Lectura

Qué se pierde cuando cierra una librería

El cierre de Amapolas en octubre reabre una pregunta que va más allá de la nostalgia: qué ocurre con los barrios, los lectores y la vida cultural de una ciudad cuando una librería baja la persiana

El pasado miércoles, Laura Riñón Sirera, escritora y propietaria de la librería madrileña Amapolas en octubre, anunció su cierre de manera repentina. “Hoy empieza la cuenta atrás”, dijo en un vídeo publicado en Instagram. El último día será el 26 de julio, justo antes de las vacaciones de verano. En un comunicado emocionado, pero firme, la librera admitía: “Vamos a llorar juntos, vamos a abrazarnos, vamos a recordar”. El local, abierto en la calle Pelayo desde 2019, nació a partir de una novela homónima que Riñón había publicado el año anterior. “Esto es parte de mi vida y aquí se queda un pedacito de mí”, reconocía, al tiempo que expresaba su deseo de que cada lector pudiera llevarse también “un pedacito de la librería”. El vídeo terminaba con un “hasta luego, porque aquí nunca nos despedimos de nadie”. En cuestión de minutos, la publicación se llenó de mensajes de apoyo de lectores, editoriales y compañeros de profesión que echarán de menos Amapolas, no solo como lugar donde comprar libros, sino como espacio de encuentro para bibliófilos y autores de toda España.

Aunque Riñón no ha explicado la causa directa del cierre, el anuncio llega pocos meses después de la despedida de otra librería muy querida por los madrileños: Tipos Infames, que ofreció su último servicio en Malasaña el pasado febrero. Alfonso Tordesillas y Gonzalo Queipo, dos de sus fundadores, publicaron entonces un vídeo en el que señalaban a la subida del alquiler, de un 50%, y a la gentrificación del barrio como causas principales del cierre. Durante quince años, Tipos Infames fue librería, enoteca, punto de recomendación, agenda cultural y lugar de conversación. También fue objeto de una discusión más incómoda: algunos usuarios acusaron a sus responsables de formar parte de la misma transformación urbana que denunciaban, por su estética, su localización y su subtítulo, “Libros y vinos”. Pero quince años son más de lo que resisten muchos negocios jóvenes en el centro de Madrid. Con el tiempo, aquel proyecto nacido en plena resaca de la crisis se había convertido en parte de la memoria sentimental del barrio.

El debate, sin embargo, no puede reducirse a una sucesión de cierres ni a una elegía por un Madrid que desaparece. Los datos obligan a matizar cualquier lectura apocalíptica. Según el Mapa de Librerías de España 2025 de CEGAL, el país cuenta con 2.754 librerías independientes, frente a las 2.792 registradas en 2023. La caída existe, pero no dibuja tanto un derrumbe como una tensión persistente: menos puntos de venta, negocios que resisten a costa de una adaptación constante y un sector que intenta sostener su capilaridad territorial en un contexto cada vez más adverso.

El propio informe define como librería independiente aquella que cuenta con establecimiento físico, depende al menos en un 30% de la venta de libros nuevos y no forma parte de una gran cadena de más de 25 puntos de venta. Es decir, no hablamos de cualquier comercio que venda libros, sino de un tejido concreto: espacios físicos de prescripción, selección, fondo y relación directa con los lectores.

Durante años, cuando se hablaba de la supervivencia de las librerías, el gran fantasma era Amazon. Después llegó el miedo al libro electrónico. Pero, a día de hoy, el diagnóstico de muchas librerías es más complejo. Desde La Repartidora, en Valencia, Mar Català no identifica a Amazon como la amenaza principal. “Los datos sobre Amazon tampoco eran especialmente preocupantes”, explica. A su juicio, aquella alarma que marcó buena parte de la conversación librera hace una década se ha desplazado. “Lo más preocupante es el tema de las cadenas”, señala, por la concentración de capital y poder dentro del sector: grandes operadores que venden libros, compran librerías, participan en sellos editoriales o tienen capacidad para negociar condiciones muy distintas a las de una librería pequeña.

La frase cambia el marco del debate. El problema no es solo que un lector compre un libro por internet en lugar de entrar en una librería de barrio. El problema es que la cadena del libro se concentra cada vez más en menos manos, que las grandes apuestas editoriales ocupen más espacio y que la bibliodiversidad dependa de negocios pequeños obligados a sostener, con márgenes estrechos, un catálogo mucho más amplio y arriesgado.

