Por las calles de Teherán se ve a muchas jóvenes con la melena al viento. Sin hiyab, liberadas de la cárcel de ese velo que impusieron los ayatolás hace cincuenta años tras la caída del Sha. Son síntomas aislados, señales crecientes de que un aire nuevo se cuela entre las rejas de un régimen teocrático. Irán no son los clérigos barbudos que mantienen encerrado a su pueblo desde que instauraron una república islámica, cruel y sanguinaria hace medio siglo. Irán es un pueblo que lucha por abandonar esa inmensa cárcel en la que convirtieron a su país.
Hace tres años muchas cosas cambiaron. El asesinato de Mahsa Amini, la heroína de 22 años que fue arrestada, torturada y asesinada en una mazmorra por la terrible Policía de la moral que la acusaba de usar incorrectamente el velo. Ese velo que algunas izquierdistas de despacho, feministas de boquilla, defienden en España, qué cosas.

Una oleada de protestas sacudió entonces los cimientos del régimen. Fue el primer gran clamor de miles de mujeres que resonó en todo el planeta. Ríos de sangre sofocaron aquellas voces, aquellas incipientes revueltas que han tenido réplicas heroicas, como las de hace apenas un par de meses, con manifestaciones inmensas por todo el país, abortadas con decenas de miles de jóvenes asesinados.
Es a ese Irán, que se juega la vida por acabar con la dictadura de los ayatolás, al que ha llenado de esperanza el ataque lanzado este sábado por EE UU e Israel en una iniciativa de consecuencias imprevisibles. Y también de inquietud. Todo ha sobrevenido súbitamente, sin avisos previos, un mazazo brutal, una sacudida frontal dirigida al vértice del régimen. Se trata de la apuesta más arriesgada de Donald Trump en política exterior. Poco tiene que ver con el zarpazo al chavismo venezolano, con la extracción de Maduro y su esposa Cilia Flores en una operación relámpago, sin bajas entre las fuerzas asaltantes y sin mayores consecuencias entre la población, anhelante del retorno de la democracia.

Este es otro escenario. Se trata de impulsar un cambio de régimen mediante una operación bélica, es decir, una guerra. Irán es una poderosa máquina militar, un país de más de noventa millones de habitantes en el que la mitad de la población, empobrecida y atrasada, no reclama ese cambio radical que late en amplias zonas del país.
Trump se ha lanzado al ataque bajo el argumento de acabar con el programa balístico y nuclear del Gobierno iraní. Una excusa que tiene un lejano parecido con la esgrimida por George Bush para lanzarse sobre Irak que luego resultó tan errónea como falsa.
El mal precedente de Afganistán
El presidente norteamericano ya había anunciado en enero que los ayatolás pagarían caro el baño de sangre con el que arrasaba el clamor de las calles. Pero no se esperaba una respuesta de este calado. Derribar el régimen dictatorial es una aventura que muy posiblemente exija el despliegue de fuerzas sobre el terreno. Una posibilidad que provoca rechazo frontal en la mayoría de la población norteamericana que tiene muy reciente la enorme chapuza de lo ocurrido en Afganistán, con una huida vergonzante y dejando el país peor de lo que lo encontró. El Afganistán post-Biden es un país casi medieval, con las mujeres encerradas en el burka, recluidas en las cocinas, silenciadas, maltratadas, esclavizadas. Un salto atrás que arrojó al país a las simas del espanto. No se pudo hacer peor.
Quizás los planes secretos de la Casa Blanca no incluyan el envío de infantería a la región. Borrar del mapa a Jamenei, cuya muerte se anunciaba en estas horas, y sus más relevantes cómplices y animar a la población a que se movilice y arrolle en las calles los guardianes de la tiranía es el guion de los estrategas del Pentágono. “Cuando terminemos con sus misiles, cuando los hayamos destruido, tomen el control del gobierno, será de ustedes, será la única oportunidad en generaciones”, animó Trump a los iraníes horas después de comenzar los bombardeos.

La posibilidad de que todo resulte un intento fallido, una bravuconada delirante de Trump para golpear a un enemigo al que le tiene ganas desde hace tiempo, cubre de angustia las almas de una población tan severamente sojuzgada. El presidente norteamericano se juega mucho en el envite. Tiene elecciones de medio término en noviembre y las encuestas no le son del todo favorables. Una victoria sobre el régimen que financia movimientos terroristas como Hizbulá y Hamás, resultaría también un baza fundamental en la estabilidad, casi imposible, de la región.
La reacción europea, ajena a la operación militar, ha sido de apoyo firme a la iniciativa sin mayor entusiasmo verbal. El Gobierno español, en el que se integra un partido como Sumar refractario a cuanto representan Trump, Washington y lo que llaman ‘el imperialismo reaccionario’, emitió un vídeo con el titular de Exteriores invocando el ‘respeto al derecho internacional’. Como con Maduro. Pedir a los imanes que respeten derechos suena a ironía desubicada.
“Mujer, vida y libertad” es el arrollador movimiento surgido tras el asesinato de Mahsa Amini. Luchan, pelean, combaten por un país distinto, por empujar los relojes hacia la hora de la liberación, el fin de tanto miedo y tanto horror. Cuando estas valientes se quitaron el velo con su melena al viento, empezó el momento de la verdad en la lucha por una nueva era. Ojalá la operación militar ahora en marcha logre sus objetivos. El fracaso arrojaría a los iraníes a un infierno aún peor del vivido, a un escenario tan impensable como estremecedor. Trump, por cierto, ya no estaría allí.
