Es la patria de Ulises en La Odisea de Homero. Es una isla griega ubicada en el Mar Jónico. Es el título de un poema de Constantino Kavafis que resume perfectamente el propósito de la vida. Este último arranca así: “Cuando la travesía emprendas hacia Ítaca, pide que sea largo tu camino, lleno de aventuras, pleno de saberes. A los lestrigones y los cíclopes, al enojado Poseidón no temas, nunca se cruzarán en tu camino, si es alto tu pensar, si una emoción delicada en tu espíritu y tu cuerpo anida”.
De esta forma comienza también la obra que fui a ver el otro día a Nave 10 Matadero: Tres noches en Ítaca. En ese enclave se desarrolla la historia de tres hermanas que se reúnen para organizar el entierro de su madre. Dos de ellas mantenían contacto con su progenitora, pero la otra llevaba 15 años sin verla. Estaba enfadada porque las había abandonado de pequeñas. Nunca supo los motivos que la llevaron a tomar esa decisión. Sólo ahora, ya tarde, los descubrirá. Y nosotros la acompañaremos en ese viaje repleto de grandes reflexiones.
Al entrar en el teatro nos dan un folleto en el que prometen “una travesía de descubrimiento, una oportunidad de volver a amar y la posibilidad de reparar las heridas del pasado”. Algo de todo eso se desliza entre las butacas, pero lo que más agradece el espectador es ver a esas mujeres, tan fuertes y vulnerables a la vez, expresando sus sentimientos.
Son Penélope, Elena y Ariadna. Al igual que las cariátides sostienen el peso de la representación con un diálogo sobresaliente en el que destacan varias partes. Por ejemplo, ese momento en el que la primera dice que “las cosas se resienten, se pueden romper, pero también se pueden remendar”. Habla de su relación matrimonial, aunque se podría aplicar a cualquier parcela.

Ahí ya venimos de escuchar a la segunda lamentar que la inmortalidad se pierde cuando una madre muere. “Las madres son como un gran muro que nos separa de la muerte. Cuando la madre muere, el muro cae y la muerte está ahí, enfrente, ya ineludible”, expresa de forma categórica.
Y no hay que olvidarse de la tercera protagonista que finaliza un espléndido monólogo constatando que “el mundo se está poniendo muy raro, muy feo”. No podemos dejar de darle la razón.
Estas son algunas de las perlas del texto escrito por Alberto Conejero. Hay más, aunque la que más me gusta es una que pronuncia Elena: “Todas tenemos derecho a renacer en un cuerpo más viejo”.
En ese momento pienso en el 8-M. No habría sido mal lema, uno de esos que se corearían por las calles de España. Lástima que por quinto año consecutivo el movimiento feminista se haya manifestado por separado. Las mayores discrepancias son por la ley trans o la abolición de la prostitución. Me da pena.

El otro día le dije a mi hija que fuésemos juntas a la concentración y no le vio sentido a la protesta. Le hablé de una época en la que las mujeres no podían votar, ni trabajar, ni divorciarse. Me miró extrañada y me contestó que ya no ocurre nada de eso. Entonces, le hablé de la falta de derechos y libertades que sigue existiendo en muchos países y le expliqué que muchas siguen sufriendo abusos terribles. Por suerte, las generaciones precedentes se encargaron de pelear por ella.
Pero volvamos a los versos del principio… “Con la sabiduría que has alcanzado, con tu experiencia, ya habrás comprendido qué significan las Ítacas”, de esta forma termina la composición. Deja claro que el aprendizaje es más importante que el destino final. En un recorrido paralelo nosotras debemos comprender que lo simple es fundamental. Una tiene que enamorarse de sí misma, cuidarse y ser capaz de hallar en la tranquilidad los posos de la felicidad.
