octubre de 1977 absolutamente memorable; Constitución de 6 de diciembre de 1978 y elecciones generales de marzo de 1979, que volvió a ganar.
Se dice muchas veces que una imagen vale más que mil palabras. La diferencia entre el tétrico y espectral Arias Navarro anunciando la muerte de Franco y un lozano y juvenil Suárez pudiendo prometer y prometiendo en la campaña electoral de 1977 son, como si de otro debate televisivo entre Kennedy y Nixon se tratase, el mejor fotograma del tremendo cambio y avance que había experimentado nuestro país en unos pocos meses.
El momento más delicado
La legalización del Partido Comunista el Sábado Santo de 1977 fue el momento más delicado de aquel trienio frenético y fantástico. Don Juan Carlos quería ser “el Rey de todos y para todos”, quería ser el Abraham Lincoln que sentase de nuevo a los españoles a la mesa de la hermandad y sellase su reconciliación. Necesitaba para ello a su Ulysses S. Grant y a su Robert E. Lee y los encontró en Suárez y en Santiago Carrillo. Un viejo comunista y un joven falangista se perdonaron, se abrazaron y superaron las dos Españas que helaban el corazón, haciendo feliz a don Antonio Machado.
La Transición se llevó por delante a Suárez, a Carrillo y a sus partidos (por eso no tienen hoy el recuerdo y los homenajes que se merecen) dejándolos huérfanos. Es, sin embargo, una orfandad aparente, porque claro que tienen padres: el agradecimiento eterno del pueblo español y los libros de historia, en los que figuran ambos con letras de oro, son sus progenitores. Suárez y Carrillo se sacrificaron en el gran altar de la Transición. Uno acabó con el franquismo, el otro con el comunismo y sobre esos escombros, con el cemento de sus cenizas, se construyó la democracia española.
Los dos últimos años de Suárez en La Moncloa fueron muy duros. Las amenazas golpistas, la crisis económica y los miserables atentados terroristas crearon un clima de inestabilidad política permanente. Se conspiraba contra el político abulense por las mañanas, por las tardes y por las noches y conspiraba todo el mundo, incluidos sus compañeros de partido. La conspiración de Catilina fue una broma comparada con la que sufrió el De Gaulle de Cebreros. En Moncloa Suárez conoció esa soledad, la terrible soledad del poder, que el general francés también padeció en el Elíseo. Esa soledad a la que cantó Borges, siempre Borges: “Hablo del único, del uno, del que siempre está solo”.
El espíritu a resucitar
Hoy que se ataca a la Transición por doquier, yo quiero defenderla. Su espíritu falleció durante los gobiernos del presidente Zapatero. ZP prefirió la bisutería del guerracivilismo a la joya de la concordia entre españoles. Ese fue su gran error histórico. Zapatero, no pudiendo ser Felipe González, se conformó con ser otro Largo Caballero. El presidente leonés ignoraba que a los revolucionarios de la nada le siguen siempre los populistas del todo; ignoraba que los Abascales, Buxadés y Garrigas son hijos de los Iglesias, Monederos y Errejones, son su némesis. Hoy que se ataca a la Transición por acción y omisión (y los que deberían defenderla, a ella y al Rey Juan Carlos, simplemente callan y otorgan) yo quiero reivindicarla. La única receta para poner fin a la división, a la polarización extrema y al enfrentamiento constante que han vuelto a regir la política española -haciéndola insoportable- es que los dos grandes partidos, al menos, resuciten el espíritu de la Transición.
Los cinco años que transcurren desde la llegada de Adolfo Suárez al poder hasta el golpe de Estado del 23-F cambiaron España. Lo mismo ocurrió en los cinco años transcurridos entre la toma de la Bastilla y la caída de Robespierre que cambiaron Francia y el mundo para siempre. Unos restablecieron la Corona, otros acabaron con ella, pero en el fondo hicieron lo mismo. La Historia nos ha mostrado que la monarquía parlamentaria es la forma de república más avanzada, más sublime y sobre todo más barata que existe. El balance de los cinco años de Suárez en la Moncloa es arrollador y sitúa al abulense entre los grandes políticos del último medio siglo universal. Tal vez, solo, Nelson Mandela, Helmut Kohl y Lech Walesa pueden presentarse con tanto orgullo al examen de su pueblo y de los historiadores.
Los últimos años de su vida nos descubrieron al hombre que habitaba tras la máscara del político. La enfermedad de su mujer y de su hija -sus queridas Amparo y Mariam- a las que cuidó sin descanso, nos permitieron descubrir a los españoles que el hombre era mucho mejor que el político. El joven tremendamente ambicioso, el presidente que buscó el poder a toda costa durante décadas, mutó en un hombre conmovido y entregado a la búsqueda, al cultivo, del único poder verdadero que nos ofrece la vida: el poder del amor.
Me gusta terminar mis columnas con versos y hoy no va a ser una excepción. Mis lectores más avisados ya han adivinado que estoy releyendo la poesía completa de Jorge Luis Borges. Descubrir los versos del inmenso bardo argentino es uno de los regalos más sorprendentes y maravillosos que uno puede recibir. Releer los versos del Homero bonaerense es néctar y ambrosía para los dioses. Dice Borges: “Qué importan las penurias, el destierro, la humillación de envejecer/…Qué importa el tiempo sucesivo si en él/ hubo una plenitud, un éxtasis, una tarde”. Y en la vida de Adolfo Suárez, el De Gaulle de Cebreros, hubo una plenitud, un éxtasis, una tarde: la plenitud de la democracia, el éxtasis de la concordia y la tarde, todas las tardes, de la gloriosa Transición española.

