En los últimos quince años, Elyella se ha convertido en uno de los proyectos más singulares de la escena electrónica española. Nacido en el club, entre sesiones, remixes y pistas de baile, el dúo ha ido transformándose hasta construir un universo propio en el que conviven anonimato, pop, electrónica y una idea muy consciente de comunidad. Porque el grupo lo forman dos, relativamente anónimos: María y Mono, que insisten en que el proyecto nunca se pensó como una banda al uso, sino como una identidad en movimiento, capaz de mutar según lo que necesitaban expresar en cada momento. Esa idea atraviesa también su nuevo trabajo, Lo más importante, un disco marcado por la celebración, pero también por la resistencia, por la voluntad de seguir haciendo música desde un lugar colectivo en una industria que empuja constantemente hacia la exposición individual.
En conversación con Artículo14, la artista vuelve sobre esa tensión entre lo personal y lo compartido, entre la energía del directo y el desgaste de una escena que exige no parar nunca. Habla del anonimato como una forma de proteger el proyecto, de la importancia de los equipos que sostienen cada gira, y de la necesidad de nombrar todavía las desigualdades que persisten en festivales, carteles y puestos técnicos. Como ya ha señalado en otras ocasiones, la representación no es un gesto simbólico, sino una condición para que nuevas artistas puedan imaginarse dentro. En esta entrevista, María repasa el camino recorrido por Elyella, reflexiona sobre el lugar de las mujeres en la música electrónica y defiende el pop como un espacio desde el que también se puede construir comunidad, memoria y futuro.

¿Cómo estás viviendo este momento?
Pues muy increíble, la verdad. Ahora hemos tenido la oportunidad de presentar el disco en varias ciudades, de encontrarnos con la gente, y se genera una atmósfera muy especial, con el público cantando las canciones. Siempre te sorprende. Desde la canción más escuchada hasta la que no ha sido single o la que supuestamente tiene menos reproducciones, todas se cantan igual. Es muy bonito, hay mucho amor. Siempre digo que nuestro público es el mejor del mundo.
Voy a hacerte una pregunta que nadie te ha hecho: ¿qué es lo más importante para ti ahora mismo?
El otro día lo pensaba, porque me lo han preguntado muchas veces y nunca terminaba de encontrar una respuesta clara. Hay muchísimas cosas importantes y es difícil elegir una. Pero en una entrevista reciente creo que di con algo que para mí es clave: hacer lo que te hace feliz.
Eso moviliza todo lo que te hace infeliz, lo que te pesa, lo que no está bien. Si estás en la búsqueda de lo que te hace feliz, aunque a veces sea complicado, acabas moviendo lo que no funciona. Creo que ese horizonte es importante.
¿Y qué te hace feliz a ti?
A mí me hace muy feliz el contacto con la gente. Por eso los directos son un chute de energía. Me recargan muchísimo, porque es un contacto directo. Cuando sacas un disco, el primer contacto es a través de las redes, que es algo más impersonal, aunque muchas veces terminas conociendo a la persona que hay detrás y te cuentan historias muy personales sobre cómo conectan con las canciones, y eso es increíble.
Pero en el directo hay otra capa. Ves cómo lo sienten, cómo lo viven, y a mí eso me resetea. Puedo llegar agotada, incluso enferma. Este año empezamos con un festival el 2 de enero, llegaba con gripe, sin voz, fatal… y salí del escenario curada. De verdad. Recuperé hasta la voz. Hay algo ahí que te renueva.

¿Cómo te preparas antes y después de un concierto?
Antes necesito calma. Necesito desconectar, estar tranquila, porque me pongo muy nerviosa. Da igual el escenario que sea, siempre siento responsabilidad por el proyecto y por lo que vamos a hacer. Si hay gente alrededor antes de salir, mi cabeza se va a lo que va a pasar, y necesito aislarme un poco.
En cambio, después es al revés. Cuando termino estoy muy revolucionada y necesito estar con mi equipo, con mi gente, socializar, compartir lo que ha pasado. No puedo terminar y marcharme sin más. Necesito ese rato para bajar.
Elyella es un proyecto muy personal, pero siempre hablas de equipo. ¿Cómo se construye algo así?
Yo creo que nadie puede hacer nada solo. Es imposible. Necesitas equipo a todos los niveles. Para hacer el disco, por ejemplo, hemos trabajado con Pau Paredes, que siempre decimos que es el tercer Elyella, aunque no salga al escenario. Es la persona con la que hemos hecho este disco y de la que hemos aprendido muchísimo.
También ha estado Borja, Víctor, el equipo de la discográfica, la agencia… son muchos equipos. Y luego está la gira, donde necesitas tener la tranquilidad de salir al escenario sabiendo que todo lo demás está cuidado. Lo colectivo siempre suma y hace que el resultado sea más completo.
Desde el principio habéis mantenido cierto anonimato. ¿Qué significa para vosotros?
Queríamos que el foco estuviera en el proyecto y no en las personas que estamos detrás. Que se hablara de Elyella, no de nosotros. Con el tiempo se ha ido diluyendo un poco, sobre todo en mi caso, porque sentimos que alguien tenía que explicar lo que hacemos. No somos una banda clásica, no salimos con guitarras o batería, empezamos seleccionando temas, haciendo remixes, luego canciones propias… y muchas veces la gente no entendía bien qué era el proyecto. Necesitábamos explicarlo. Pero el anonimato sigue siendo importante. Él, por ejemplo, lo disfruta mucho. Le encanta mezclarse con el público antes de los conciertos, escuchar lo que dice la gente, ver el ambiente, y luego subir al escenario cinco minutos antes. Le divierte mucho que no sepan quién es.
¿Siempre se ha respetado ese anonimato?
No siempre. Hay veces que se ha intentado descubrir quién está detrás, o han salido cosas. Y yo pienso que, si lo queremos construir así, ¿qué más da quién esté detrás? No es lo importante. Nos gustaría que se respetara más, pero también entendemos que forma parte del juego.

