Reinas de la pista

Llegaron las máquinas: ‘synth-pop’, deseo y neón

Tras la fiebre disco, los sintetizadores y las cajas de ritmos cambiaron la temperatura de la pista, abriendo una década en la que la música de baile empezó a sonar más fría, más urbana y más cinematográfica

Annie Lennox, Ba
De izquierda a derecha: Annie Lennox, Bananarama, Debbie Harry, Alison Moyet y Grace Jones.
Montaje: kiloycuarto

La pista de baile no quedó en silencio cuando las bolas de espejo de los setenta dejaron de girar. Cambió de superficie. Si la disco estaba marcada por la calidez orgánica de las cuerdas, los metales y el sudor, los primeros ochenta trajeron una bajada de temperatura. La comunión excesiva de la década anterior dio paso a un sonido más afilado, sintético y eléctrico. La máquina ya no servía para imitar el pasado. Empezaba a programar el futuro.

En este recorrido por la evolución de la música de baile, tentado por el regreso retrofuturista de Madonna en Confessions II, toca mirar al momento en que las luces de neón empezaron a parpadear. En la transición de los setenta a los ochenta, la máquina se convirtió en interlocutora de muchas voces femeninas que buscaban nuevas formas de deseo, autoridad y presencia.

El reinado comercial de la disco podía haberse fracturado bajo el peso del movimiento Disco Sucks, pero su ADN era demasiado resistente para desaparecer. El bajo pesado y el pulso four-on-the-floor permanecieron, aunque filtrados por otra sensibilidad. La semilla ya estaba plantada desde 1977, cuando Donna Summer y Giorgio Moroder lanzaron “I Feel Love”, una canción construida casi por completo sobre un sintetizador Moog. Aquel tema sirvió de puente para las siguientes décadas de música de baile, con una estética mecánica y sensual que se alejaba del soul tradicional.

A principios de los ochenta, el synth-pop se impuso como el nuevo lenguaje de la noche urbana. Era un género que abandonaba de forma deliberada la idea rockera de autenticidad y abrazaba el artificio. Las letras dejaron atrás parte del hedonismo celebratorio de la disco y se acercaron al aislamiento, la distancia emocional y la vida en ciudades cada vez más mediadas por pantallas. La pista ya no era solo un lugar de desahogo. También podía parecer un decorado, un espacio donde interpretar otra versión de uno mismo bajo la luz artificial.

La aparición de sintetizadores polifónicos más accesibles y la definición del MIDI democratizaron parte de la producción musical. Las artistas podían ocupar el centro de ese laboratorio sonoro con una nueva clase de poder. En realidad, Wendy Carlos, compositora habitual en el universo de Stanley Kubrick, ya había sido pionera en el uso de sintetizadores al reinterpretar piezas clásicas en Switched-On Bach a finales de los sesenta y, poco después, con la banda sonora de La naranja mecánica. Para buena parte del público británico, aquel fue uno de los primeros contactos masivos con ese sonido.

Si hay una figura que encarna la transición de la diva disco a una mujer-máquina futurista, esa es Grace Jones. Jones nunca fue una diva tradicional. Fue la escultora de su propia imagen, una presencia mutante que se movía entre el arte, la moda y el underground queer con una autoridad difícil de imitar. Su reconocimiento llegó cuando dejó atrás su etapa disco inicial y empezó a grabar en los Compass Point Studios de Nassau, bajo la dirección de Chris Blackwell y los Compass Point All-Stars.

El sonido Grace Jones, perfeccionado en la trilogía formada por Warm Leatherette (1980), Nightclubbing (1981) y Living My Life (1982), supuso un giro radical. Fusionaba reggae, funk, pop europeo y frialdad electrónica en una mezcla intensamente física. Barry Reynolds, que trabajó en aquellas sesiones, explicó que Blackwell buscaba un “toque europeo” para enraizar el reggae. Jones lo aportó con una voz grave, seca, casi desprendida.

En temas como “Pull Up to the Bumper” y “Slave to the Rhythm”, Jones no se limitaba a cantar. Interpretaba el poder. Su imagen era una forma de autoría, una subversión de las convenciones de género a través de una bravuconería masculina que desafiaba los códigos visuales de la feminidad pop. La revista Ebony escribió que Jones era “un signo de interrogación seguido de uno de exclamación”, una frase que resume bien su manera de convertir la androginia en lenguaje.

