¿Cuántas veces puede contarse una misma historia? Tantas como universos permita imaginar la física cuántica. Esa es la premisa de Constelaciones, el deslumbrante drama de dos personajes escrito por Nick Payne, donde un romance se narra hacia delante, hacia atrás y hacia los lados, como si el amor fuera un puzle de posibilidades simultáneas en lugar de una línea recta.
Clara, física cuántica, se lo explica a Jordi, apicultor. Aunque dependiendo de la función, quizá no se llamen así. O quizá ambos sean hombres. O mujeres. O la música que acompaña la transición entre escenas no sea una canción sobre el gato de Schrödinger oficiando una boda, sino algo relacionado con una barbacoa, o un baby shower o una fiesta de fin de año.

Representada por primera vez en el Royal Court de Londres en 2012, la obra introdujo la dimensión adicional de las múltiples parejas de actores interpretando a los mismos personajes en distintas funciones en el montaje del teatro Vaudeville de 2021. Esta versión del Centro Dramático Nacional, estrenada el 6 de febrero en el Teatro Valle-Inclán, introduce un sistema de reparto y banda sonora decidido por sorteo justo antes de iniciar la función. En la representación a la que asistí, Ester Rodríguez ejercía de maestra de ceremonias mientras el público determinaba qué actores —entre Jordi Coll, Diego Monzón, Paula Muñoz, María Pascual, David Pérez-Bayona y Clara Serrano— interpretarían a la pareja esa noche. Los no elegidos pasaban a formar parte de la banda.
El dispositivo no es un mero capricho formal: encarna el corazón de la obra. Cada decisión tomada —o no tomada— existe en universos paralelos. Cada frase puede pronunciarse con una entonación distinta. Cada gesto altera el curso de los acontecimientos. Constelaciones aplica esta lógica cuántica al terreno más humano posible: la comunicación amorosa.
Algunas escenas se repiten hasta siete veces, variando apenas un matiz que transforma por completo el resultado. Lo que en manos menos firmes podría parecer un ejercicio de ensayo actoral se convierte aquí en una exploración minuciosa de cómo un cambio en el tono, una pausa o una vacilación puede reescribir una relación entera.

Jordi Coll y Clara Serrano, cuyos nombres conservan los personajes en esta función, sostienen el desafío con convicción. Coll, con amplia trayectoria televisiva y en musicales como Hair, Grease o Fama, maneja con precisión la contención: su Jordi parte de la introversión y lucha constantemente por superarla. Serrano, más expansiva, compone una Clara brillante y ligeramente estridente, como si su inteligencia fuera también una forma de defensa. Cuando las palabras empiezan a fallarle, el golpe es más hondo.
Ambos dominan el incómodo lenguaje corporal de quienes intentan gustarse y no saben cómo, y alternan con naturalidad entre la torpeza cómica y la devastación íntima. La química es inmediata, lo que hace que la inevitable oscuridad —la enfermedad, la muerte prematura que asoma desde temprano— resulte más perturbadora.
Bajo la dirección de Sergio Peris-Mencheta, la puesta en escena mantiene un equilibrio eficaz entre dinamismo y contención. Los saltos temporales se marcan con simples apagones; las transiciones se apoyan en breves intervenciones musicales. Aunque en más de una ocasión el espectador se siente apelado a dirigir la atención a la banda, que realiza un trabajo igual de destacable al fondo de la escena, el foco principal se mantiene en los dos personajes. El escenario circular y en ocasiones rotatorio de Javier Ruiz de Alegría funciona como una página en blanco donde los destinos se escriben y se reescriben. Y, aunque en ocasiones a los escasos elementos decorativos y de atrezo se les pueden llegar a ver las costuras, los efectos especiales —la nieve, los globos— resultan muy efectivos. La iluminación de Ion Anibal y el diseño sonoro de Benigno Moreno aportan una atmósfera de suspense casi inquietante en los paisajes más dramáticos, con luces gélidas, ecos y apagones eléctricos, sin sobrecargar el conjunto.

Si muchas obras que se inspiran en la ciencia caen en la trampa de la sobreintelectualización, Constelaciones evita este riesgo. La teoría de cuerdas y la mecánica cuántica no se imponen como discurso abstracto, sino que se integran orgánicamente en la forma misma del relato. No hace falta entender física para reconocerse en el vértigo de pensar qué habría ocurrido si hubiéramos dicho otra cosa, elegido otro camino o guardado silencio un segundo más.
En el fondo, la obra no trata del multiverso, sino de la fragilidad de la comunicación. De cómo incluso con quienes amamos hablamos a través de un muro invisible. Los diálogos —los triviales y los decisivos, aunque no mutuamente excluyentes— son intentos de atravesar ese muro a gritos o con señas.
Constelaciones es un romance poliédrico: cómico, lúgubre, liviano y devastador. Formula grandes preguntas sobre el libre albedrío, el tiempo y la muerte, pero no pierde nunca la ligereza que permite que el público respire entre escena y escena. Afirma la vida incluso cuando se encamina hacia su final. Y sugiere que, aunque no exista una única versión de nuestra historia, todas duelen —y brillan— con la misma intensidad.
Constelaciones se podrá ver en el Teatro Valle Inclán hasta el 29 de marzo.
