Teatro

Cris Blanco estrena ‘Casi ninguna verdad’: “Este año me diagnosticaron con TDAH. Pues creemos que la obra también lo tiene”

El Centro Dramático Nacional presenta una pieza que explora la mentira en múltiples capas —personales, sociales y políticas— a partir de una obsesión artística nacida tras una experiencia personal de la creadora

Una escena de 'Casi ninguna verdad'
Bárbara Sánchez Palomero

¿Se puede presentar una obra de teatro a los medios sin desvelar prácticamente nada de su trama o de sus personajes? Cris Blanco y su equipo lo intentaron —y lo consiguieron en gran medida— durante la producción de Casi ninguna verdad, su nueva producción para el Centro Dramático Nacional.

La pieza llega al Teatro Valle-Inclán con la intención de invitar al público a compartir una incertidumbre común: la dificultad cada vez mayor de distinguir entre verdad y mentira en el mundo contemporáneo. El montaje podrá verse hasta el 12 de abril.

Tras el éxito de Pequeño cúmulo de abismos, estrenada en el Teatro María Guerrero en 2023, Blanco regresa al CDN junto a sus colaboradores habituales Óscar Bueno y Anto Rodríguez con una nueva propuesta que continúa explorando la dimensión lúdica y experimental del teatro. La obra difumina deliberadamente las fronteras entre ficción y realidad y convierte la mentira en el motor del juego escénico.

Un misterio incluso para los periodistas

Durante la presentación, Blanco y varios miembros del equipo —Óscar BuenoAnto Rodríguez, Gloria March, Espe LópezAlberto José LucenaJulia Romero— evitaron responder a cualquier pregunta directa sobre el argumento o los personajes.

Sí adelantaron algunos elementos: la obra comienza con una conferencia, está protagonizada por un personaje llamado Cris Blanco al que comienzan a sucederle acontecimientos relacionados con la mentira. También insistieron en que no se trata de una sucesión de sketches inconexos, sino de una pieza con libreto cerrado, desarrollado colectivamente durante los ensayos.

Entre las pocas pistas ofrecidas apareció incluso una subtrama insólita: la historia de una pelusa del teatro que logra escapar de los limpiadores del edificio, viaja por distintos rincones del espacio escénico y termina llegando a los camerinos. Tan escurridiza como las explicaciones del equipo.

No quedará otra opción que ir a verla, supongo.

Según Anto Rodríguez, “explicar de qué va la obra” supondría “traicionar” su propia naturaleza. La pieza juega constantemente con la cuarta pared y con la incertidumbre del espectador. El reparto está dispuesto a todo: desde dejar notas en el bolsillo del abrigo de un asistente hasta esconderse bajo el linóleo para sorprender al público.

Aunque, claro, puede que nada de eso termine ocurriendo.

La actriz, dramaturga y directora Cris Blanco
Mila Ercoli

El teatro como campo de juego

Como muchas propuestas escénicas contemporáneas, Casi ninguna verdad se construye desde una dimensión metateatral. Para Blanco, el teatro es el espacio ideal para poner en duda las reglas que rigen nuestra percepción de la realidad.

Los errores —si es que lo son— forman parte del juego. “Siempre está este anhelo de que la obra se salga fuera del teatro”, explicó.

Rodríguez subraya que el montaje intenta ir más allá de la idea tradicional de la mentira como algo únicamente negativo. Al fin y al cabo, recuerda, el propio teatro es una forma de mentira compartida entre intérpretes y espectadores.

Desde esa perspectiva, el proceso creativo se ha planteado como un espacio de libertad colectiva. Gloria March lo describe como una forma de volver a un teatro casi infantil: un lugar donde se puede jugar sin saber exactamente hacia dónde conduce el ensayo.

Ese espacio de exploración se mantiene incluso durante el proceso de creación. Según Blanco, cada día llegaban con una sorpresa nueva que incorporaban al trabajo.

Óscar Bueno, Alberto José Lucena y Cris Blanco en ‘Casi ninguna verdad’
Bárbara Sánchez Palomero

Cuando la mentira se convierte en obsesión

El origen del proyecto se remonta a 2018, cuando Blanco descubrió una gran mentira personal que marcó profundamente su vida. A partir de ese momento, el tema comenzó a infiltrarse en su trabajo artístico.

Durante años, incluso los talleres que impartía en el Institut del Teatre giraban en torno a esa cuestión: ejercicios para aprender a mentir mejor o para detectar cuándo alguien miente.