Esa construcción visual alcanzó una de sus cimas en su colaboración con Keith Haring para el vídeo de “I’m Not Perfect” en 1986, donde apareció con un vestido pintado a mano de casi veinte metros. Jones reclamaba así su lugar como espectáculo emancipado, lejos de los límites impuestos por la mirada patriarcal de la industria musical. En ella, la máquina no borraba lo humano. Volvía el cuerpo más arquitectónico, más extraño, más difícil de domesticar.

Mientras Grace Jones redefinía el cuerpo escultórico desde Nassau, Annie Lennox rompía el molde de la estrella femenina en Londres, ya en plena era MTV. Desilusionada por la conformidad de su grupo anterior, The Tourists, Lennox formó Eurythmics con Dave Stewart y apostó desde el principio por una autonomía visual y sonora muy reconocible. El concepto del dúo nació en una habitación de hotel en Australia, con Stewart experimentando con un sintetizador Wasp de segunda mano mientras Lennox cantaba.

El éxito de “Sweet Dreams (Are Made of This)” en 1983 marcó una línea divisoria para la llamada Segunda Invasión Británica. El pelo naranja cortado al milímetro y el traje masculino de Lennox chocaban con muchos de los arquetipos femeninos de la época. Su imagen no era un disfraz pasajero. Era un arma estética para exigir autonomía en una industria dominada por hombres.

Lennox entendió que, en la era de MTV, la apariencia era un lenguaje tan deliberado como cualquier letra. Al adoptar personajes plurales, fluidos y conscientemente construidos, mostraba la identidad como una interpretación. “Sweet Dreams” no era una canción feliz. Nació de la desesperación, la deuda y la sensación de estar atrapados dentro de la propia maquinaria musical. Aun así, cuando aquel pulso sintético llegó a la pista de baile, el synth-pop demostró que podía convertir el dolor privado en una forma de poder compartido.

Una de las críticas más repetidas contra el synth-pop era que sonaba frío o deshumanizado. Alison Moyet, como mitad de Yazoo —o Yaz en Estados Unidos—, fue el contraargumento viviente. Formado tras la salida de Vince Clarke de Depeche Mode, Yazoo reunió la precisión electrónica de Clarke y la fuerza grave, melancólica y carnal de Moyet.

En su álbum debut, Upstairs at Eric’s (1982), Clarke utilizó el Roland MC-4 Microcomposer para conseguir una precisión rítmica casi robótica. Pero fue la voz de Moyet la que llenó esos espacios electrónicos de peso emocional. Temas como “Only You” —la canción perfecta, si me preguntan— y “Don’t Go” demostraban que la tecnología podía tener pulso humano. Moyet era una anomalía feliz: una cantante con voz de soul atrapada dentro de la máquina, capaz de demostrar que el sintetizador también podía contener un anhelo profundo.

Mientras Yazoo mostraba la intimidad del dúo electrónico, The Human League convirtió los sonidos experimentales de Sheffield en una fábrica pop. Tras la separación de la formación original, el cantante Philip Oakey reclutó a dos chicas que conoció en una discoteca de la ciudad, Susan Ann Sulley y Joanne Catherall, pese a que no tenían experiencia musical profesional. El gesto pertenecía de lleno al espíritu del New Pop, más interesado en la imagen, la actitud y la cultura de club que en la habilidad técnica tradicional.

Su álbum Dare (1981) se convirtió en uno de los emblemas de la era synth-pop. “Don’t You Want Me” planteaba un duelo de voces que capturaba el drama de poder entre un hombre y una mujer, sostenido por ganchos sintéticos de enorme eficacia. Sulley y Catherall fueron esenciales para el vocabulario visual del grupo. Representaban a la chica de discoteca que pasaba de la pista a la pantalla, una prueba de que el pop mecánico de los ochenta podía convertir en estrella a cualquiera con el gesto adecuado y una presencia capaz de fijarse en la memoria.

Bananarama aportó otra energía al panorama del synth-pop: amistad femenina, moda DIY e ironía callejera. Salidas de la escena nocturna londinense de principios de los ochenta, Keren Woodward, Sara Dallin y Siobhan Fahey vivían sobre las salas de ensayo de los Sex Pistols y se movían en un ambiente donde la actitud pesaba más que el virtuosismo.

