El propio Paul Auster le había expresado días antes su deseo de regresar del más allá y conocer cómo era su vida sin él. “Quiere volver para ver cómo estoy, qué estoy escribiendo”, anotó ella en su diario; él se lo repitió más veces: “Quiero volver como fantasma”. Esa es la anécdota que da título a Historias de fantasmas, el nuevo texto de Siri Hustvedt. Escrito apenas unas semanas después de la muerte de su marido, el libro se sitúa en ese territorio incómodo donde la literatura todavía no ha tenido tiempo de sedimentar la experiencia. No es una novela ni un ensayo en sentido estricto, sino un texto híbrido, fragmentario, que se mueve entre la memoria, la reflexión y la escritura como acto de supervivencia.
La premisa es sencilla y, a la vez, inabarcable: contar qué queda cuando desaparece la persona con la que has compartido más de cuatro décadas de vida. Siri Hustvedt no se limita a reconstruir la figura de Auster, ni a fijar un retrato definitivo. Lo que hace es más complejo: escribir desde la ausencia, desde un tiempo que, como ella misma sugiere, pierde forma tras la muerte. El libro avanza así por escenas, recuerdos, imágenes que aparecen y se disuelven, sin la necesidad de construir una narrativa lineal.

Uno de los elementos más destacados del texto es su tono. Siri Hustvedt evita deliberadamente la sentimentalidad fácil, uno de los grandes aciertos del libro. No contiene una estetización del dolor, sino una voluntad de comprenderlo. El duelo no se presenta como un proceso ordenado ni como un aprendizaje moral, sino como una experiencia física, mental y temporalmente desorientadora. En ese sentido, el libro se acerca más a una investigación —casi científica, en línea con la trayectoria ensayística de la autora— que a una confesión.
El relato de los últimos meses de Paul Auster ocupa un lugar central. La enfermedad, el deterioro, los tratamientos, la conciencia progresiva de la muerte. Hustvedt describe ese proceso con una precisión que busca la verdad, la suya, antes que el impacto. Hay una atención particular a los detalles: la luz, los gestos, los silencios. La muerte aparece como un proceso que transforma tanto al que muere como a quien acompaña. Y a Auster, novelista por excelencia, cómico en la intimidad y siempre original, le hacía gracia volver como un fantasma, algo ciertamente novelístico. Y se cumple: cualquier autor permanece en sus libros, que son sus verdaderos “restos mortales”.
Pero Historias de fantasmas no es solo un libro sobre la pérdida. También es una revisión de una vida compartida. Hustvedt reconstruye el inicio de su relación con Auster en el Nueva York de los años ochenta, su evolución como pareja, como familia y como dos trayectorias literarias que crecieron en paralelo. En ese recorrido emerge una cuestión que atraviesa todo el libro: el lugar que ella ha ocupado dentro del imaginario cultural que rodea a Auster.
Durante años, Hustvedt fue presentada en muchos contextos como “la mujer de Paul Auster”, una etiqueta que el libro desmonta sin necesidad de subrayados. La autora no reivindica su obra de forma explícita, pero la despliega en cada página. Su escritura, su pensamiento, su capacidad de análisis están presentes como una evidencia. En ese sentido, el libro también funciona como una corrección del relato: no solo cuenta una historia de amor, sino que reubica a su autora en el lugar que le corresponde dentro de la literatura contemporánea.

Es relevante esa doble dimensión. Por un lado, la intensidad emocional del texto; por otro, su capacidad para pensar el duelo sin reducirlo a una experiencia privada. Siri Hustvedt introduce reflexiones sobre la memoria, el lenguaje, el cuerpo y la identidad que amplían el alcance del libro. La pérdida se convierte así en un punto de partida para una indagación más amplia sobre lo que significa existir con y sin el otro.
Formalmente, el libro responde a esa ambición. La estructura fragmentaria no es un recurso estilístico, sino una consecuencia del propio contenido. La memoria no es lineal, así que el duelo tampoco. Hustvedt asume esa discontinuidad y la convierte en forma. El resultado es un texto que exige una lectura atenta, que no ofrece consuelo fácil ni cierre definitivo.
En cuanto a su intimidad, el relato toca también un tema espinoso de su relación con Paul Auster. Su primera mujer, la escritora Lydia Davis, no aparece en estas páginas en las que, sin embargo, se trata por extenso la tragedia de su hijo Daniel. Cuando murió en 2022, el primer hijo de Auster, de 44 años, estaba en libertad condicional. Once días antes lo habían acusado de la muerte de su hija Ruby, un bebé de diez meses, por una sobredosis de heroína y fentanilo. Según la autora, esta fue la gran tragedia en la vida de su marido y llega a sugerir que pudo contribuir a desencadenar su enfermedad. Recordar cuanto sufrió y denunciar el indecente tratamiento mediático del suceso le sirve también para homenajearlo.
Además, la presencia de Auster asoma en los diarios, las cartas y las notas cotidianas que su mujer incluye y comenta en el libro. Las cartas que Auster redactó para Miles, su segundo nieto, a quien conoció solo durante unos meses, son un testimonio precioso de esa escritura íntima: un abuelo despidiéndose de su hijo, enseñándole y explicándole el mundo. Paul Auster pretendía armar un libro breve, no más de cien o doscientas páginas, para que Miles lo leyera de adolescente.
Historias de fantasmas se sitúa en una tradición literaria que ha abordado el duelo desde la escritura —de Joan Didion a Roland Barthes—, pero introduce una variación significativa: la conciencia de género. No es un tema explícito, pero se convierte en un marco de lectura. El libro muestra cómo una mujer escribe sobre su pareja sin quedar absorbida por su figura, cómo construye un relato en el que el amor no implica desaparición.
