Una serie. El caso de Laura Stern. En solo cuatro capítulos te tambalea, uno tras otro, hasta llegar al KO final en una ficción hiperrealista que parte de un planteamiento a priori impensable: una mujer —farmacéutica y madre de familia— se convierte en asesina de futuros criminales machistas, siendo el quid lo futurible. ¿Qué le lleva a tener tal certeza?, ¿eso justifica que sea ejecutora de hombres?, ¿cómo actuará la justicia ante esta especie de justiciera de género?
La miniserie, disponible en Filmin, ahonda en estas y otras preguntas planteadas a través de personajes que bien podrían haber salida de la vida misma y que nos presentan como parte de un club compuesto por mujeres víctimas del maltrato, supervivientes, que se reúnen en la trastienda de la farmacia de Laura Stern. Una protagonista que habla por boca de todos cuando lamenta no haber podido evitar un crimen que ocurre delante de ella, que se convertirá en el detonante de todo: “Sí que sale barato asesinar a la madre de tus hijos”.
Un libro. Siete casas vacías, de la recién premiada con un millón de euros Samantha Schwblin. Creía no haber leído nada suyo, pero resulta que la olvidé. A veces pasa, o al menos a mí sin mayor sentimiento de culpa que esta desmemoria mía. Se complica cuando además son varias las historias, como pasa con los libros de relatos. Aun así, no solo disfruto de su lectura sino guardo especial registro del impacto que me produjeron los de Ray Bradbury, Reinaldo Arenas y Edgar Allan Poe. Confieso que Schwblin ha llegado –esta vez sí– para quedarse. Su escritura enroscada, elaborada, bien moldeada y depurada, sin tener la virguería literaria de un Javier Marías, resulta arquitectónica. En solo unas páginas, la escritora argentina construye historias capaces de dejarte al borde del precipicio. Sin sostén. Allá te caigas o no. Depende en gran parte de cómo hayas conseguido lidiar con las aristas de sus personajes. Te habla del duelo, el Alzheimer, la muerte, las ausencias y las casas vacías o vaciadas, según. Y luego, tú ya te levantas o no.
“Después leyó la lista nuevamente. Había muchas cosas importantes y los dos primeros ítems ya no estaban a la altura. Los tachó. Escribió algo más al final. Ahora la lista decía: Concentrarse en la muerte. Él está muerto. La mujer de al lado es peligrosa. Si no lo recuerdas, espera”.
Una entrevista a Fran Lebowitz. “Todos los problemas del mundo se deben a Donald Trump. No me importa de qué se trate”. Si en la tintorería no encuentran uno de sus trajes neoyorkinos, Lebowitz lo achacará a Potus, a quien la escritora y crítica cultural se ve en la obligación de aclarar no votó. Lo hace en una entrevista a una conocida periodista podcastera australiana. Con Amanda Hooton, la siempre mordaz Lebowitz charla casi una hora sobre Trump, el tabaco, los coches, el dinero, los libros y los restaurantes. Ella, habituada a pronunciarse sobre cualquier cosa, se revela con la verdad última de quienes disfrutamos de crear espacios como este Bosadías: “¿Por qué la gente se pelea por este tipo de cosas? —lanza al aire en plena entrevista—. Por ejemplo, cuando me preguntan cuál es la mejor pizza de Nueva York yo siempre contesto lo mismo: la que más te guste, esa es la mejor”.
