La habitación propia

Clara Nuño: la belleza como yugo en ‘Las niñas bonitas no pagan dinero’

La periodista y escritora Clara Nuño debuta en la ficción con 'Las niñas bonitas no pagan dinero', una novela que explora la presión estética sobre las mujeres y cómo la relación con el cuerpo se construye desde la infancia

La periodista y escritora Clara Nuño debuta en la ficción con 'Las niñas bonitas no pagan dinero'
La periodista y escritora Clara Nuño debuta en la ficción con 'Las niñas bonitas no pagan dinero'
Montaje: kiloycuarto

Clara Nuño (Burgos, 1996) publica su primer libro Las niñas bonitas no pagan dinero (Aguilar), una novela corta que aborda la persecución de la belleza y cómo esta se les impone a las mujeres como un yugo.

La novela explora la relación entre madres e hijas, las violencias transmitidas entre generaciones y la educación corporal que reciben las mujeres desde la infancia. Se trata de un relato que mezcla memoria colectiva, observación social y ficción para interrogar una pregunta incómoda: ¿cuándo aprendieron las mujeres que su cuerpo es una moneda de cambio?

La historia arranca con una adolescente sometiendo su cuerpo a los efectos secundarios de una pastilla para el acné juvenil. “Tendré que huir del sol durante el verano y podría reventarme el hígado. Pero, ¿qué es un hígado a cambio de una piel tersa y brillante? Un riesgo que estoy dispuesta a asumir.” Una escena reconocible para muchas lectoras y lectores a los que se les ha prescrito un medicamento que te arregla por fuera pero te destruye por dentro. Y eso qué más da, lo que importa es lo que se ve. 

Así avanza la novela y la protagonista cuenta que “La primera vez que me dijeron que yo era una chica, y que eso tenía implicaciones directas en mi vida, llevaba un vestido granate que me llegaba hasta la rodilla, leotardos blancos y unos zapatitos negros. Y estaba repantingada en una silla […] Desde entonces, cada vez que me miran durante varios segundos, cierro las piernas.” Y destaca que a su primo, que estaba igual de repantingado que ella, jugando a su consola, nadie le dijo que se sentara bien. Una escena habitual en la que muchas lectoras se sienten identificadas porque, como la narradora, es el primer momento en el que descubrieron que su cuerpo tiene un valor diferente al de un hombre

Mamá siempre decía que era mejor quedarse con un poquito de hambre antes de irse a la cama. Que no me terminara el filete, que lo ideal era cenar una sola manzana (…) que si conseguías no engordar durante la adolescencia lo tenías hecho (…) que tu mayor poder siempre sería tu cuerpo”. La narradora recuerda también las noches en las que el sueño tardaba en llegar porque el estómago rugía en silencio. Otra escena íntima que funciona como metáfora del aprendizaje colectivo de la vigilancia permanente sobre el cuerpo femenino.

Un libro que nace del periodismo

Aunque el texto tiene forma de ficción, su origen está en el trabajo periodístico de la autora. La idea surgió cuando investigaba un fenómeno cada vez más visible: el consumo de cirugía estética entre mujeres muy jóvenes. Un tema que preocupa y sobre el que es necesario concienciar. 

El proceso empezó, como suele ocurrir con las ideas que terminan transformándose en libros, con conversaciones y paseos. “Fue al pensar en el tema —al pasearlo, sobre todo, porque yo soy muy de pasear las ideas— y al hablar con mujeres de mi entorno cuando pensé que un relato que partiera de lo específico, de un personaje concreto, podía darle alas al tema.”

La autora decidió entonces abordar una cuestión ampliamente analizada —la presión estética sobre las mujeres— desde un punto de vista más íntimo. “De la persecución de la belleza y cómo esta se les impone a las mujeres como un yugo se ha escrito mucho. Lo que cambia es el punto de vista. Quién lo hace y desde dónde lo hace”.

El resultado es una novela que condensa experiencias comunes a muchas mujeres. No necesariamente autobiográficas, pero sí reconocibles.

El hambre como herramienta de control

Uno de los conceptos centrales del libro es la idea de que el hambre se hereda. Un patrón cultural profundamente arraigado que va más allá de dietas y presión estética hacia una relación con el cuerpo basada en la restricción, la vigilancia y la culpa. 

“Es un sistema de dominación, de control. A la población siempre se la ha controlado poniéndole restricciones sobre su cuerpo y su deseo”, señala la autora. “El hambre, la autovigilancia y la culpa son una de las formas más eficaces de tener a alguien sujeto.”

