Opinión

No a la guerra

María Dabán
Actualizado: h
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Dwight Einsenhower, que algo sabía de esto, admitió sin ambages que odiaba la guerra “ya que sólo un soldado que la ha vivido, -añadía- es el único que ha visto su brutalidad, su inutilidad, su estupidez”. Hay cosas que caen por su propio peso y lemas como el “no a la guerra”, que todo el mundo puede compartir, pero Pedro Sánchez ha querido hacer de ese lema un eslogan electoral de su propio partido para intentar movilizar el voto de izquierdas. El primer campo de pruebas para ver si funciona o no será el próximo domingo en Castilla y León.

Como era previsible, el presidente se ha presentado este fin de semana como el único líder que se ha enfrentado a Trump en su ofensiva contra Irán. La épica ha llegado a tal nivel que la ministra Ana Redondo se dirigía a él llamándole “superhéroe de la paz”. Por el contrario, claro, Feijóo era presentado como el belicista que va a perjudicar a los españoles. Si a Sánchez le sale bien la jugada y el conflicto iraní se alarga, siempre podrá intentar jugar esa baza adelantando las generales.

De entrada, por lo que dicen las encuestas, no parece que el mensaje haya calado mucho entre el electorado castellanoleonés. Lo único que auguran los sondeos es que la caída de los socialistas no será aquí tan estrepitosa, pero veremos qué es lo que pasa esta última semana, que siempre se dice que al PP se le hacen muy largas las campañas.

Tampoco parece que la posición entregada de Abascal hacia Trump le vaya a pasar factura. Es más, los de Vox podrían estar cerca del 20 por ciento de apoyo electoral. Habrá que ver si el encarecimiento del precio de los combustibles erosiona su apoyo entre uno de los sectores que más le respalda últimamente, el de los agricultores y ganaderos que han visto, además, cómo, en diez años, sus costes se han duplicado, y que en muchos casos ya no creen en las políticas que durante décadas han aplicado el PSOE y el PP.

Todo apunta, pues, a que Castilla y León seguirá el mismo patrón que Extremadura y Aragón: el PP ganará, pero necesitará a Vox, y en algún momento Abascal tendrá que decidir si su vocación es la de bloquear a perpetuidad el panorama político, o la de intentar construir algo útil para los ciudadanos. De momento su electorado se lo perdona todo, pero la razón de ser de los partidos pasa siempre porque los electores vean que se da respuesta a sus problemas. A veces la cuerda de tanto tensarla se rompe.

No me resisto a acabar sin hacer alusión al recién dimitido secretario general de Nuevas Generaciones del PP, Carlo Angrisano, que se ha ido pidiendo el voto para Vox, después de que en Génova rechazaran incluirlo en las listas al parlamento europeo y le reprochara que no acudiera nunca a su puesto de asesor en Europa (vivía con su pareja en Guayaquil, Ecuador). Me temo, además, que el suyo no es un caso aislado. Son muchos los jóvenes que se afilian a un partido intentando vivir de la política el resto de su vida. Su valía da igual. Su valor está en el entreguismo agradecido. Ejemplos hay muchos en todas las formaciones. ¡Qué paciencia!