Con el tiempo, esa obsesión terminó cristalizando en Casi ninguna verdad.

La reflexión conecta también con el contexto actual de la llamada posverdad, donde la proliferación de vídeos manipulados, discursos políticos contradictorios y narrativas interesadas complica cada vez más distinguir entre lo real y lo falso.

La sensación de perder el suelo

Esa experiencia de incertidumbre se traslada también al lenguaje de la obra. Blanco bromea con que la pieza tiene “TDAH”.

La comparación no es casual: este mismo año la creadora recibió ese diagnóstico. La estructura del espectáculo refleja esa dispersión, saltando entre ideas y situaciones que se desplazan en múltiples direcciones.

El personaje central atraviesa una serie de acontecimientos relacionados con la mentira que dificultan su relación con la realidad. La experiencia conduce a una conclusión inquietante: quizá no exista una realidad única compartida, sino múltiples percepciones condicionadas por la mente de cada individuo.

Esa fragmentación produce una sensación de angustia. Si cada persona habita una versión distinta de la realidad, ¿cómo construir un terreno común?

Mentira y poder

La reflexión adquiere también una dimensión política. Blanco observa que el resurgimiento de discursos autoritarios en distintos lugares del mundo se alimenta cada vez más de una estrategia particular: no solo difundir mentiras, sino erosionar la propia idea de verdad.

Cuando todo parece dudoso, explica, “no sabes cuál es el enemigo” y “tus decisiones no están basadas en la realidad”. La mentira se convierte así en una forma de “abuso de poder” que limita la capacidad de acción de los ciudadanos.

Las decisiones dejan de basarse en la realidad y pasan a depender de la información parcial que alguien ha permitido conocer.

Cartel de ‘Casi ninguna verdad’
Centro Dramático Nacional

Desaprender el mundo

Esa crisis de confianza ha transformado también la forma en que Blanco mira el mundo. “Cuando era pequeña pensaba que la vida era una y que yo tenía que aprender cómo se hacían las cosas para vivir y ya está”, explica Blanco. “Y había una gente que habíamos elegido, que habíamos votado, y que esas personas sabían lo que hacían y que iban a cuidar de nosotras e iban a responder por nuestros intereses”. Con el tiempo, esa certeza se ha ido erosionando.

La obra no ofrece soluciones fáciles. Más bien propone una experiencia compartida en la que el público pueda cuestionar esas estructuras junto a los intérpretes.

Para Blanco, el teatro sigue siendo un lugar privilegiado para poner en duda lo que damos por supuesto. De hecho, recuerda una de sus primeras piezas, Cuadrado, flecha, persona que corre (2004), en la que interpretaba a un personaje que observaba por primera vez elementos cotidianos como las señales de salida de emergencia, intentando descifrar su significado sin haber aprendido previamente qué eran.

Mirar el mundo por primera vez puede abrir, según la creadora, un campo infinito de posibilidades.

El reparto y equipo de ‘Casi ninguna verdad’ posa tras la presentación de la obra en el Teatro Valle Inclán

Un teatro que no quiere saber cómo se hace

El equipo reconoce que su trabajo ha habitado siempre territorios ambiguos dentro de las artes escénicas. Durante años, algunos programadores consideraban que sus piezas no eran exactamente teatro porque no respondían a estructuras dramáticas tradicionales.

Paradójicamente, en circuitos de danza o artes vivas ocurría lo contrario: lo que hacían parecía demasiado teatral.

Ese desplazamiento constante entre disciplinas ha terminado influyendo en su forma de trabajar. En lugar de intentar encajar en un formato concreto, el grupo prefiere preguntarse cada vez cómo se construye una obra desde cero.

En ese proceso, el argumento o la psicología de los personajes dejan de ser el centro. Lo importante pasa a ser la relación que se establece entre intérpretes, espacio escénico y espectadores.

El espectador como cómplice

La propuesta dialoga con el concepto del “espectador emancipado”, formulado por el filósofo Jacques Rancière. La idea plantea que el público no debe limitarse a recibir pasivamente la obra, sino participar de forma activa en la construcción de su significado.

En Casi ninguna verdad, esa participación implica aceptar un pacto peculiar: decidir creer en la mentira.

El juego consiste, precisamente, en eso: “Voy a dejar que me mientas, pero miénteme bien“.

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