Hay un momento concreto en Casi adultos en el que Gabriela González resume una sensación compartida por toda una generación: cumplir treinta y descubrir, de golpe, que una ya no se siente inmortal. A partir de ahí aparece algo parecido al duelo. Duelo por la juventud, por ciertas versiones de una misma, por la idea de futuro ilimitado que acompañaba a los veinte. Ese es el verdadero núcleo emocional del libro: la entrada en una adultez menos épica y mucho más cansada de lo que prometían las películas, las redes sociales o incluso nuestras propias expectativas.
Conocida por el perfil digital @malaherba_, González publica ahora un debut literario que funciona como prolongación natural de la voz que ha construido en internet: cercana, confesional, consciente de las fragilidades contemporáneas y muy atenta a los pequeños detalles de la vida cotidiana. Casi adultos mezcla diario, crónica personal, reflexión generacional y memoria sentimental para hablar de rupturas amorosas, ansiedad digital, amistad, mudanzas, terapia, precariedad emocional y miedo al paso del tiempo. Pero, sobre todo, habla del agotamiento de vivir permanentemente expuestos.
La ruptura sentimental que atraviesa el libro —y que coincide también con la transformación de @malaherba_ en un proyecto exclusivamente suyo— aparece tratada desde la distancia suficiente como para evitar el ajuste de cuentas o la sentimentalidad excesiva. González entiende algo importante: el dolor reciente rara vez produce buena literatura. Lo interesante llega después, cuando una empieza a ordenar las ruinas y descubre qué significó realmente aquella vida compartida.
Uno de los grandes aciertos del libro es precisamente su tono. Hay humor, ironía y una cierta ternura desarmante hacia las propias contradicciones. González escribe desde la vulnerabilidad, pero evita el dramatismo performativo tan habitual en cierta literatura emocional contemporánea. No pretende convertir cada herida en una gran tragedia generacional ni transformar el malestar en identidad. Más bien intenta entenderlo.
También resulta especialmente lúcida su reflexión sobre las redes sociales y la hiperconexión. Pese a haber construido una comunidad enorme en internet, González no idealiza ese espacio. Habla de la necesidad de imponerse límites, de dejar físicamente el teléfono en otra habitación para poder pensar, leer o simplemente mirar alrededor. Hay algo profundamente contemporáneo —y bastante triste— en esa idea de que necesitamos reaprender a prestar atención.
El libro funciona especialmente bien cuando abandona las grandes categorías generacionales y se vuelve concreto. Ahí aparecen Galicia, el mar, las sobremesas familiares, las frases de su abuela Estrella, las mudanzas constantes y esa nostalgia física de los lugares donde una fue feliz. González escribe mejor cuando aterriza la emoción en imágenes pequeñas y reconocibles. Cuando deja de hablar de “la generación de los treinta” y habla, simplemente, de una mujer intentando entender cómo vivir.
Hay además una reivindicación muy interesante de la normalidad. Frente a una cultura obsesionada con la productividad, la excepcionalidad y la vida espectacular, Casi adultos propone algo mucho más modesto —y quizá más difícil—: aprender a disfrutar de una existencia tranquila. Estar donde una quiere estar. Dejar de pensar constantemente en la fiesta a la que no ha ido o en la vida que podría haber tenido.
Quizá el libro no revolucione la literatura generacional ni descubra conflictos inéditos, pero sí captura con honestidad una sensación bastante universal: la de quienes llegan a la adultez agotados de performar versiones ideales de sí mismos. Y en tiempos de cinismo emocional y discursos grandilocuentes sobre el éxito, esa búsqueda de una vida más lenta, más pequeña y más real acaba teniendo algo profundamente político.
