“Lo peor de todo es que ya no te sorprende”. Así reaccionó Alfonso Tordesillas, uno de los fundadores de Tipos Infames, al conocer que Pérgamo, considerada la librería independiente más antigua de Madrid, tendrá que abandonar el próximo 17 de noviembre su histórico local del número 24 de la calle General Oráa, en el barrio de Salamanca. Para Tordesillas y su socio Gonzalo Queipo, que ya vivieron una situación parecida en Malasaña, el anuncio no es sino otro síntoma de una crisis que amenaza la supervivencia del comercio cultural madrileño. El encarecimiento de los alquileres está expulsando de sus barrios a establecimientos que, pese a contar con una clientela fiel, no pueden asumir las exigencias del mercado inmobiliario.
Las historias de ambos negocios representan dos etapas distintas de un mismo problema. Tipos Infames cerró sus puertas en febrero, después de quince años combinando literatura independiente, vino y una intensa programación cultural. Sin embargo, echar el cierre no puso fin a sus problemas. Tordesillas y Queipo siguieron hasta julio ocupándose de las deudas con distribuidores, las cuentas pendientes con las editoriales y la disolución de la sociedad, en un proceso administrativo que recuerdan como una pesadilla interminable. Pérgamo, en cambio, continúa abierta. Pablo Cerezo y María Treviño se preparan para despedirse de un local que sigue recibiendo a numerosos lectores consternados por la noticia. Pero no dan el proyecto por terminado y buscan activamente otro espacio donde mantenerlo vivo, junto con la comunidad que lo rodea.
El problema de fondo es que vender más libros no garantiza poder mantener una librería abierta. Como explican los fundadores de Tipos Infames, las librerías trabajan con unos márgenes comerciales muy ajustados, ya que deben repartirse con la distribución aproximadamente el 55 % del precio de venta de cada libro. Aunque aumenten las ventas, la parte que corresponde al establecimiento por cada ejemplar no puede crecer al mismo ritmo que los alquileres en los barrios más cotizados. Tampoco las soluciones extraordinarias, como las campañas de micromecenazgo, sirven para afrontar un gasto que se repite año tras año. “Es que esto tampoco te lo va a pagar un crowdfunding. […] No, no. Es que esto va a ser cada año o cada dos años”, insiste Tordesillas. Una aportación puntual puede ayudar a financiar una mudanza o la apertura de un nuevo negocio, pero difícilmente resolverá el problema de un alquiler que no deja de subir.
Desde el barrio de Salamanca, Pablo Cerezo comparte el diagnóstico. “Hay una parte de la economía que se ha escindido del resto de la sociedad, que es lo que tiene que ver con los alquileres”, sostiene. La decisión de los propietarios de no renovar el contrato de Pérgamo y los precios a los que se enfrentan ahora para encontrar otro local no son, a su juicio, una desgracia aislada. Forman parte de una transformación mucho más amplia que está cambiando la fisonomía comercial de Madrid y poniendo en peligro la continuidad de numerosos negocios independientes.
Porque el problema va mucho más allá de las librerías. Durante sus quince años en Malasaña, Tordesillas y Queipo fueron testigos de la transformación de un barrio en el que los vecinos de toda la vida y los pequeños comercios han ido dejando paso a inversores, apartamentos turísticos y nuevos negocios. Recuerdan, por ejemplo, lo ocurrido en inmuebles como el del número 42 de la calle Valverde, donde los cambios de propiedad y de uso reflejan una transformación que afecta tanto a las viviendas como a los locales comerciales. Cerezo coincide en que las librerías son especialmente vulnerables por sus estrechos márgenes, pero advierte de que la presión inmobiliaria amenaza al conjunto del comercio de proximidad. Cuando los alquileres dejan de guardar relación con los ingresos que puede generar un negocio, la ciudad corre el riesgo de perder buena parte de los establecimientos que sostienen la vida cotidiana de sus barrios.
Sin embargo, la pérdida de una librería no puede medirse únicamente en términos económicos, aunque tampoco convenga caer en una nostalgia que idealice estos espacios. Cerezo insiste en que el verdadero valor de Pérgamo reside en su comunidad de lectores, que confía en poder trasladar a otro local. Pero reconoce también el peso histórico del establecimiento. Fundada en 1946 por Raúl Serrano, un catedrático de Derecho represaliado durante el franquismo, la librería desafió durante décadas la censura de la dictadura, distribuyendo clandestinamente libros prohibidos. Su desaparición de General Oráa supondrá, por tanto, algo más que un cambio de dirección: se perderá un espacio físico vinculado a la memoria intelectual y política de Madrid.
Los responsables de Tipos Infames ofrecen una reflexión complementaria. Cuando cierra una librería, los lectores no dejan necesariamente de comprar libros: pueden adquirirlos en otro establecimiento o por internet. Lo que desaparece es el lugar de encuentro, la conversación con el librero, las recomendaciones personales, las presentaciones y los debates que difícilmente pueden reproducirse en otros espacios. Una función cultural y social que estos negocios privados desempeñan para el conjunto de la ciudad, pero cuyo valor no siempre se traduce en ingresos suficientes para garantizar su continuidad.
En el caso de Tipos Infames, la posibilidad de reabrir no está sobre la mesa. Después de quince años de desgaste personal y financiero, sus responsables entienden el cierre como una “retirada a tiempo”: una decisión difícil, pero necesaria para evitar que los gastos siguieran aumentando hasta comprometer todavía más su situación económica. Pablo Cerezo y María Treviño, en cambio, no están dispuestos a dar por perdido el proyecto de Pérgamo. La respuesta de sus lectores les ha dado motivos para confiar en el futuro. “Con ese apoyo el futuro no puede ser más que brillante”, afirma Cerezo. Dos actitudes distintas ante un mismo problema que revelan una de las grandes contradicciones del comercio cultural madrileño: una librería puede contar con el cariño de todo un barrio y, aun así, no poder permitirse seguir formando parte de él.

