España vuelve a mirarse al espejo de los datos y, por una vez, el reflejo no devuelve únicamente fatiga. El Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España 2025 —presentado en Madrid por el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, en la librería Alberti— ofrece una cifra que permite hablar de buenas noticias sin ironía: el 66,2% de la población española lee libros por ocio, una subida sostenida que, en perspectiva, dibuja una curva optimista desde 2017. Urtasun lo celebró como una victoria cultural colectiva: “España es un país lector” y leer, dijo, ya no es una excepción sino “una costumbre viva”.
Pero hay una segunda lectura —menos obvi— escondida en la letra pequeña. España lee más… porque España lee en femenino. El barómetro confirma una brecha que se repite año tras año y que, lejos de cerrarse, define el paisaje: leen el 72,3% de las mujeres frente al 59,8% de los hombres. La pregunta, entonces, no es solo si España se ha convertido en “un paraíso lector”. La pregunta es qué significa que el músculo cultural del país —la constancia, la disciplina, el hábito— recaiga en mayor medida sobre ellas.

La lectura ha sido históricamente una práctica íntima a la que las mujeres han llegado por caminos complejos: como forma de educación, como refugio, como ascensor simbólico, como supervivencia emocional. Y en 2026, con un mercado cultural más fragmentado que nunca, la escena se repite con una claridad casi política: las mujeres siguen siendo el sujeto lector más fiable. El propio Barómetro dibuja el perfil con nitidez: “mujer, joven, universitaria y urbana”.
Esta brecha de género no solo describe un hábito cultural; también informa sobre quién sostiene el consumo cultural en términos de regularidad y continuidad, un aspecto relevante en el debate de políticas públicas de fomento de la lectura, programación educativa y apoyo a bibliotecas y librerías.
Los jóvenes, los más lectores
Otro de los datos principales del Barómetro 2025 es que la lectura crece especialmente entre los más jóvenes. El 76,9% de la población de 14 a 24 años se declara lectora, una cifra que desmonta el tópico recurrente de la “desafección juvenil” hacia el libro.
La lectura también crece en otros tramos, con repuntes destacados en mayores de 65 años, y el incremento se registra en todas las comunidades autónomas, según las síntesis difundidas por FGEE y Ministerio.
El Barómetro aporta asimismo una radiografía del mercado. En compra de libros no de texto, la librería tradicional sigue siendo el principal canal (40%), aunque pierde peso frente a otros modelos: internet (24%) y cadenas (16%). Este desplazamiento tiene una lectura cultural y territorial: se mantiene el hábito, pero se debilita parte del ecosistema que lo hace visible —las librerías independientes—, con impactos directos sobre prescripción literaria, vida cultural de barrio y programación local. En paralelo, el informe registra el crecimiento del cómic: el porcentaje de lectores de cómic alcanza el 14,3%, con un incremento notable respecto a 2020.

La paradoja: más lectura, peor comprensión
Junto a la celebración, el Barómetro reabre una discusión que atraviesa la educación y la cultura: sube la lectura, pero se deteriora la comprensión lectora. El último Informe PISA situó a España en 474 puntos en comprensión lectora, tres puntos menos que en 2018, y ligeramente por debajo de la media OCDE.
La disonancia entre hábito lector y resultados de comprensión sugiere cambios en las formas de lectura (fragmentación, multitarea, pantalla), en el tipo de contenidos consumidos y en el tiempo sostenido de atención. El propio Barómetro identifica como principal barrera para leer la falta de tiempo (42%).
Desde una perspectiva feminista, este punto no es menor: el acceso al tiempo libre es desigual y está atravesado por la distribución de cuidados y trabajo doméstico. Que las mujeres sigan siendo el grupo más lector convive con una realidad material en la que disponer de “tiempo propio” continúa siendo un factor de desigualdad.
“Ganar tiempo para la lectura”
Urtasun vinculó la mejora de los indicadores a políticas que faciliten tiempo para la vida cultural, y llegó a señalar que una eventual reducción de jornada laboral permitiría “ganar tiempo para la lectura”, en un discurso orientado a consolidar el hábito lector como elemento de bienestar democrático.
En conjunto, el Barómetro de 2025 confirma que España aumenta su base lectora y se acerca a los niveles de países con tradición consolidada en lectura por ocio. El reto, ahora, es doble: sostener la mejora sin perder tejido cultural (librerías, bibliotecas, mediación) y traducir cantidad en calidad, para que el aumento del hábito lector tenga correlato en comprensión, pensamiento crítico y acceso igualitario a la cultura.

