Miguel Tellado sonrió como un marrajo ante un delfín sangrante el miércoles, durante la sesión de control, después de que la bancada de la izquierda brindara a Yolanda Díaz una ovación vasta y fúnebre. “No se haga ilusiones –le dijo a la vicepresidenta segunda el secretario general del PP, transmutado en heraldo negro–; a mí, este aplauso me ha sonado a despedida”. Cuatro pipas después, la ministra de Trabajo anunciaba que no será la candidata de Sumar 2 en las próximas elecciones generales: “La política es dura, especialmente para las mujeres”. Nihil obstat. Que se lo digan a Rita Barberá.
Pocas políticas han despertado tanta simpatía entre los periodistas. La vimos posar en una marisquería gallega rodeada de analistas, columnistas y presentadores de medios como ABC, El Mundo, El País o RTVE, cosa que no me parece ni mal ni bien –que cada cual se coma sus cigalas con quien desee, faltaría más–. Por otro lado, reconozco que me dispara la vergüenza ajena y me provoca la carcajada triste aquella postal parlamentaria que inmortalizó a Díaz posando su zurda sobre el hombro del tertuliano Antonio Maestre, azote de los infieles, quien sonreía como un perrillo que es acariciado por su amo.

Hay una entrevista masaje realizada por el querubín niño Berlín en la que, entre agasajos y carantoñas, la política gallega declaró algo muy interesante: “No quiero estar a la izquierda del PSOE. Le regalo al PSOE esa esquinita. Eso es algo muy pequeño y muy marginal. Esto no va de partidos. La sociedad española será la protagonista de un proceso de transformación social”. Suena un réquiem por una desilusión: Díaz buscaba ser un trasunto ultraecofemiprogresista y español –entendiendo España a lo Zapatero, es decir, como una nación de naciones– de Emmanuel Macron y no pasó de báculo de Sánchez. La otrora esperanza blanca de la izquierda, la líder empática y firme que se rebeló contra el macho alfa que la eligió a dedo, la dura negociadora que le dobló el brazo a Nadia Calviño, la ministra responsable de las subidas del SMI y de la reforma laboral, fue devorada por su propio personaje, confundió a la ciudadanía con los niños perdidos del País de Nunca Jamás y se fue diluyendo chorrada tras chorrada, golpe a golpe, elección tras elección. Así, tras una debacle en las europeas, dejó la dirección de Sumar, y ahora, en febrero del 26, para “ampliar la democracia y llenarla de sentido y esperanza”, allana el camino para que un grupo de hombres –Bustinduy, Rufián, Urtasun, Delgado, Maíllo–, muy feministas ellos, se disputen la jefatura de ese nuevo/viejo partido, movimiento o coalición que sólo servirá para aupar, nuevamente, al yerno de Sabiniano a la presidencia del Gobierno.

Se marcha Díaz y queda un guirigay gaseoso y telenovelero que cada vez interesa menos: Sumar, sin la vicepresidenta, es como The Office sin Michael Scott. La hija del sindicalista se suma a la larga lista de líderes consumidos por el firmante, que no autor, de Manual de resistencia: Rajoy, Casado, Rivera, Arrimadas y el Ana Rosa de Canal Red, ahora en Movistar. Lo contento que debe de estar este último tras contemplar el fracaso fatal de su enemiga.
