Clara Lodewick conoció a jóvenes afganos sin papeles cuando tenía 17 años, en una iglesia ocupada de Bruselas. Aquel encuentro cambió su manera de mirar el mundo y acabó convirtiéndose en Moheeb en el aparcamiento, una novela gráfica tan silenciosa como devastadora sobre la vida suspendida de un menor refugiado que espera una respuesta de asilo en un aparcamiento de las afueras de la ciudad. Lejos del discurso político o de las imágenes espectaculares de las rutas migratorias, Lodewick construye un retrato íntimo sobre la espera, el trauma y la salud mental de quienes sobreviven atrapados entre la burocracia, la soledad y la imposibilidad de imaginar un futuro.
La primera pregunta que me surge es: ¿cómo entras en contacto con esta realidad? Eres muy joven, tienes 29 o 30 años, y me preguntaba si ya conocías a personas en esta situación o si primero las observaste y después quisiste saber quiénes eran y qué historia había detrás.
Todo empezó porque conocí a esas personas y quise hacer algo a partir de ese encuentro. No fue que decidiera hacer un libro sobre migrantes y después fuera a conocerlos. Cuando era adolescente estudiaba en Bruselas y cerca de mi colegio había una iglesia ocupada por un grupo grande de afganos sin papeles. Yo acababa de cumplir 17 años y empecé a ir allí por curiosidad, también porque estaba muy cerca de mi escuela.
Me hice amiga de los más jóvenes, chicos de entre 15 y 18 años, lo que ahora llamamos “menas”. Con el tiempo también conocí a los adultos y terminé formando parte del grupo de apoyo, porque empecé a entender su situación. Yo no sabía lo que significaba ser indocumentado; aprendí todo entonces, porque fueron ellos mismos quienes me lo explicaron.
Ahí nació mi interés y nunca desapareció. Creo que tuve la suerte de enfrentarme a esa realidad siendo muy joven. Cuando tienes 16 o 17 años todavía estás muy abierto emocionalmente y te implicas de una forma muy directa. Eso me dio algo que nadie puede quitarme: desde entonces sé lo que es justo. Nadie puede cambiar mi opinión sobre eso.

En España también vemos personas en la calle o en situaciones similares, pero existe un discurso político que muchas veces va en una dirección distinta de la realidad que encuentras cuando conoces a estas personas. Y hay algo muy hermoso en el libro: Moheeb no aparece retratado como un símbolo político. Es un adolescente. Juega al fútbol, tiene preocupaciones propias de su edad. Aunque viva una realidad durísima, tú no lo reduces a “el migrante”.
Sí. Al final, el contexto administrativo ocupa quizá cuatro páginas de un libro de doscientas. No quería reducirlo únicamente a su situación, aunque evidentemente esa situación condiciona toda su vida. No puedes negar esa parte de él. Pero yo había sido amiga de personas así y, después de un tiempo, a veces incluso olvidas que tienen ese problema. Quería hacer algo bello sobre una persona, no solamente sobre su circunstancia. Por eso decidí no introducir constantemente información administrativa o política. Quería retratar primero a un ser humano.
¿La historia de Moheeb está basada en alguien concreto o es una mezcla de experiencias que viviste con estos chicos?
Es completamente ficción. De hecho, objetivamente, no ocurre casi nada: Moheeb está esperando en un aparcamiento y poco más sucede. No cuento el pasado de Kais, Fazal o Moheeb porque yo no lo conozco. Nunca vi lo que vivieron antes de llegar aquí. Solo hablo de la situación presente, de lo que nosotros, como europeos, podemos ver y de lo que somos testigos. Evidentemente, hay muchas historias reales detrás. Cuando tenía 17 o 18 años quería hacer un cómic colectivo con algunos de ellos y empecé a hacer entrevistas. Tengo mucha información y también trabajé con expedientes de personas migrantes.
Pero lo que realmente quería abordar era otra cosa: cuando era adolescente veía que muchas mujeres acudían a la iglesia y se llevaban a algunos chicos a dormir a sus casas. Aquello me impactaba muchísimo. Yo preguntaba: “¿La conoces?”. Y ellos respondían: “No”. Entonces pensaba: “Tienes 15 años, estás a 8.000 kilómetros de tu familia y te vas a dormir a casa de una mujer desconocida”.
Con el tiempo entendí que muchas personas quieren ayudar, pero también arrastran sus propios problemas. Muchas de esas mujeres tenían alrededor de 50 años, quizá estaban divorciadas, viudas o sus hijos ya se habían marchado de casa. Se percibía una enorme soledad. Querían ayudar, sí, pero también necesitaban a alguien en sus vidas. Y a veces esas relaciones podían ir demasiado lejos.
Con Moheeb quería hablar precisamente de esa relación extraña entre algunas mujeres muy solitarias y emocionalmente inestables y un chico joven que necesita una madre, un padre, un adulto que cuide de él. Es algo que vi muchas veces. Mis amigos no hablaban demasiado de ello porque creo que era un tema tabú. Yo tampoco quise ir demasiado lejos en el libro porque quería respetar ese silencio.
