Julian Barnes ha decidido que será él, y no la muerte, quien ponga el punto final a su bibliografía. A los ochenta años, el novelista y ensayista británico publicó en enero Despedidas (Departure(s), traducido al español por Jaime Zulaika para Anagrama), anunciando que sería el último libro de su carrera. En lugar de dejar su obra abierta a la posibilidad de un manuscrito póstumo o una novela inacabada, Barnes ha elegido cerrar deliberadamente su trayectoria literaria. Una decisión que adquiere especial significado esta semana, cuando recibirá el Premio Princesa de Asturias de las Letras, justo en el momento en que ha decidido despedirse de sus lectores.
En su fallo, el jurado del premio, presidido por Santiago Muñoz Machado, destacó al autor como un narrador y ensayista extraordinario, dotado de humor, ironía y lo que el propio Barnes denomina un “optimismo melancólico y un pesimismo alegre”. También elogió su mirada lúcida y compasiva sobre la condición humana, así como el papel de la memoria en la construcción de la identidad. Barnes pertenece a una generación excepcional de novelistas británicos que se dieron a conocer a comienzos de los ochenta, junto a figuras como Martin Amis, Ian McEwan, Kazuo Ishiguro y Salman Rushdie. Algunos de ellos aparecieron en el célebre retrato de Lord Snowdon que acompañó la selección de jóvenes escritores de la revista Granta en 1983. Entre sus contemporáneos, Barnes se ha distinguido por su sensibilidad francófila y una curiosidad formal que lo ha llevado a explorar los límites de la ficción.
A lo largo de su carrera, Barnes ha cuestionado nuestra capacidad para reconstruir el pasado y la confianza que depositamos en nuestros propios recuerdos. Sus libros exploran cómo las personas elaboran relatos sobre sus vidas, seleccionando, transformando u omitiendo acontecimientos para otorgarles un sentido. Esta preocupación ya estaba presente en El loro de Flaubert (1984), una novela que combina biografía literaria, investigación y ficción alrededor de un hombre obsesionado con identificar cuál de dos loros disecados inspiró al escritor francés. Décadas después, en El sentido de un final (2011), ganadora del Premio Booker, Barnes volvió sobre el carácter engañoso de la memoria a través de un narrador obligado a revisar su juventud y enfrentarse a las tragedias que sus recuerdos habían distorsionado u ocultado. En ambas obras, el pasado se revela menos como una realidad fija que como una historia en permanente reconstrucción.
Publicada pocos días después de su octogésimo cumpleaños, Despedidas lleva esta inquietud hasta sus últimas consecuencias. El libro combina ficción, recuerdos personales y reflexión ensayística en una estructura de cinco partes que transita entre la exploración de la memoria, la enfermedad y las relaciones humanas. En su centro se encuentra la historia de Jean y Stephen, dos amigos que Barnes conoció durante sus años en la Universidad de Oxford. El escritor los presentó cuando eran estudiantes y presenció cómo se enamoraban y, más tarde, se separaban. Casi cuarenta años después, intervino nuevamente en sus vidas para propiciar un reencuentro. Pero aquella segunda oportunidad tampoco produjo el desenlace que él había imaginado. Al reconstruir la historia, Barnes se enfrenta a su propia tendencia a tratar la vida de los demás como si pudiera organizarla con la misma libertad con la que dispone de sus personajes.
La desconfianza hacia el recuerdo atraviesa también los pasajes más personales del libro. Barnes cuestiona la célebre imagen proustiana de la magdalena capaz de recuperar involuntariamente el pasado, y observa con ironía las contradicciones entre aquello que recordamos y lo que dejaron registrado nuestros diarios. Los recuerdos se deterioran, se mezclan con interpretaciones posteriores y terminan adquiriendo una coherencia que quizá nunca tuvieron. Recordar no equivale necesariamente a recuperar la verdad, sino que implica volver a contarla, una y otra vez, desde un presente distinto.
Estas reflexiones adquieren una dimensión especialmente íntima cuando Barnes aborda su propio envejecimiento. En Despedidas escribe sobre el diagnóstico que recibió en 2020 de un cáncer de la sangre tratable, pero incurable, y sobre la persistencia del duelo tras la muerte de su esposa, la agente literaria Pat Kavanagh, en 2008. Lejos de buscar consuelo en una interpretación trascendental del sufrimiento, el escritor contempla la enfermedad y la muerte como acontecimientos desprovistos de una finalidad moral. Lo resume con una expresión tan seca como característica de su humor: “Es solo el universo haciendo lo suyo”. No hay en esta aceptación una renuncia a los afectos, sino una conciencia de su fragilidad y de la imposibilidad de preservarlos indefinidamente.
El libro concluye con una despedida dirigida al lector, alejada de cualquier gran declaración final. Barnes imagina a ambos sentados uno junto al otro en la terraza de un café, en una ciudad sin nombre, mientras observan el transcurrir de la vida. La intimidad de esa escena parece condensar una relación construida durante décadas, a través de libros que han explorado incansablemente las contradicciones de la experiencia humana. Después de tantas historias sobre la incertidumbre de los recuerdos y la dificultad de aceptar las pérdidas, el escritor elige marcharse sin convertir su despedida en un acontecimiento solemne.
Mientras Oviedo se prepara para homenajearlo con el Premio Princesa de Asturias de las Letras, aquel último gesto literario adquiere una resonancia particular. Barnes se retira de la publicación de libros en uno de los momentos de mayor reconocimiento de su trayectoria, después de haber dedicado buena parte de ella a examinar aquello que inevitablemente desaparece. Su despedida encierra una paradoja que bien podría haber salido de una de sus novelas: un escritor que ha convertido la fragilidad de la memoria y la inevitabilidad de los finales en una obra destinada, precisamente, a sobrevivirlo.

