“Hoy llegué, papá, justamente hoy, 64 años después. Gracias”. Con estas palabras, pronunciadas con una emoción contenida y una dicción pausada, Gonzalo Celorio inauguró su discurso de aceptación del Premio Cervantes 2025 en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. El escritor mexicano, de 78 años, recogía así el máximo galardón de las letras en español, dotado con 125.000 euros, en un acto presidido por los Reyes y marcado por una intervención en la que la memoria, la literatura y la identidad cultural se entrelazaron con naturalidad.
Celorio construyó su discurso como una narración personal que, lejos de limitarse al agradecimiento institucional, se adentró en el territorio que ha definido su obra: la literatura del yo. “Intuí que sus vidas eran novelables, como bien mirada, cualquier vida lo es”, afirmó al recordar a sus antepasados, figuras centrales en su imaginario literario. Desde su abuelo asturiano, emigrado a México con apenas 16 años, hasta su abuela cubana, testigo de la independencia de la isla, el autor trazó un mapa biográfico que conecta distintas historias del siglo XX y que ha nutrido su narrativa.
En esa reconstrucción de los orígenes, Celorio insistió en una idea que atraviesa tanto su discurso como su obra: “Uno no sabe bien quién es si no sabe de dónde procede”. La genealogía familiar, marcada por procesos históricos como la migración, el exilio, la guerra civil española o la Revolución mexicana, se convierte así en materia literaria. “A todo ello le di cabida a la imaginación literaria”, explicó, subrayando el carácter indagatorio de la novela. “La novela es el género indagatorio por excelencia. Y ejercerlo es una aventura de alto riesgo”.

Esa exploración de la memoria no está exenta de zonas oscuras. Celorio reconoció que su trabajo narrativo le llevó a descubrir episodios desconocidos de su propia familia: “Me han dado a conocer sucesos pavorosos de los que yo no tenía noticia ni la más mínima sospecha antes de escribirlas: adulterios escondidos, homicidios encubiertos, abusos pederastas”. Una confesión que refuerza la idea de la escritura como proceso de descubrimiento, más que de mera reconstrucción.
El autor también reivindicó una concepción abierta de la literatura, marcada por la mezcla de géneros. “Mis presuntas novelas mucho tienen del centauro de los géneros”, afirmó, retomando la definición de Alfonso Reyes sobre el ensayo. En esa línea, estableció un vínculo directo con El Quijote, al que describió como una obra que “rompe con todas las ataduras que pudieran aprisionar el género”. Citando a Alejo Carpentier, recordó que “toda gran novela empieza por hacer exclamar a sus lectores: ‘¡Pero esto no es una novela!’”.
La figura de Cervantes ocupó un lugar central en el discurso, especialmente en lo que respecta a su concepción del humor y la libertad. Celorio evocó la lectura que hicieron de su obra autores como Julio Cortázar o el propio Carpentier, para subrayar que ese humor es, en realidad, una forma de emancipación. Citando a Mario Vargas Llosa, concluyó que la libertad no es otra cosa que “la soberanía del individuo frente a la autoridad, frente a los desafueros que puede cometer el poder, todo el poder”.
México y España
Más allá de la dimensión literaria, el discurso abordó también la relación entre México y España, un eje constante en su trayectoria. “La nacionalidad mexicana no puede disociarse de la historia y de la cultura españolas, que le son inherentes”, afirmó con rotundidad. Una declaración que sintetiza su concepción de ambas tradiciones como realidades entrelazadas, unidas por la lengua y por una historia compartida que atraviesa generaciones.

Celorio no dejó de lado la dimensión más íntima de su relación con la literatura. Recordó a su madre, que leía siempre que podía; a su padre, que escribía diariamente cartas de amor; y a su hermano mayor, que le abrió las puertas de la imaginación. Ese entorno familiar, profundamente vinculado a la palabra escrita, explica en parte su vocación como lector antes que como escritor. “Siempre me he considerado un aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles”, afirmó.
El cierre de su intervención estuvo marcado por una declaración que, en su aparente sencillez, resume su relación con el lenguaje: “La palabra que más me gusta de la lengua de Cervantes es la palabra palabra”. Una afirmación que condensa su concepción de la literatura como espacio de libertad, de memoria y de conocimiento.
El acto contó también con intervenciones institucionales que contextualizaron la figura de Celorio dentro del panorama literario en español. El Rey Felipe VI destacó que su obra es “testimonio del México moderno y espejo de la condición humana” y subrayó que en ella “la memoria y la imaginación se convierten en formas de conocimiento”. Asimismo, incidió en los vínculos culturales entre España y México, definidos por “la lengua compartida” y una tradición literaria común.
Por su parte, el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, puso el acento en la trayectoria académica del escritor y en su vínculo con la universidad pública, a la que definió como un espacio esencial para el desarrollo del pensamiento crítico. También recordó la influencia del exilio español en México, al que Celorio ha reconocido en múltiples ocasiones como una de sus principales fuentes de formación intelectual.
Con este reconocimiento, Gonzalo Celorio se suma a una lista de autores que han marcado la literatura en lengua española desde la creación del premio en 1976. En su discurso, lejos de ofrecer una reflexión abstracta sobre la literatura, optó por una intervención profundamente personal, en la que la escritura aparece como una forma de indagar en la propia vida y en la historia compartida.
