Qué leer

Ana Fernández Pardo: “Eugenia de Montijo era la influencer de la época”

La profesora, comunicadora y experta en protocolo publica 'El hombre que no se quiso casar conmigo' y se adentra por primera vez en la novela histórica para retratar la juventud de Eugenia de Montijo

Ana Fernández Pardo: "Eugenia de Montijo era la influencer de la época"
Ana Fernández Pardo: "Eugenia de Montijo era la influencer de la época"
Montaje: kiloycuarto

En la presentación de El hombre que no se quiso casar conmigo (La Esfera de los Libros), Ana Fernández Pardo se movió entre sus dos territorios naturales: la comunicación y la historia. Tras dos ensayos dedicados a la nobleza y la realeza española, la autora da ahora el salto a la ficción con una novela ambientada entre 1843 y 1853 que reconstruye la juventud de una de las figuras femeninas más influyentes del siglo XIX: Eugenia de Montijo.

Fernández Pardo confesó que escribió el libro en “tiempo récord”, menos de un año, aunque matiza: “leyendo, investigando y trabajando muchísimo”. Se define como una escritora “anárquica”: no sigue un orden lineal, salta de un capítulo a otro según lo que “el cuerpo [le] pide”, aunque luego todo termine encajando en un orden narrativo coherente. Si en el ensayo el rigor histórico marca los límites, en la ficción —admite— el margen es mayor, y ahí la figura de su editora, Berenice Galaz, fue “fundamental” para aligerar el texto que en algún momento corría el riesgo de desbordarse en el detalle. “Me excedí un poquito”, reconoce con humor.

Portada del libro ‘El hombre que no se quiso casar conmigo’ de Ana Fernández Pardo
La Esfera de los Libros

La adolescente antes de la emperatriz

El detonante narrativo parte de una carta real en la que la joven Eugenia de Guzmán, entonces condesa de Teba, con apenas diecisiete años, confiesa a su amigo Jacobo Fitz-James Stuart —el futuro duque de Alba y prometido de su hermana Paca— la intención de acabar con su vida por culpa de un amor no correspondido. Ese amor era Pepe Alcañices, futuro duque de Sesto.

Para Fernández Pardo, ese episodio permitía construir un marco “divertido” —en el sentido narrativo— para explorar la adolescencia de una mujer que terminaría marcando la moda y la política europea, antes de “la purpurina, el trono, la pompa francesa, las violetas imperiales”.

Le interesaba entender por qué Eugenia tardó tanto en casarse en una época en que, con veintisiete años, una mujer soltera podía considerarse casi “una desgracia” social. Frente a la lógica de alianzas familiares, la joven condesa insistía en una idea romántica todavía incipiente en la España del XIX: casarse por amor.

Para Fernández Pardo, más allá de las diferencias históricas, las emociones son universales. “Los sentimientos, el amor, las hormonas… eso es exactamente lo mismo”, sostiene. Esa es la tesis que vertebra la novela: los códigos sociales se transforman, pero las inquietudes íntimas persisten.

Crónica social del XIX: el germen del papel couché

Otra de las fuentes esenciales fueron las crónicas periodísticas de la época. Los bailes palaciegos, los banquetes y las fiestas de disfraces se narraban ya con un tono que recuerda a la actual prensa social, atravesado por la ideología de cada cabecera. Cada dama tenía asignado un día como anfitriona.

Fernández Pardo imagina, por ejemplo, a María Manuela Kirkpatrick —madre de Eugenia— leyendo una crónica real en la que no aparece mencionada y decidiendo vetar al periodista. O a Pepe Alcañices disfrazado de Ambrosio Spínola —el general de Las lanzas de Velázquez— apelando a su linaje. La autora no esquiva la comparación con fenómenos contemporáneos como Los Bridgerton: también allí hay base histórica, pero reinterpretada con mirada contemporánea.

Una madre ambiciosa o una madre con miedo

La conversación, celebrada en el hotel Barceló Emperatriz, giró también en torno a la figura de María Manuela Kirkpatrick, que ocupa un lugar central. Lejos de la caricatura de madre ambiciosa y frívola, Fernández Pardo propone una lectura más compleja. Viuda, dos hijas y heredera inesperada del condado de Montijo tras la muerte de su hermano, Kirkpatrick sabía que su posición era frágil.

