Ricardo Moya lleva años hablando con otros. Primero fueron los cómicos, luego los músicos, después los científicos, filósofos, actores o escritores que se han sentado frente a él en El sentido de la birra, uno de los podcasts más escuchados en España dentro del ámbito cultural. La conversación sin guion se convirtió en su marca, pero también en una forma de pensar el mundo: escuchar antes que opinar, preguntar antes que etiquetar, relativizar antes que enfrentarse. Ahora ese mismo impulso atraviesa su proyecto musical, todavía incipiente, pero cada vez más definido, donde la psicodelia, el funk y el pop alternativo conviven con letras que hablan de identidad, conciencia y fragilidad emocional.
Moya lleva componiendo desde los doce años, cuando encontró en casa de sus abuelos una guitarra abandonada de su padre y convenció a su profesor del instituto para que le enseñara a tocarla. Recuerda ese momento como el inicio de una relación con la música que nunca ha tenido que ver con la técnica virtuosa, sino con la curiosidad. “Siempre he cantado, era el niño pesado que no paraba de cantar”, recuerda. Aprendió de oído, copiando acordes, intercambiando fotocopias de cancioneros con otros compañeros, en una época en la que escuchar música implicaba esfuerzo y búsqueda. “Escuchabas lo que tenías en casa y ya está. Hoy parece imposible entender lo que era aprender algo sin internet”. Esa experiencia, dice, le marcó más que cualquier formación posterior. La idea de que el conocimiento se comparte y se construye entre varios sigue siendo central en su manera de crear.
Esa misma lógica colectiva está detrás de su música actual. Durante años grabó canciones en estilos muy distintos, del punk al rock clásico, del power pop al grunge, hasta que decidió concentrar el sonido. La recomendación de centrarse en una dirección concreta, aunque fuera durante un tiempo, le obligó a elegir. “Venía haciendo una de punk, otra de grunge, otra de funky… y me dijeron: tienes que elegir una cosa, aunque sea durante un tiempo”. El resultado es un proyecto que mezcla bajos muy presentes, referencias a la psicodelia contemporánea y una estética que bebe tanto de la escena australiana como de grupos españoles de los ochenta. Cita a Tame Impala, Parcels o Gum, pero también a Golpes Bajos, y admite que le interesa esa música donde el ritmo sostiene todo el discurso.
La música, sin embargo, no aparece en su discurso como un simple ejercicio estilístico. Para Moya, escribir canciones tiene que ver con una pregunta más amplia sobre la identidad. Una de las piezas centrales de su repertorio, Quién es yo, nace de esa inquietud. “Para mí la espiritualidad no tiene que ver con misticismo, sino con preguntarte qué lugar tiene tu existencia en el mundo y para qué estás aquí”, explica. La canción se inspira en lecturas de divulgación científica sobre la conciencia, pero también en una preocupación más cotidiana: entender qué significa existir, qué sentido tiene la propia biografía, cómo se construye la idea de uno mismo. Esa dimensión introspectiva convive con temas aparentemente más ligeros, canciones sobre relaciones, cansancio o situaciones diarias, porque —según dice— no le interesa una música solemne, sino una que pueda moverse entre lo metafísico y lo doméstico. “Me gusta que haya canciones más fumadas, pero también hablar de cosas cotidianas, de amor, de desamor, de alguien pesado que no se calla. Todo forma parte de lo mismo”.
El proyecto gira alrededor de un concepto que ha llamado Botánica básica, donde cada canción se asocia a una planta o a un objeto vegetal con un significado simbólico. La elección no responde a una estética psicodélica superficial, sino a la idea de que la música altera la percepción del mismo modo que lo hacen ciertas sustancias. “La música es droga. No en el sentido literal, sino porque cambia tu neuroquímica, cambia cómo te sientes”, explica. La metáfora vegetal le permite construir un imaginario donde la introspección, el placer y la fragilidad conviven sin jerarquías. Cada tema se vincula a una planta distinta, elegida por su simbolismo, en un proceso que describe como colectivo. “A mí me gusta preguntar, mezclar ideas, que alguien me diga: esta planta te pega más con este concepto. Para mí crear nunca es algo completamente solo”.
Ese interés por lo interior conecta con una preocupación constante en su discurso: la dificultad actual para mantener posiciones complejas. En sus entrevistas y también en sus letras aparece una crítica a la necesidad de clasificarse, de tomar partido de forma inmediata, de reducir cualquier conversación a una etiqueta ideológica. “Estamos obsesionados con saber si alguien es de los nuestros o de los otros antes de escuchar lo que dice”, lamenta. Reconoce que intenta evitar los absolutos, no por desinterés político, sino por la sensación de que el debate público se ha vuelto demasiado rápido y demasiado emocional. “No me apetecen los absolutos. Prefiero intentar entender el punto de vista del otro y ver dónde podemos construir algo en común”.
Esa postura, que durante décadas se asoció en el ámbito cultural a una masculinidad distante o irónica, en su caso adopta otra forma. Sus canciones hablan de dudas, de miedo, de necesidad de pertenecer, de la sensación de no entender del todo quién se es. No hay héroes ni personajes seguros de sí mismos, sino voces que se preguntan constantemente por el lugar que ocupan. “Todos estamos aquí sin saber muy bien por qué, sabemos que nos vamos a morir y tenemos que llenar el tiempo en medio. Eso nos pasa a todos”, dice. En la escena alternativa actual, donde muchos artistas hombres empiezan a alejarse del modelo del músico atormentado pero autosuficiente, su propuesta encaja en una tendencia más amplia: la de una masculinidad que se muestra vulnerable sin convertir esa vulnerabilidad en espectáculo.

El directo, reconoce, todavía le obliga a salir de esa zona introspectiva. Acostumbrado a la conversación y al formato largo del podcast, el escenario le exige otra energía. Ensaya con una banda reducida, construye los temas desde el bajo o el teclado antes de llevarlos al grupo y admite que todavía está aprendiendo a sentirse cómodo delante del público. “En el escenario todavía estoy pendiente de todo, de si entra bien, de si suena bien, de si está funcionando. Supongo que es parte del proceso”. Esa inseguridad, lejos de esconderla, forma parte del proyecto. No quiere dar la imagen de un músico seguro, sino la de alguien que está probando, equivocándose, cambiando.
Quizá por eso su trayectoria musical no se entiende sin El sentido de la birra. El podcast, explica, funciona como un laboratorio donde puede preguntar, escuchar y aprender sin la presión de tener que demostrar nada. “Yo quiero escuchar a todo el mundo. Aunque no piense como yo, me interesa entender por qué piensa así”. De esas conversaciones han salido consejos, colaboraciones y también la convicción de que el arte sirve para vivir, no al revés. Prefiere trabajar con amigos, construir proyectos compartidos, aceptar que una idea se transforma cuando entra otra persona. “El arte es increíble, pero es un dispositivo para mi vida, no al revés. Yo quiero tener amigos, hacer cosas, disfrutar. Y si además le gusta a la gente, mejor”.
En lugar del músico atormentado que convierte el conflicto en pose, Moya se mueve en un registro distinto, más cercano a la vulnerabilidad que al gesto heroico. Sus canciones no hablan de dominar el mundo, sino de entenderlo; no de imponerse, sino de encontrar un lugar. En esa mezcla de humor, introspección y curiosidad hay también una forma distinta de masculinidad, menos rígida, menos segura, más abierta a la contradicción. No parece una estrategia estética, sino una consecuencia natural de alguien que ha pasado años escuchando a otros antes de ponerse a cantar.
