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Doña Berenguela, la reina que unió Castilla y León y la historia dejó en segundo plano

Francisco Javier Pérez Rodríguez recupera en una nueva biografía a una de las grandes estrategas de la Edad Media, una soberana que ejerció el poder con una inteligencia política decisiva para la historia de España

En el verano de 1217, Berenguela de Castilla se encontró ante la oportunidad política más importante de su vida. Su hermano Enrique I acababa de morir a los trece años tras recibir el golpe de una teja en la cabeza y la corona le correspondía a ella, primogénita de Alfonso VIII y Leonor Plantagenet. El reino estaba dividido, una parte de la nobleza se oponía a sus intereses y el poderoso Álvaro Núñez de Lara controlaba buena parte del territorio. Berenguela tenía además una desventaja que condicionaba cualquier ejercicio del poder en el siglo XIII: era una mujer.

Francisco Javier Pérez Rodríguez reconstruye en Doña Berenguela. La reina que unió Castilla y León, publicado por Almuzara, la vida de una soberana cuya importancia política ha quedado durante siglos diluida tras los hombres que la rodearon. Hija de Alfonso VIII, esposa de Alfonso IX y madre de Fernando III el Santo, la historiografía tradicional la contempló a menudo desde sus vínculos familiares, especialmente desde su papel de madre y educadora del monarca. El libro desplaza esa mirada hacia las decisiones que tomó y el poder que llegó a ejercer. La propia historiografía la ha situado entre las tres grandes reinas de la Castilla medieval, junto a Isabel la Católica y María de Molina.

'Doña Berenguela. La reina que unió Castilla y León', de Francisco Javier Pérez Rodríguez, publicado por Almuzara
‘Doña Berenguela. La reina que unió Castilla y León’, de Francisco Javier Pérez Rodríguez, publicado por Almuzara

Berenguela nació hacia 1180 en una familia que reunía algunas de las dinastías más poderosas de Europa. Por vía paterna descendía de los reyes de León, Castilla y Navarra; su madre era hija de Enrique II de Inglaterra y Leonor de Aquitania. Creció en una corte donde las mujeres conocían de cerca los mecanismos del gobierno y las alianzas dinásticas. Su propia abuela había sido una de las figuras más poderosas del siglo XII y su hermana Blanca llegaría a gobernar Francia como regente de Luis IX.

Su matrimonio con Alfonso IX la convirtió en reina de León en 1197. La unión fue anulada años después por la Iglesia debido al parentesco de los esposos, aunque para entonces habían tenido cinco hijos, entre ellos el futuro Fernando III. Berenguela regresó a Castilla y durante los años siguientes acumuló experiencia, patrimonio y una red de apoyos que resultarían decisivos cuando la muerte inesperada de Enrique I la convirtió en reina propietaria. El trono le pertenecía legalmente y su derecho a heredarlo había sido reconocido desde su infancia.

Entonces tomó la decisión por la que suele ser recordada: cedió la corona a su hijo Fernando. Presentada muchas veces como una renuncia, la operación adquiere otro significado cuando se observa el gobierno posterior. Berenguela siguió en el centro de la política castellana y la propia estructura del libro de Pérez Rodríguez define los años comprendidos entre 1217 y 1230 como “un gobierno compartido”. Fernando llevaba la corona, mientras su madre participaba en las decisiones, mantenía sus alianzas y contribuía a asegurar la estabilidad de un reino que acababa de atravesar una grave crisis sucesoria.

La gran operación de su vida llegó en 1230. Alfonso IX murió y dejó el reino de León a Sancha y Dulce, las hijas de su primer matrimonio con Teresa de Portugal, apartando de la sucesión a Fernando III. Berenguela intervino en las negociaciones que terminaron con el acuerdo conocido como la Concordia de Benavente. El resultado fue la renuncia de las infantas a sus derechos y la llegada de Fernando al trono leonés. Castilla y León quedaron unidos definitivamente bajo una misma corona.

Miniatura medieval de Alfonso IX y Berenguela
Miniatura medieval de Alfonso IX y Berenguela

Ese desenlace explica el subtítulo del libro. La unión que transformó el mapa político peninsular suele aparecer asociada al reinado de Fernando III, pero Pérez Rodríguez devuelve a Berenguela el lugar que ocupó en la operación. Su talento se manifestó en la negociación, en la capacidad para medir las fuerzas de cada adversario y en el uso de las redes familiares como instrumentos políticos. A lo largo de su vida supo actuar en un mundo dominado por hombres sin quedar reducida a una figura ceremonial.

La biografía se apoya en las grandes crónicas del siglo XIII, escritas por hombres que conocieron a la reina, y en la documentación de las cancillerías castellana y leonesa. Ese recorrido permite además observar cómo se construyó su recuerdo. Durante mucho tiempo se insistió en las virtudes que se esperaban de una mujer medieval: esposa, madre, educadora, gobernante piadosa y prudente. Incluso la renovación historiográfica continuó estudiándola a través de su padre, su hermano, su marido o su hijo.

Doña Berenguela recupera una trayectoria política mucho más ambiciosa. Cuando murió en 1246, el escenario peninsular era radicalmente distinto al que había encontrado al nacer. Su hijo reinaba sobre Castilla y León y la unión de ambas coronas ya no volvería a romperse. Detrás de aquel cambio había una mujer que había heredado un reino, colocado a su hijo en el trono y participado durante décadas en el gobierno. La historia recordó a Fernando III. Francisco Javier Pérez Rodríguez vuelve ahora la mirada hacia la estratega que hizo posible buena parte de su poder.

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