El propio nombre, “Él y Ella”, habla de identidad. ¿Cómo ha evolucionado eso con el tiempo?
Es un proyecto muy fluido. Ha cambiado mucho y sigue cambiando. Siempre sentimos que necesitamos cosas diferentes, y creo que eso es lo que hace que quince años después sigamos aquí. Durante la pandemia incluso pensamos que a lo mejor no volveríamos, que la gente buscaría otras cosas, pero seguimos. Y eso es bonito, porque mantenerse tanto tiempo en la música es muy difícil. Lo de elyella tiene muchas lecturas. También habla de identidad, de mezcla, de no ser algo fijo.
En vuestro caso, además, la voz visible es la de una mujer. ¿Eso también es una decisión?
Sí, lo hemos hablado muchas veces. Era importante que yo fuera la voz, porque faltan voces femeninas, faltaba representación. Cuando empezábamos, en una prueba de sonido se dirigían más a él que a mí. Ahora, por ejemplo, muchas veces la parte técnica la llevo yo, incluso el montaje. En el escenario estamos los dos, pero fuera también quería ocupar ese espacio. Es bonito que él haya dado un paso atrás en ese sentido. Estamos muy alineados en lo que significa el proyecto, pero que la voz sea femenina también tiene un significado.
Se dice que faltan mujeres en los puestos técnicos. ¿Es así?
Tiene que ver con la representatividad. Si no ves a alguien haciendo ese trabajo, te cuesta imaginarte ahí. Antes pasaba con las artistas, y ahora pasa en los equipos técnicos. Ahora empieza a haber más técnicas de sonido, de luces, stage managers… pero cuando empezábamos no encontrabas. Yo tenía una tour manager mujer y poco más. Creo que también hay responsabilidad por nuestra parte, de buscar, de incluir, de dar espacio.
También se dice que no hay mujeres cabezas de cartel porque no venden.
Eso no es verdad. Lo hemos visto en el cine, en la literatura… no es un tema de público. Es que si no te dan espacio, no puedes demostrar nada. Hubo años en los que se nombraba mucho este tema y los programadores se esforzaban más. Luego parece que nos relajamos, dejamos de decirlo, y ahora ves carteles con muy poca representación femenina otra vez. Hay que seguir nombrándolo, porque si no, volvemos atrás.

Vuestro disco es muy festivo, pero también habla de comunidad y resistencia. ¿Puede el pop ser político?
Claro. El pop tiene mucha potencia porque llega a mucha gente. Y sentimos que también tenemos responsabilidad en lo que transmitimos. Vivimos en un ambiente muy pesimista, muy oscuro, y queríamos llevar otro mensaje. No desde la ingenuidad, sino desde la idea de que puedes empezar a cambiar las cosas desde ti mismo. Eso está muy presente en el disco.
Habéis colaborado con muchos artistas. ¿Cómo ha sido ese proceso?
Es un sueño, de verdad. Cuando ves la lista y dices: todos nos han dicho que sí… y sabes lo difícil que es, porque cada uno tiene su vida, sus giras, sus proyectos.
Y lo más difícil es que conecten con la canción. Puedes llevarte bien con alguien, pero si la canción no funciona, no funciona. Con Iván Ferreiro, por ejemplo, fue muy especial. Le encantó la canción, pero no estaba en su tonalidad. Y decidimos cambiarla para que pudiera cantarla, porque sentíamos que tenía que estar. Que alguien como él quiera hacerlo desde ese lugar es increíble.
¿Hay canciones que pensáis para artistas concretos?
Sí, a veces sí, y otras no. A veces hacemos una canción pensando en alguien, y otras la terminamos y pensamos: esta es para tal persona. Con Besmaya, por ejemplo, pasó así.
La industria obliga a no parar nunca. ¿Cómo se sobrevive a eso?
Es complicado. Parece que tienes que estar siempre sacando cosas, siempre presente. Y eso te puede perder. También hay que parar, reconectar contigo, con el proyecto, con lo que quieres hacer. Pero no todos pueden hacerlo. Hay artistas muy grandes que pueden desaparecer un tiempo y volver, pero la mayoría no. Entonces hay que buscar equilibrio, encontrar formas de estar sin quemarte.
¿Cómo ves a las nuevas generaciones?
Hay gente muy buena haciendo cosas increíbles, pero también es difícil encontrar espacio. Pasan tantas cosas que es complicado tener hueco. Me da pena ver artistas muy buenos que no tienen gira, o que no pueden desarrollar su trabajo. Es duro empezar ahora.
¿Qué le falta a la escena electrónica en España?
Faltan artistas. Necesitamos más gente haciendo esto. En Francia, por ejemplo, hay una escena muy fuerte, muy rica, y eso hace que todo crezca. Cuantos más artistas hay, más aprendemos todos, más exigencia hay, más nivel. La escena se construye entre todos.
Y aun así, el trabajo del DJ sigue infravalorado.
Sí, muchas veces se piensa que es darle a cuatro botones, y no es así. Hay mucho trabajo detrás, producción, concepto, directo…
Y cuando ves artistas capaces de llenar escenarios, de hacer que la gente vuelva a subir, de crear algo colectivo, entiendes que es mucho más que pinchar música. Es un espectáculo, es una experiencia.
