Hoy miércoles, 14 de octubre, el Auditorio 400 del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía acogerá un encuentro entre dos mundos aparentemente antagónicos. La pianista, compositora y figura del pospunk español Ana Curra inaugurará Los vicios modernos, la primera parte del ciclo musical Colección. Arte contemporáneo: 1975-presente. El programa, cuyo título procede de una obra de 1978 del dibujante Ceesepe, establece un diálogo con la nueva presentación de la colección permanente del museo, instalada en la cuarta planta del Edificio Sabatini. Un recorrido de más de 3.000 metros cuadrados que reúne 403 obras de 224 artistas y dedica uno de sus espacios, titulado Contracultura material, a manifestaciones como el cómic underground, la fotografía callejera, la cartelería, el diseño gráfico y la cultura de los clubes nocturnos.
La actuación, concebida específicamente para la ocasión, pretende ir más allá del homenaje retrospectivo. Acompañada de proyecciones y material fotográfico de Alberto García-Alix y Miguel Trillo, Curra recuperará una música que contribuyó a transformar el paisaje cultural de la España de la Transición. Su concierto propone entender el archivo del museo no como un depósito de objetos del pasado, sino como un espacio capaz de establecer nuevas relaciones con el presente.
Nacida en San Lorenzo de El Escorial en 1958, Ana Isabel Fernández recibió una sólida formación clásica como pianista, una circunstancia singular en el panorama del punk español de finales de los setenta. Tras trasladarse a Madrid para estudiar Farmacia, comenzó a frecuentar los ambientes de la incipiente Movida madrileña y en 1979 se incorporó a Alaska y los Pegamoides. Posteriormente participó en Parálisis Permanente y Los Seres Vacíos, proyectos estrechamente vinculados a Eduardo Benavente, su pareja sentimental y creativa. También intervino en la creación de Tres Cipreses, uno de los sellos independientes pioneros del panorama musical español.
Durante décadas, la memoria del movimiento siniestro español ha estado marcada por la figura de Benavente, fallecido en un accidente de tráfico en 1983, cuando apenas tenía veinte años. Sin embargo, Curra fue mucho más que una teclista secundaria o la compañera del cantante: participó activamente en la composición, los arreglos y la construcción del sonido de Parálisis Permanente. Canciones como “Quiero ser santa” y “El acto” condensan una sensibilidad que combinaba melodías inquietantes, guitarras ásperas y letras cargadas de provocación sexual y religiosa. Su trayectoria permite reivindicar el papel creativo de una mujer que no se limitó a presenciar el nacimiento de aquella escena, sino que contribuyó decisivamente a definirla.
Aunque la Movida suele recordarse por su exuberancia cromática, su desenfado y su vertiente más festiva, Parálisis Permanente representó una corriente bastante más sombría. Su único álbum de estudio, El acto (1982), grabado en los estudios Doublewtronics, exploraba el fetichismo, la transgresión religiosa, la angustia y el deseo a través de un sonido próximo al pospunk y al rock gótico británicos. Junto a composiciones propias, el disco incluía versiones en castellano de “Heroes”, de David Bowie, y “I Wanna Be Your Dog”, de The Stooges. Aquella oscuridad, lejos de ser un simple recurso estético, constituía una alternativa a la imagen más luminosa y despreocupada que terminaría imponiéndose en el relato popular de la Movida.
La identidad de aquel movimiento tampoco se construyó exclusivamente a través de la música. García-Alix retrató a sus protagonistas con una crudeza que convirtió el cuero, las miradas desafiantes y los cuerpos tatuados en parte de su iconografía. Miguel Trillo, por su parte, documentó a los jóvenes que llenaban las calles, las salas de conciertos y discotecas como Rock-Ola. Al incorporar imágenes de ambos fotógrafos a su actuación, Curra subraya hasta qué punto el pospunk fue también una cultura visual, indisociable de la moda, la fotografía y el diseño gráfico.
¿Puede el punk sobrevivir al museo?
La llegada de Ana Curra al Reina Sofía plantea una cuestión que trasciende el concierto: ¿qué ocurre cuando una contracultura nacida de la provocación y el rechazo a las convenciones acaba integrada en el patrimonio de una institución estatal? La contradicción resulta especialmente sugerente en el caso del punk, cuya identidad se construyó, al menos parcialmente, alrededor de la oposición a las jerarquías culturales y a las formas establecidas de legitimidad artística.
Desde una perspectiva purista, la incorporación de estos movimientos al museo puede interpretarse como una forma de domesticación. Las imágenes que en su momento escandalizaban o incomodaban pasan a exhibirse bajo una iluminación cuidadosamente diseñada, acompañadas de cartelas explicativas y protegidas por los mecanismos de conservación institucional. Aquello que nació para desafiar el orden existente termina formando parte del relato oficial de la cultura.

Sin embargo, esa misma incorporación también puede entenderse como un reconocimiento largamente pendiente. Al situar la fotografía callejera, los fanzines o la cartelería musical junto a obras consagradas del arte contemporáneo, el museo reconoce que la transformación cultural de la España democrática no se produjo únicamente en galerías, estudios y academias, sino también en bares, salas de conciertos, tiendas de discos y espacios de sociabilidad juvenil. La cuestión no es tanto si estas manifestaciones merecen entrar en un museo, sino si es posible conservar su historia sin neutralizar las tensiones que las hicieron relevantes.
El ciclo continuará el 10 de diciembre con Plena pausa, el proyecto en el que Jota, líder de Los Planetas, pone música a las filmaciones experimentales de Iván Zulueta. La propuesta amplía así el diálogo entre las distintas disciplinas que contribuyeron a configurar la cultura contemporánea española, desde la música popular hasta el cine experimental.
En el caso de Curra, además, el vínculo con el pasado no implica necesariamente una renuncia al presente. En enero de este año publicó La última cena de Parálisis Permanente, bajo el nombre de Ana Curra y los 13 Apóstoles, un disco en el que revisita trece canciones de su antiguo grupo junto a músicos de generaciones posteriores. Entre los participantes figuran integrantes de Biznaga, Bala, La Élite y Camellos, así como otras formaciones vinculadas al pospunk y al rock alternativo contemporáneos. Varios de estos colaboradores también participarán en el concierto del Reina Sofía.
Su presencia introduce una última paradoja. Mientras el museo se esfuerza por preservar el legado de una contracultura que marcó el final del siglo XX, sus protagonistas continúan reinterpretándolo fuera de las vitrinas. Quizá la mejor manera de conservar el punk no sea fijarlo definitivamente en la historia, sino permitir que siga cambiando.

