Festival de San Sebastián

‘Chicas tristes’: cuando una adolescente necesita preguntarle a una IA si lo que ha vivido fue una agresión sexual

La cineasta mexicana Fernanda Tovar llega a San Sebastián con ‘Chicas tristes’, una ópera prima que explora la violencia sexual adolescente, la amistad y la dificultad de poner palabras a una experiencia traumática

22/09/2026 El film ha recibido dos premios en la Berlinale y otro en Cartagena de Indias, y ha pasado por los festivales de Tribeca, Transilvania y Giffoni.. Las agresiones sexuales entre jóvenes, la presión social vinculada a las relaciones sexuales y la dificultad para nombrar y comprender una experiencia traumática centran Chicas tristes, ópera prima de la directora mexicana Fernanda Tovar, que se estrenará este miércoles, 23 de septiembre, en la sección Horizontes Latinos del Festival de San Sebastián. CULTURA NUEVE CARTAS
Las protagonistas de 'Chicas tristes'.
Nueve Cartas

Cuando ocurre una agresión sexual durante la adolescencia, no siempre existen las palabras para identificarla. Los términos legales y las definiciones técnicas llegan después; primero puede quedar únicamente la certeza de que algo no ha estado bien. Esa dificultad para nombrar la violencia ocupa el centro de Chicas tristes, la ópera prima de la cineasta mexicana Fernanda Tovar, presentada en Horizontes Latinos del Festival de San Sebastián.

La película aborda la agresión sexual adolescente no solo desde la experiencia de quien la sufre, sino también desde la amistad, el entorno y la dificultad de comprender lo ocurrido cuando todavía se está aprendiendo a relacionarse con el sexo, el deseo y los demás.

Preguntar a una IA lo que nadie sabe cómo decir

Chicas tristes nació de una historia personal que Tovar desarrolló durante ocho años de escritura, un proceso en el que también influyó la irrupción del movimiento Me Too en México.

«Cuando sufres un abuso, no te sale de forma natural la definición técnica; las definiciones vienen después, pero el hecho es que te sientes mal y sabes que algo no estuvo bien», explica la directora. «El sexo cuando eres joven es un tema poco conversado porque es delicado y porque nos hace ser vulnerables».

Esa ausencia de interlocutores encuentra una de sus expresiones más inquietantes cuando dos adolescentes, después de que una de ellas haya sufrido una agresión por parte de un compañero, recurren a una herramienta de inteligencia artificial para averiguar si lo ocurrido puede considerarse una agresión o una violación.

Escribir la escena fue, según Tovar, uno de los momentos más complejos del guion. «Cuando no hay una conversación humana o a quien recurrir, cada vez más le estamos preguntando cosas a la Inteligencia Artificial», señala. «Te da una definición súper fría en una pantalla que lees y te cambia la vida, y la Inteligencia Artificial ni se entera. Hay preguntas realmente trascendentes que le estamos haciendo y me parece bastante peligroso».

Mirar la agresión desde la amistad

La película tampoco se concentra únicamente en el enfrentamiento entre víctima y agresor. Durante la escritura, Tovar tomó una decisión que terminó modificando por completo el punto de vista de la historia: desplazar el protagonismo de Paula, la joven que sufre la agresión, hacia su mejor amiga, conocida como La Maestra.

«Al inicio la película giraba alrededor de Paula y era mucho más enfocada en el conflicto entre ella y el chico», recuerda Tovar. «Pero a los años, se dio el cambio más grande, que es el cambio de punto de vista que ahora la película va sobre la maestra, que es la mejor amiga».

Las dos reaccionan de manera diferente ante lo ocurrido. Mientras Paula decide no actuar, su amiga intenta intervenir, una discrepancia que termina abriendo una fractura entre ambas. Para Tovar, ese desplazamiento permitía hablar también de la capacidad de la persona agredida para decidir qué hacer con su propia experiencia, sin convertir una determinada reacción en la única respuesta válida.

La cineasta señala que en México más del 90 % de estos casos no llegan a denunciarse. A partir de ese dato, plantea una pregunta que traslada la responsabilidad desde las adolescentes hacia su entorno: «Más que hacer un reclamo o una exigencia a las chicas súper jóvenes que están pasando por esto, es decir: ¿qué hacemos nosotros como sociedad, como los adultos espectadores que estamos viendo esta película, para que haya un sistema de acogida mucho más grande, quizás más empático, en donde cada mujer pueda tener agencia sobre su propia historia y su propia vida?».

Reflejar la realidad sin dictar una respuesta

Tovar evita también presentar al joven que comete la agresión como una figura aislada de su contexto. El adolescente está sometido a la presión de sus compañeros y a unas expectativas concretas sobre lo que significa demostrar su masculinidad.

«Era importante retratar que no es una cosa de hombres contra mujeres, porque finalmente el chico lo hace porque también él está sometido a una presión muy fuerte», explica la directora. Para Tovar, esas conductas están relacionadas con unos mandatos sociales que afectan de manera distinta a chicos y chicas y que convierten la experiencia sexual en una prueba que hay que superar para encajar.

Ese planteamiento no pretende, sin embargo, ofrecer al espectador una respuesta cerrada. Tovar rechaza que el cine tenga que funcionar necesariamente como una lección moral.

«Nunca he pensado que las películas nos deban la corrección política en ese sentido o decirnos siempre lo que hay que hacer o mostrarnos la moral o la lección», afirma. «Sino quizás hacer un reflejo de la realidad para que nosotros mismos nos hagamos las preguntas».

En Chicas tristes, una de esas preguntas termina formulándose literalmente ante una pantalla. Y quizá ahí reside una de las imágenes más incómodas de la película: dos adolescentes que, incapaces de encontrar las palabras o a la persona adecuada a quien dirigirse, necesitan preguntarle a una máquina qué es exactamente lo que les acaba de ocurrir.

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