En un mundo donde no casarse implicaba perder estatus —o ingresar en la vida religiosa—, asegurar un “buen matrimonio” era una cuestión de supervivencia social. Además, provenía de una familia irlandesa que había reclamado la independencia frente al trono británico. Su marido había sido encarcelado por afrancesado en tiempos de Fernando VII. Para la autora, no se trata de frivolidad, sino de conciencia del riesgo social: “Ella estaba en el lado incorrecto de la historia, el lado de los perdedores. No quiere sufrir más”.

Entre las hermanas se abre una brecha cuando Paca se casa con dieciocho años mientras Eugenia, solo un año menor, permanece soltera. La condición de “señorita” imponía límites estrictos: no salir sola, no hablar más de la cuenta, no bailar demasiado, no vestir colores vivos. Eugenia debía optar por tonos pastel. Que esperara una década más para dar el “sí quiero” es, según la autora, testimonio de “unos principios muy fuertes para no renunciar a la idea de casarse por amor”.

Ana Fernández Pardo

De soltera rebelde a emperatriz discutida

El compromiso con Napoleón III, emperador de los franceses, llega cargado de simbolismo. Devota católica pero también supersticiosa, Eugenia veía señales: había nacido un cinco de mayo, aniversario de la muerte de Napoleón I, tío de su prometido; y las violetas —sus flores preferidas— evocaban la célebre frase atribuida al emperador durante su destierro en Elba: “Volveré cuando las violetas florezcan”.

Sin embargo, la unión fue también un regalo envenenado: Napoleón III había intentado emparentar con princesas europeas —como la sobrina de la reina Victoria— para consolidar su legitimidad dinástica. Eugenia no fue su primera opción. Además, al tratarse de un Bonaparte que había accedido al poder mediante un golpe de Estado, la nueva emperatriz tuvo que enfrentarse tanto a la envidia de parte de la nobleza española como a la escasa aceptación de las casas reales reinantes, que nunca la considerarían igual que a una Orleans o una Borbón.

Aun así, supo desenvolverse socialmente. Victoria del Reino Unido la llamó “la bella española” y terminaría siendo madrina de su nieta, que recibió el nombre de Victoria Eugenia. De hecho, ya en la vejez, Eugenia intervino para favorecer el matrimonio de Alfonso XIII con su ahijada Victoria Eugenia de Battenberg, convencida de que España necesitaba una reina inglesa.

Como emperatriz, su influencia estética fue indiscutible. Impulsó la violeta como color y símbolo, marcó tendencia y convirtió la moda en herramienta de poder. “Toda la moda pasaba por Eugenia de Montijo”, afirma Fernández Pardo. “Era la influencer de la época”.

Fotografía de Napoleón III y Eugenia de Montijo, emperadores de Francia, en 1865
André Adolphe Eugène Disdéri

Una vida privilegiada, pero cerrada

Eso no implica que desarrollara una conciencia social moderna. La autora admite que no ha encontrado en ella una agenda reivindicativa. Desde joven viajó y conoció más mundo que la mayoría de las niñas de su generación, pero vivía en una realidad paralela, estrictamente aristócrata.

Tenía acceso a innovaciones —en casa de Pepe se instaló uno de los primeros retretes de Madrid, que los amigos acudían a ver con curiosidad—, tenía una sala de esgrima, heredaba joyas y ocupaba palcos en el teatro o los toros. Pero todo se desarrollaba en un círculo reducido: el Paseo del Prado como escaparate social, las relaciones siempre dentro de su ambiente.

Reivindicar la historia sin caricatura

Según Fernández Pardo, España tiende a la “esperpentización” de sus figuras históricas. Está convencida de que, de haber sido inglesa, Eugenia habría protagonizado decenas de películas y series. Su intención es alejarla del estereotipo de emperatriz superficial y devolverle complejidad: una joven enamorada, contradictoria, ambiciosa y vulnerable a la vez. “No tenemos nada que envidiar a los ingleses en la historia”, sostiene.

Su Eugenia no es la emperatriz frívola, sino una joven enamorada que quiso decidir su destino cuando aún no era habitual hacerlo. Una mujer consciente de su papel en la sociedad, pero dispuesta a tensar sus límites.

Quizá por eso, dos siglos después, sigue resultando contemporánea: porque antes que emperatriz fue adolescente, y antes que símbolo fue una mujer intentando elegir en un mundo que apenas le concedía margen.

TAGS DE ESTA NOTICIA