Hay momentos muy sutiles pero muy inquietantes, como la escena en la que se percibe la incomodidad de Moheeb y el peligro al que se exponen muchos de estos chicos, también de abuso sexual. Ir a una casa desconocida puede ser más peligroso que dormir en la calle…
Exactamente. A veces el aparcamiento es más seguro que otros lugares. Esa es la relación extraña que Moheeb mantiene con ese espacio. Es una situación muy dolorosa, pero también es estable. Como si llevaras una roca enorme sobre los hombros y prefirieras no moverte, porque si te mueves quizá todo empeore. El aparcamiento no es un lugar bueno, claro que no. Pero él piensa que hacer otra cosa puede ser aún peor. Por eso espera. Está paralizado por el miedo.

Además, el aparcamiento funciona como una gran metáfora. Es un lugar de tránsito: dejas el coche y te vas. No es un hogar.
Sí, exactamente. Y para mí también era muy interesante narrativamente. Al principio tenía miedo porque iba a dibujar doscientas páginas en el mismo lugar. Pensaba que sería aburrido tanto para los lectores como para mí. Dibujar coches constantemente no es precisamente apasionante. Pero cuando te concentras mucho en un espacio empiezas a descubrir pequeños detalles. Y para Moheeb tiene sentido porque él pasa los días sin hacer nada. Cuando consigue salir un poco de sus pensamientos observa las hormigas, lo que ocurre en el baño, a la gente paseando perros, cosas extrañas que suceden alrededor. El aparcamiento era también una forma de retratar nuestra sociedad a pequeña escala. Me gusta reducir lo macro a algo muy pequeño.
Hay una idea muy fuerte en el libro: la espera. Todos esperan algo. Moheeb espera una respuesta, espera a su amigo, espera moverse. ¿Crees que la espera también puede ser una forma de violencia?
Sí, por supuesto. En Bélgica deberían responder a las solicitudes de asilo en seis meses, pero la realidad es otra. Moheeb, además, cometió un error administrativo porque pidió dos procedimientos distintos al mismo tiempo y nadie le ayudó a entenderlo. La gente espera tres o cuatro años una respuesta. Eso es violencia institucional. En Bélgica ahora mismo muchas personas solicitantes de asilo viven directamente en la calle. Incluso Países Bajos, cuando tiene que deportar personas a Bélgica, a veces no lo hace porque considera que Bélgica no respeta los derechos humanos.
Y la espera no es solo físicamente dura; psicológicamente es devastadora. Cuando cruzas el mar, las montañas o sobrevives al tráfico de personas, estás impulsado por la adrenalina. Pero después esa adrenalina desaparece y te quedas solo con tu mente. Y esa mente está traumatizada. Imagínate tener 15 años, echar de menos a tu familia, arrastrar un trauma y pasar dos o tres años sin hacer nada. Sin escuela, sin trabajo, sin futuro. Solo pensando en tu dolor. Es un periodo extremadamente peligroso psicológicamente. Hay muchos suicidios y mucha autodestrucción. Sí, esperar puede ser una forma de violencia.
Pones el foco en la salud mental. Muchas veces vemos a los migrantes únicamente desde la urgencia material: necesitan comida, dormir, sobrevivir. Pero no pensamos en el trauma psicológico. En el libro aparece incluso esa escena en la asociación donde le dicen que quizá necesita terapia y no simplemente una pastilla para el dolor de estómago…
Claro. El trauma suele reaparecer cuando una persona llega a un lugar relativamente seguro. El problema es que aquí no están realmente seguros. No tienen casa, ni comida, y siguen estando expuestos a abusos. Es el peor momento posible para desarrollar un trastorno de estrés postraumático. En Bruselas existía un centro especializado en personas exiliadas. Era maravilloso. Todas las personas que conocí querían hablar con un psicólogo. Querían un espacio privado, seguro y anónimo donde expresarse. Es algo enormemente importante.
En España, muchas personas del norte de África todavía tienen un rechazo cultural hacia la terapia psicológica, como ocurría aquí hace décadas. Algunos chicos dicen: “Necesitamos hablar con alguien que haya vivido lo mismo que nosotros”. Algo que reflejas muy bien es que también tienen dificultades para hablar entre sí. Moheeb ni siquiera puede pronunciar el nombre de su madre…
Sí. A veces es más difícil abrirte con alguien que realmente va a entenderte. Puede ser más fácil hablar con un desconocido que nunca volverás a ver que con tu mejor amigo, precisamente porque él comprenderá exactamente lo que estás diciendo. Y además siguen siendo adolescentes. Muchos chicos no han aprendido a expresar emociones. Quizá tampoco sean las personas más preparadas para hacerlo. En cuanto a los afganos, no sé si es algo cultural, pero yo siempre vi bastante apertura hacia los psicólogos. Nunca percibí un gran tabú entre ellos.

