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‘La boca llena de trigo’, de Mayte Gómez Molina: la prisión del talento

Mayte Gómez Molina se expone tras la ficticia Anna, una niña prodigio convertida en mujer atrapada frente a un lienzo en blanco. En esta novela, la autora disecciona la vocación como condena, el poder paralizante del éxito y ese autosabotaje que parece ser el peaje obligatorio de toda alma creativa

'La boca llena de trigo', de Mayte Gómez Molina
'La boca llena de trigo', de Mayte Gómez Molina
Montaje: kiloycuarto

La autoficción arrastra un riesgo difícil de esquivar: quedar atrapada en el “yo” y olvidar que toda historia se escribe para otros. La boca llena de trigo, de Mayte Gómez Molina, bordea ese peligro al convertir la historia de Anna —una joven artista plástica destinada a un éxito que no es capaz de asimilar— en algo más que un episodio de inspiración autobiográfica. La novela propone una lectura de la creación desde un lugar reconocible para cualquiera con una mínima pulsión artística. Ese espacio es, a la vez, geográfico —la narración esquiva cualquier localización concreta— y profundamente psicológico.

Anna crece a la sombra de su propia expectativa. El premio en un concurso de dibujo en segundo de primaria marca el inicio de una vocación que aparece menos como una afición placentera que como una maldición impuesta desde fuera. Como si el talento fuese una ilusión que solo adquiere consistencia bajo la mirada del otro. La protagonista descubre pronto que pintar no consiste únicamente en dominar la técnica, sino en ocupar un lugar que el establishment artístico ya ha diseñado para ella. La figura de la influyente galerista Maria Manzoni funciona aquí como el marco de un cuadro que, paradójicamente, limita el espacio de maniobra de la artista.

Tamara de Lempicka, ‘Autorretrato (Tamara en un Bugatti verde)’, 1929. Colección particular, Suiza

El peso de la mirada y el canon

Gómez Molina construye este contexto con una prosa que deja poco a la imaginación; un ejemplo de cómo lo específico puede alcanzar lo universal. La novela avanza a través de escenas íntimas y pensamientos intrusivos que sitúan al lector en la mente de alguien que se percibe como una impostora profesional mientras el mundo insiste en señalarla como una elegida. Al mismo tiempo, miles de individuos sin talento transitan con plena confianza en sus capacidades. La autoconsciencia aparece entonces como síntoma de prudencia, incluso de inteligencia.

Anna no se presenta como heroína ni como víctima ejemplar, sino como alguien que intenta comprender qué significa ver su mayor sueño hecho realidad y, al mismo tiempo, no desaparecer dentro de las expectativas, propias y ajenas.

El relato introduce, además, una reflexión punzante sobre el canon y la mirada masculina. La autora sugiere que a las mujeres se les arrebata la capacidad de apreciar la belleza al obligarlas a centrarse obsesivamente en la suya propia. Su existencia parece validarse solo cuando un tercero —habitualmente un hombre— les devuelve la mirada. Gómez Molina propone que, si las mujeres no hubiesen aceptado históricamente esa forma ajena de mirar, la mitad de la población percibiría el mundo de manera radicalmente distinta. En su flujo de conciencia, la novela no es sutil al denunciar estos desequilibrios: puede leerse como un gesto reivindicativo explícito, sin que por ello pierda interés.

La asfixia de la abundancia

El bloqueo creativo de Anna se convierte en el eje emocional del relato. La autora evita el retrato idealizado de la “musa esquiva” y muestra la creación desde la culpa, la neurosis y la paranoia. Tener la boca llena de trigo no es una señal de riqueza, sino de asfixia. Es la acumulación de expectativas que impide articular palabra, el exceso de semillas de éxito que, en lugar de alimentar, terminan por ahogar al sembrador. El acto de pintar se presenta como un proceso de desgaste. Se menciona el caso de Van Gogh, cuya salud mental se vio afectada por la exposición continuada a pigmentos con mercurio y plomo. El artista muere, literalmente, por un arte que lo sobrevive.

La narración se mueve en terreno cercano a su autora. Antes de esta incursión novelística, Mayte Gómez Molina ya había despuntado como artista visual y poeta. Su tránsito de las Bellas Artes a la Comunicación Audiovisual rima con la trayectoria de Anna. La autora ha confirmado además que el episodio inicial —el premio escolar de dibujo en primaria— le ocurrió a ella misma. No hace falta mucha imaginación para intuir que varios elementos de la novela nacen de su propia experiencia. Gómez Molina podría estar utilizando esos recuerdos para construir un mundo interior reconocible, donde las referencias artísticas —que salpican el texto de forma constante—, el retrato psicológico y el teatro de la vida se entrelazan en un universo áspero, por más que se maquille de cara a la galería. Del mismo modo, los juicios éticos y estéticos que Anna emite sobre otras obras parecen pertenecer, en gran medida, a la propia autora.

Maruja Mallo, ‘Sorpresa del trigo’, 1936. Colección particular

La paradoja del rastro

Uno de los aspectos más logrados del libro es su manera de abordar la vocación. Lejos de presentarla como una llamada heroica, la describe como una incercia de la que es difícil escapar, en parte por falta de alternativas realistas. Anna no es un genio oculto, sino una treintañera marcada por el rechazo y por la incapacidad de aceptar el éxito como algo merecido. Esa inseguridad es el verdadero motor de la historia.

La boca llena de trigo no se limita a cuestionar la historiografía o la industria del arte contemporáneo. También examina la dificultad de construir una identidad cuando el relato dominante ya está escrito por otros. La protagonista avanza entre la admiración, el aislamiento y el deseo simultáneo de ser reconocida y desaparecer, consciente de que cada paso tiene consecuencias en un entorno donde la reputación, los contactos y las relaciones de poder determinan el lugar de cada uno.

La escritura de Mayte Gómez Molina se mantiene poética incluso en los momentos más contundentes. No busca la espectacularidad ni el sentimentalismo, sino una narración sostenida en la observación y el detalle. Esa elección permite que el conflicto central —el de una mujer que quiere pintar en un mundo que también espera que lo haga— aparezca sin énfasis, con una tensión silenciosa que atraviesa cada página.

El libro deja la sensación de haber recorrido una forma de existir en permanente paradoja. La historia de Anna plantea una pregunta sobre el origen y la posible salida del ansia de perfección. Y recuerda que, detrás de muchas historias de éxito, hay individuos que desearían, simplemente, no dejar rastro. Esa es, quizás, la verdadera y más humana maldición del artista.

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