Venía yo a escribirles sobre el sobrino de Girauta que se ha pirado –o le han pirado– de Nuevas Generaciones. Mil palabras en notas tenía debajo de este artículo. Sin embargo, un buen amigo me telefoneó hace unas horas para contarme que a otro amigo que tenemos en común le quedan horas de vida y, claro, la musa frívola se ha despeñado.
Decía Umbral que una columna, aunque sea política, “es un ramo de palabras que en principio tejemos en nuestro propio honor y memoria”: “Escribimos para que se nos recuerde, aunque escribamos olvidando o para olvidar algo”. Qué más quisiera. Aquí, el menda, escribe para sobrevivir. Y al contado. Te planto 600 palabras sobre Von der Leyen, Mañueco o la madre que parió a Panete como un charcutero despacha 600 gramos de chóped. Robótico, alienado, nihilista. Con la rosa de la ilusión marchita y la vista puesta en la hipoteca y en la puta declaración de la Renta. Perdón por la tristeza.
Arrastro un cansancio como zombi. Los temas se repiten, la curiosidad boquea, lo urgente ha tomado la fortaleza de lo importante y lo ha pasado a cuchillo. Sabedor de que la resignación vacuna contra la frustración, estoy harto sin estar harto de estar harto. No hay problema en ello: el artículo nace fiambre, como una eyaculación masturbatoria, eppur si muove, y todo el mundo –jefes y lectores– está contento. O sea, que ni tan mal.
El caso es que un buen amigo me dice que otro amigo en común se está muriendo y la mala nueva dispersa, como una tolvanera, la morralla sobre la que pensaba escribir; arranca las malas yerbas de mi mente y la deja en barbecho; se exhibe, sombría e implacable, como un guantazo de verdad: las chorradas de/sobre los vitoquiles y las santaolallas entretienen, cumplen como soma, vale, genial, pero se deshilachan en cuanto la vida te recuerda, tarde e impía, que iba en serio. Y te muestra sus colmillos. Y sus garras.
Se muere un amigo que se estaba muriendo desde hacía dos meses en secreto, sólo para los más íntimos. Para él, su tiempo de descuento ha sido una cuesta empinada hacia abajo que ha descendido sin estridencias; triste, pero amado y amante; tierno y agradecido, mas no exento –quien esté libre de pecado, etcétera– de fogonazos de ira y de impotencia. Cómo no entenderle. Para mí, su tiempo de descuento ha sido un carrusel multipolar por eso de que lo he visto lúcido y conversador, pero también pasándose el dedo por la mucosa oral, de la que brotaban llagas –esas malditas llagas–, e inconsciente, durmiendo con la boca convertida en una chimenea por la que se le escapaba el alma.
Ha aguantado más de lo que pensaba. Mis oraciones suplicando un milagro imposible, quizá inmisericorde –¿vivir así es vivir?–, no han sido escuchadas, o eso creo. Así pues, qué coño les voy a contar yo sobre Irán, Yolanda Díaz o Forestalia con este panorama. Mañana será otro día, pero hoy no dispenso embutidos, sino aceite amargo.
(Este artículo se redactó durante la noche del lunes. Evidentemente, el amigo en cuestión era Raúl del Pozo. DEP.)