¿Cómo es tu proceso de dibujo? ¿Cómo construyes una novela así? ¿Primero escribes toda la historia o va surgiendo mientras dibujas?
Primero hice todo el storyboard. Muy detallado. El problema era que no podía hacer un storyboard simple de alguien sentado en un banco, porque aparentemente no sucede nada. Muchas veces lo único que cambia es una expresión facial o un pájaro que atraviesa la escena. Tuve que trabajar muchísimo los dibujos desde el principio. Además, a diferencia de mi cómic anterior, aquí elegí un estilo más realista porque quería transmitir lo físico y lo sensorial. Moheeb siente el mundo con muchísima intensidad. Intenté introducir constantemente los cinco sentidos: el olor, la temperatura, los sonidos, la textura de las cosas.
Y luego están los colores. Trabajo con gouache, pintura al agua. Ahí es donde realmente puedo expresarme. Dibujar siempre el mismo aparcamiento puede ser agotador, pero con el color podía cambiar el clima, la hora del día, el cielo. Los colores estructuran las secuencias y expresan el estado emocional de los personajes.
Hay una escena muy poderosa en la que todo se vuelve blanco. Parece que por un instante Moheeb consigue escapar de todo: de la culpa, de la vergüenza, del peso que lleva encima.
Exactamente. Es como una pequeña fuga. Durante un segundo puede escapar de esa roca que carga sobre los hombros. Y después aparece esa planta diminuta atrapada en el asfalto. Es una metáfora muy simple, pero quería recordar que su situación es precisamente esa: algo extremadamente frágil y precioso atrapado en un lugar hostil.
El final me encanta porque no es ingenuo. Sabemos que no hay soluciones fáciles, pero aun así los personajes gritan: “Quiero vivir, estamos vivos”. Hay una especie de celebración de la vida.
Quería que Moheeb tuviera al menos un momento para sentirse grande. Durante doscientas páginas lo vemos encerrado en sí mismo, aplastado por sus propios pensamientos. Y de repente tiene la posibilidad de existir plenamente. Además, Afganistán formó parte del imperio persa y existe toda una tradición de poesía y espiritualidad ligada a la naturaleza. Esa idea de sentirse conectado con el mundo, con Dios, con el entorno. Normalmente imaginarías esa conexión en una montaña o frente a un paisaje espectacular, pero Moheeb la experimenta en un aparcamiento, porque ese lugar horrible también es su hogar. Ahí come, bebe, ama y odia.
También es muy bonito cómo se relaciona con los insectos, los pájaros o los animales. Es un personaje extremadamente sensible.
Sí, aunque esa sensibilidad no siempre se expresa hacia fuera.
¿El gran movimiento de la historia llega con la desaparición de Hugo? ¿Es lo que permite que se ponga en movimiento?
Sí, aunque en realidad no creo que esté tan preocupado por Hugo. Él mismo tiene la misma edad y vive a 8.000 kilómetros de su casa. Puede imaginar que Hugo simplemente se ha ido con amigos. Lo que cambia todo es que aparece una madre buscando a su hijo y lo encuentra a él. Por primera vez un adulto se interesa intensamente por Moheeb. Pero luego entiende que ella no lo ve realmente a él, sino aquello que necesita proyectar sobre él. Y ahí empieza su transformación, porque se niega a ser reducido a eso.
¿Qué conversación te gustaría abrir con este libro? Muchas veces hablamos de migración desde los números o desde la política, pero no desde las historias personales. ¿Cómo puede una novela gráfica cambiar nuestra relación con estas personas?
No creo que vaya a cambiar radicalmente la opinión de mucha gente. Quien decide leer este libro probablemente ya tiene cierto interés o sensibilidad hacia el tema. Depende también de cómo se presente el libro. Puedes decir que es una historia sobre un “mena” o puedes decir que es la historia de un chico que echa de menos a su madre y encuentra a otra mujer que no sabe ser madre. Son formas distintas de acercarse a él.
Pero sí he recibido mensajes muy importantes de trabajadores sociales, profesores y personas que trabajan con menores tutelados. Me dicen que reconocen perfectamente el conflicto de Moheeb: la lealtad hacia su madre, la dificultad para crecer, la relación complicada con otros adultos. Y eso demuestra que este libro no habla solo de migración. Habla también de muchos adolescentes europeos. La diferencia es que normalmente los relatos sobre migrantes se centran en lo espectacular: cruzar el mar, los campamentos, la violencia extrema. Aquí solo vemos a un chico y su entorno cotidiano.
Y creo que eso conecta mucho más con quienes trabajan realmente con estas personas. Al final, verse reflejado en una historia siempre ayuda. Saber que alguien ha escrito sobre algo que reconoces produce alivio. Pero no entendemos el dolor de la realidad de un migrante.
