¿Puede una de las distopías más oscuras del siglo XX ser, en realidad, una obra optimista? Escorzo Teatro cree que sí. Su nueva adaptación de 1984, el clásico de George Orwell, llega al Teatro Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa con la intención de invitar al público a pensar sobre el presente a través de una de las novelas más inquietantes de la literatura contemporánea. El montaje podrá verse hasta el 5 de abril.
Tras el éxito de su primera adaptación española de la obra, estrenada en el Teatro Galileo en 2018, la compañía regresa ahora con una nueva versión que indaga en el totalitarismo, la propaganda y la pérdida de la identidad ligada a la falta de independencia.
Como en la novela original, la historia gira en torno a Winston Smith (David Lázaro), un funcionario que comienza a rebelarse contra el pensamiento único impuesto por el régimen totalitario de Oceanía. A su alrededor se despliega una constelación de personajes clave: Julia (Cristina Arranz), una mujer práctica y rebelde que inspira a Winston a romper las normas establecidas al convertirse en su amante; y O’Brien (Javier Ruiz de Alegría), un alto funcionario del Partido Interior que combina autoridad, temor y una inquietante apariencia de confianza.
A ellos se suman personajes como Parsons, Syme o el tendero Charrington —todos interpretados por Javier Bermejo—, figuras casi intercambiables dentro de una sociedad uniformada. El reducido elenco supone un ejercicio de síntesis escénica en el que el público rodea la escena y se integra en ella.

El teatro como espacio para hacer autocrítica
Más allá de trasladar la novela al escenario, el montaje plantea un ejercicio metateatral. Para Carlos Martínez-Abarca, director y coautor del libreto junto al dramaturgo Javier Sánchez-Collado, el propio lenguaje escénico permite subrayar uno de los mecanismos fundamentales del universo orwelliano.
La manipulación de la realidad que ejerce el Partido sobre los ciudadanos —explica— tiene algo profundamente teatral: consiste en transformar la percepción de lo real hasta convencer al público de que aquello que ve es otra cosa.
La propuesta escénica sitúa así en primer plano un totalitarismo que no se limita a un sistema político, sino que también se manifiesta en la vida cotidiana: en la forma en que nos relacionamos, en defendemos nuestras opiniones o en nuestra dificultad para cuestionarnos a nosotros mismos.
Durante la presentación de la obra, el dramaturgo Sánchez-Collado subrayó que, pese a la evidente actualidad del texto, el montaje evita referencias explícitas al presente político o social. Precisamente ahí reside la fuerza de los clásicos: no necesitan actualizarse para seguir siendo relevantes.
Martínez-Abarca ve la obra también como una invitación a que quienes aún no hayan leído la novela se acerquen a ella por primera vez. “Yo envidio mucho a los espectadores originales de Hamlet y de La vida es sueño, que se sentaron a ver por vez primera esa función y no sabían de qué iba”, afirmó.
Sánchez-Collado cita una máxima teatral que resume su filosofía: “Del teatro no hay una tercera opción. Se sale o diferente o indiferente”.

Cuando la ciencia ficción empieza a parecer realidad
Para Juan Carlos Pérez de la Fuente, director artístico del Fernán Gómez, el universo imaginado por Orwell hace décadas comienza a parecer cada vez menos ficción.
Las imágenes que evoca la novela —la vigilancia constante, el control de la información o la manipulación del lenguaje— aparecen hoy con frecuencia en los telediarios o en las redes sociales.
La motivación para programar la obra era clara: “Hacemos teatro a ras de suelo para que la gente pueda ir un poco a ras de cielo”, resume.
La necesidad de traer novelas al escenario
El proyecto nació del deseo de Martínez-Abarca y Sánchez-Collado de trabajar con una obra que no hubiera sido concebida originalmente para el teatro. El director llevaba años pensando en adaptar 1984, desde que leyó la novela por primera vez.
Cuando su compañero se la propuso dentro de una lista de posibles textos narrativos para llevar al escenario, la elección fue inmediata.
Pérez de la Fuente reivindica además la necesidad de trasladar novelas al teatro. Según explica, muchos directores reconocen que, cuando llega a casa por la noche, leen novelas, no obras teatrales. Llevar esos relatos al escenario permite acercar al público a historias que ya forman parte de su imaginario.
“En el teatro cabe todo. Todo aquello que llega con honradez, con verdad, se puede hacer”, afirma, adelantando además que el Fernán Gómez seguirá explorando esa línea de adaptaciones literarias.
Para Sánchez-Collado, el montaje ofrece una oportunidad de mirar una historia conocida desde otro ángulo: “Volver a ver lo que mucha gente sabe, pero dibujando con la mano izquierda, es decir, desde otra perspectiva”.

Construir el mundo de Orwell
La escenografía, diseñada por Javier Ruiz de Alegría —quien también interpreta a O’Brien—, apuesta por un entorno materialmente duro y sensorial.
“El color metálico es la base de la función”, explica. A diferencia del negro habitual de las cajas escénicas, aquí domina un paisaje frío y físico en el que todos los objetos son reales.
La chapa es metal auténtico. Los vasos no están pintados para parecer metálicos: son de metal. Esa decisión tiene una consecuencia directa en escena. Los sonidos, las texturas y las temperaturas de los objetos se perciben de forma distinta tanto para los actores como para el público.
Ese entorno hostil se completa con un sistema de proyecciones múltiples que combina lo digital y lo analógico. El resultado dialoga con el imaginario retrofuturista de la novela: una visión del futuro construida desde la perspectiva de los años cuarenta.
El público, situado alrededor de la escena, puede experimentar ese mundo casi físicamente, involucrándose con los sentidos en el ambiente opresivo que define la obra.

¿Por qué hacer 1984 en 2026?
Cuando se plantea la pregunta sobre la vigencia del texto en una época marcada por el desarrollo de la inteligencia artificial, Martínez-Abarca reconoce que el debate está más abierto que nunca.
“Esperemos que no se convierta en el futuro en una especie de Hermano Mayor etéreo“, reflexiona. Un poder sin rostro del que resulte imposible escapar.
Aun así, confía en que la inteligencia humana sea capaz de situar la tecnología en el lugar adecuado: como una herramienta útil para las personas y no como una fuerza que termine dominándolas.
La pregunta queda abierta para el público.
Una obra optimista que advierte del peligro
Si 1984 suele percibirse como una historia profundamente oscura, el equipo del montaje propone una lectura diferente.
Sánchez-Collado lo tiene claro: “Afortunadamente no vivimos en una sociedad totalitaria, porque no estaríamos aquí sentados haciendo 1984, que es la prueba absolutamente irrefutable de que no es al 100% real”.
Entonces, ¿por qué representar una distopía tan pesimista?
“Es que 1984 no es pesimista”, responde. “Es una obra sumamente optimista. Otra cosa es que sea alegre”.
El optimismo radica precisamente en su función de advertencia. Orwell escribió la novela para alertar al mundo de lo que podría ocurrir si ciertas dinámicas sociales y políticas llegaran a consolidarse.
Martínez-Abarca lo resume recordando una frase del propio autor que la compañía ha decidido asumir como lema:
“No dejes que suceda. Depende de ti”.