Ese es precisamente uno de los puntos que subraya CEGAL en su estudio sobre bibliodiversidad. En 2025, el 37% de los ejemplares vendidos en el conjunto del mercado correspondió a los dos principales grupos editoriales, Random House y Planeta. En las cadenas de librerías, ese porcentaje sube hasta el 46%. El dato refuerza una idea incómoda: las librerías independientes no solo venden libros. También hacen visible aquello que el mercado tiende a dejar fuera, desde editoriales pequeñas hasta autores locales, lenguas cooficiales, pensamiento crítico o públicos minoritarios.

La pregunta, entonces, no es solo cómo se vende un libro, sino cómo se sostiene todo lo que ocurre alrededor de él. María José Barrios, de Casa Tomada, en Sevilla, lo resume desde una decisión aparentemente mínima: colocar en la mesa de novedades una pila del último título de una autora que se agotará sola o apostar por tres ejemplares de la novela que más le ha gustado ese año, aun sabiendo que vender cada uno exigirá conversación, tiempo y confianza.

Ahí se juega buena parte del oficio librero. La independencia, para Barrios, no consiste únicamente en no pertenecer a una gran empresa, sino en conservar libertad para seleccionar novedades, prescribir libros, apostar por determinadas editoriales y autoras, crear un fondo estable y mantener una identidad propia. Pero esa libertad convive con una realidad menos romántica: alquiler, pagos a proveedores, meses de menor facturación, tesorería y necesidad de vender.

En el caso de Casa Tomada, el mayor peso no está tanto en Amazon. “Sin duda lo que más nos pesa son los gastos estructurales, donde el mayor peso lo tiene el alquiler”, señala Barrios. La venta de libros se concentra en determinadas épocas del año, mientras que los pagos a proveedores pueden coincidir con meses de menor facturación. Mantener una tesorería saneada, capaz de hacer frente a esos compromisos y cubrir los gastos periódicos, se convierte así en una tarea permanente.

La amenaza de Amazon, tantas veces invocada cuando se habla de librerías independientes, aparece hoy con más matices. Para Barrios, no tiene demasiado sentido pensar la librería física desde los parámetros de inmediatez que impuso la gran plataforma. “Esa puede ser su mayor fortaleza, pero sin duda la nuestra es otra: la atención, la selección, la prescripción”, defiende. El reto, añade, no es competir en velocidad, sino transmitir ese valor a las generaciones que vienen y atraer al público joven a las librerías.

Tampoco la comunidad funciona solo como consuelo sentimental. En Casa Tomada, la relación con sus lectores ha sido decisiva para sostener económicamente el proyecto. Compran libros, recomiendan talleres, difunden actividades, proponen el espacio para presentaciones y convierten la librería en algo más que un comercio. “Nunca nos habríamos mantenido sin ese sostén”, reconoce Barrios.

Las actividades culturales, lejos de ser un añadido decorativo, forman parte de ese modelo. Casa Tomada nació como un proyecto híbrido entre librería, talleres y espacio de actividad cultural. Doce talleres de escritura a la semana, cinco clubes de lectura al mes, encuentros, presentaciones y actividades infantiles generan una red que se traduce en confianza, prescripción y compra. La actividad no sustituye a la venta del libro, pero la rodea de sentido.

En La Repartidora, esa comunidad adopta una forma especialmente literal. El proyecto cuenta con unas 330 socias colaboradoras que pagan una cuota anual con la que se sufragan los gastos básicos: alquiler, luz, agua, internet. La comunidad no sostiene solo emocionalmente; sostiene materialmente. Pero incluso ese modelo revela la paradoja de fondo. Muchas librerías funcionan como espacios de encuentro, programación cultural y dinamización del barrio, aunque carguen ese servicio público sobre estructuras privadas, precarias y vulnerables al mercado inmobiliario.

“Los barrios que tienen librerías tienen una programación cultural ofrecida por una entidad privada, pero que hace un servicio público”, defiende Català. En su caso, las actividades no son una estrategia decorativa para vender más, sino parte del sentido político de la librería: difundir pensamiento, generar conversación y convertir el libro en herramienta de transformación social.

Por eso, cuando una librería cierra, no desaparece solo un punto de venta. Se pierde el contacto directo con el libro, la recomendación humana al margen del algoritmo, la diversidad de actividades culturales y, sobre todo, una comunidad lectora que se queda sin el espacio físico en torno al que se había construido.

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