Reinterpretación de reinas

Isabel la Católica, la reina del ajedrez

Isabel la Católica no se limitó a ejercer el poder: lo administró con influencia. Comprendió que gobernar era una tarea colectiva que exigía inteligencia, formación y criterio en quienes ocupaban la cercanía del trono

Se le atribuye a Isabel de Trastámara el movimiento de la reina en el juego del ajedrez. El juego había nacido en el siglo VI, pero fue en el siglo XV, en plena Edad Media y no por casualidad en España, cuando la antigua alferza —del árabe, consejero del rey— cambió de nombre y de naturaleza: se convirtió en dama y, al hacerlo, recibió un movimiento que la transformó en la pieza más poderosa del tablero.

La modificación de reglas. Fue una declaración cultural. A partir de entonces, la dama-reina adquirió el desplazamiento más libre del t, el único capaz de recorrerlo entero. Donde antes había contención, apareció la iniciativa; donde había subordinación, surgió el centro. El poema valenciano de 1475 Scachs d’amor celebró esa transformación al asignar a la dama los atributos del poder soberano: la espada, el cetro y el trono. El ajedrez reflejaba la época que transitaba.

Isabel la Católica supo gobernar con eficacia porque entendió la importancia de rodearse de talento y de integrar a la mujer en la arquitectura de su poder.

Isabel fue, ante todo, una observadora. La vida la obligó a serlo pronto. Perdió a su padre, el rey Juan II de Castilla, con apenas tres años. Su infancia transcurrió en Arévalo, lejos de la corte, junto a una madre portuguesa marcada por la inestabilidad mental y un hermano menor llamado a heredar un destino incierto. Aquel retiro no fue una desventaja: fue su escuela.

Monumento a Isabel la Católica

En ausencia de un apoyo familiar estable, Isabel encontró refugio en los habitantes de los monasterios y los conventos. Allí aprendió el valor del silencio, de la disciplina y de la reflexión. Los franciscanos le enseñaron austeridad y piedad; las clarisas, lectura, oración y modelos femeninos de virtud que escapaban a la imagen de la mujer pasiva. No eran reinas, pero gobernaban sus espacios con estructura y orden.

Con tan sólo 10 años su hermanastro el rey Enrique IV, le separa de su madre, a ella y su hermano menor y les llevan a la corte de Segovia. Fue un gesto político en un momento de tensiones sucesorias, el rey prefería tenerlos cerca y bajo vigilancia. Aquella ruptura marcó el fin de la infancia y el comienzo de una educación política temprana, basada en la prudencia y la resiliencia.

Isabel la Católica no se limitó a ejercer el poder: lo administró con influencia. Comprendió que gobernar era una tarea colectiva que exigía inteligencia, formación y criterio en quienes ocupaban la cercanía del trono. Por eso cuidó la instrucción de su corte con una determinación poco habitual en su tiempo. Proporcionó maestros tanto a pajes como a doncellas y abrió su biblioteca personal a quienes la rodeaban, un gesto revelador.

Beatriz Galindo, "La Latina"
Beatriz Galindo, “La Latina”

Isabel supo identificar talento y, sobre todo, supo delegar por convicción. Confiar era, para ella, una forma de gobernar. De ahí la presencia de un grupo singular de mujeres que actuaron como núcleo intelectual y político de su proyecto. Beatriz de Bobadilla fue consejera y compañera desde la juventud, presente incluso en campañas militares. Beatriz Galindo, la Latina, humanista y maestra de las hijas de la reina, encarnó el ideal educativo que Isabel exigió para su hijo e hijas por igual. Teresa de Cartagena aportó pensamiento y palabra escrita en defensa del protagonismo intelectual femenino. A ellas se suman las infantas —Isabel, Juana, María y Catalina— y figuras como Luisa de Medrano, catedrática y oradora admirada.

En el tablero de la política, como en el ajedrez renovado, comprendió que el poder consiste en saber moverse. Y cuando la reina aprende a moverse, toda la partida cambia.

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