Su éxito de 1983, “Cruel Summer”, se convirtió en un clásico inmediato, una canción de verano atravesada por el calor urbano y la frustración. Frente a la monumentalidad de Grace Jones o la intensidad dramática de Annie Lennox, Bananarama parecían una pandilla. Dominaron la canción pop de apariencia fácil, aunque construida sobre una comprensión muy precisa de lo que movía una pista de baile. A finales de la década, su colaboración con Stock Aitken Waterman las llevó hacia los sonidos Hi-NRG y Eurobeat que dominarían buena parte de las listas.

También fue la década en que la música de baile empezó a sonar cada vez más cinematográfica. Pocos grupos representaron mejor ese cruce que Berlin. Liderada por Terri Nunn, la banda fue un éxito estadounidense poco habitual en un terreno dominado por artistas británicos y alemanes. Sus primeras canciones, como “Masquerade” o la polémica “Sex (I’m A…)”, estaban ligadas al erotismo new wave. Pero su colaboración con Giorgio Moroder para la banda sonora de Top Gun, “Take My Breath Away”, marcó su lugar en la memoria popular.

Nunn era una cantante fuerte, directa, capaz de sonar sensual sin caer en lo empalagoso. En Berlin, el sintetizador servía para crear una atmósfera de deseo suspendido, como un coche atravesando una ciudad iluminada por neones. La máquina ya no pertenecía solo al club. También podía envolver un beso de cine, una escena nocturna, un romance filtrado por luz artificial.

En cierto sentido, Berlin —también en la propia imagen de Nunn— funcionó como respuesta californiana a Blondie. Debbie Harry había sido un puente esencial entre el Nueva York áspero de los setenta y los ochenta de tinte neón. Aunque venía de las escenas punk y disco de CBGB y Studio 54, su trabajo con Blondie, en especial “Heart of Glass”, anunciaba un cambio de temperatura. Harry precedió la fijación de MTV con la estrella de vídeo y entendió antes que muchos que el pop moderno necesitaba una imagen tan afilada como sus canciones.

Blondie demostró que los géneros eran porosos. “Rapture”, con su acercamiento temprano al rap, y “Heart of Glass”, con su pulso disco filtrado por la distancia new wave, abrieron un espacio intermedio. Harry dejaba que la frialdad irónica de la nueva ola se filtrase en la pista sin renunciar a la sensualidad. La curiosidad de Blondie, su tendencia a polinizar estilos y su capacidad para estar siempre en el lugar exacto explican por qué Debbie Harry habita una categoría propia. Parallel Lines basta para entenderlo. Prácticamente todas las artistas posteriores tienen algo de ella, empezando por Madonna.

En España, esa evolución electrónica encontró un rostro propio en Alaska. Figura central de la Movida Madrileña, primero con Kaka de Luxe, después con Alaska y los Pegamoides y Dinarama, tradujo parte del synth-pop y la estética new wave internacionales a un país que salía de la dictadura y aprendía a inventarse una modernidad pop.

A finales de los ochenta, Alaska empezó a incorporar samplers y fue una de las primeras artistas españolas en acercarse al sonido emergente del acid house, con remezclas publicadas incluso en el Reino Unido. Llevó la modernidad de la discoteca a la televisión y se convirtió en un icono de la cultura queer y la libertad sexual. Como muchas de sus contemporáneas internacionales, demostró que el sintetizador podía ser una herramienta de autoinvención y una forma de reclamar espacio público.

La era de las máquinas no mató la emoción de la pista de baile. La llevó a otra superficie. Donde la disco había colocado sudor, calidez comunitaria y soul orgánico, el synth-pop añadió artificio, tecnología y ambigüedad. Las voces femeninas de los ochenta no se retiraron ante la máquina. Aprendieron a manejarla.

Ese pulso sintético fue un paso esencial hacia lo que vendría después. Los ritmos cuantificados del synth-pop evolucionarían pronto hacia el house de Chicago y el techno de Detroit. Pioneros como Frankie Knuckles, desde The Warehouse, utilizaron cajas de ritmos y sintetizadores para transformar la herencia de la disco en el modelo de buena parte de la música electrónica contemporánea.

Antes de los macrofestivales y la industria global del EDM, estas mujeres ya bailaban bajo luces de neón, en diálogo con sus máquinas. Demostraron que una canción podía ser celebración, refugio y promesa de futuro. Las máquinas habían llegado, pero lejos de enfriar la pista, la hicieron arder con una intensidad nueva. Antes del house y del DJ superestrella, estuvieron estas reinas del synth-pop, recordando que el corazón humano también puede latir dentro de una máquina.

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