La presión estética no aparece en el libro como un fenómeno superficial, sino como una estructura cultural que atraviesa generaciones. “A las mujeres se las ha sujetado durante mucho tiempo. Es algo deliberado. Y también algo difícil de evitar cuando son conductas que te muestran y que se avalan desde prácticamente todos los frentes y a todas las edades.”

Para Nuño, basta con mirar la cultura popular contemporánea para percibir cómo estas presiones se transforman pero no desaparecen. “Ahora mismo, si miramos a Hollywood, estamos viendo un estallido de actrices jóvenes que llevan los mismos retoques estéticos en sus rostros. Se está homogeneizando un tipo de rostro: las mismas facciones esculpidas sobre distintas caras.”

La obsesión con el cuerpo, el hambre y la juventud eterna no es un fenómeno nuevo. Pero sí parece renovarse constantemente. “El de las mujeres y la mutilación de los cuerpos y el hambre es un cuento muy viejo que parece no tener final.”

Sharenting - Sociedad

Madres, hijas y la transmisión del daño

Si el libro gira alrededor de un vínculo central, ese es el de las madres y las hijas. Una relación atravesada por el amor, pero también por la reproducción de normas que muchas veces resultan dolorosas.

En Las niñas bonitas no pagan dinero, las madres no aparecen como villanas, sino como eslabones de una cadena más larga. Mujeres que transmiten aquello que ellas mismas aprendieron. “El ser humano es una criatura fascinante que tiende a reproducir lo que se ha hecho con ella”, reflexiona Nuño. “Por eso también se transmiten las violencias de generación en generación hasta que, quizá, algún día se tense la cuerda y rompa el ciclo.”

El problema no es tanto la intención como la inercia cultural. “Lo que me sorprende, si es que se puede hablar de sorpresa, es cómo perpetuamos lo que nos hace daño, aunque muchas veces sea de forma inconsciente. Lo difícil que es cambiar el rumbo que te vienen marcando.”

La novela retrata precisamente ese proceso: cómo las normas sobre el cuerpo se transmiten como consejos, advertencias o formas de cuidado. Pero también cómo esas enseñanzas terminan moldeando la manera en que una mujer se relaciona consigo misma y con los demás. Porque el libro retrata unos años muy importantes en la vida de una niña que se convierte en mujer y cómo estos pequeños mensajes, con toda la buena intención de una madre que también los ha heredado, influyen en su relación con los hombres y con sus amigas. 

Desde la infancia, el cuerpo aparece como una superficie que debe corregirse, ocultarse o disciplinarse. Sentarse con las piernas juntas, depilarse, ocultar el acné y las arrugas, no comer demasiado, ser deseable, pero no demasiado visible.

María Pombo mostrando su rutina de skincare

La mirada ajena como medida de dolor

Una de las preguntas centrales del libro resume ese conflicto: ¿hasta dónde está dispuesta una mujer a llegar para ser deseada? Durante los últimos años, movimientos como el MeToo o la expansión del discurso feminista parecieron abrir un espacio para cuestionar los mandatos estéticos. Sin embargo, Nuño percibe que esa presión vuelve a intensificarse. “En los últimos años, con el estallido del MeToo, se vio cómo la violencia estética hacia las mujeres bajó. Ahora, sin embargo, vivimos una reacción a ello”, señala la autora.

Clara Nuño vincula esa reacción con un contexto global marcado por la incertidumbre política y económica. “El tablero de la belleza también es geopolítica.” Un ejemplo claro es el auge global de la industria cosmética y del cuidado de la piel. “Corea del Sur es reina de los productos de skincare que se anuncian en internet por todas partes y cuyo público principal es el femenino.”

La obsesión por la juventud eterna forma parte de un sistema cultural más amplio. “La carrera en pos de la belleza —o de la eterna juventud— es una de las grandes obsesiones del ser humano. Yo no creo que acabe nunca.” Pero quizá, sugiere, sí podría cambiar la forma de vivir esa presión. “Quizá podríamos intentar no dejarnos la vida por el camino.”

Otra forma de educar el cuerpo

Si pudiera cambiar una sola cosa en la educación corporal de las niñas de hoy, la autora tiene clara su respuesta. “Que se tratase a sus cuerpos con la liviandad con la que se trata el cuerpo de los niños.”

La frase resume la intuición que atraviesa todo el libro: que las niñas aprenden muy pronto a mirar su cuerpo como un problema que debe corregirse. Los niños, en cambio, suelen habitar el suyo con una libertad que rara vez se cuestiona. Esa diferencia, aparentemente pequeña, puede marcar una vida entera.

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