Para varias generaciones de cubanos, la película de animación de 1985 Vampiros en La Habana, de Juan Padrón, es mucho más que una película: un artefacto cultural compartido que forma parte de la memoria cotidiana. El baterista y compositor Ruly Herrera recuerda haberla visto en el Cine Acapulco de La Habana con nueve o diez años, junto a sus primos pequeños, completamente cautivado por su humor irreverente y su estética vibrante.
Pese a la inocencia propia de su edad, Herrera ya percibió algo que explica la vigencia de la película entre varias generaciones: la capacidad de transmitir su mensaje a través del humor, las escenas y unos diálogos capaces de funcionar a distintos niveles. “Para todos los cubanos, Vampiros en La Habana nos recuerda muchos momentos de nuestras vidas”, reflexiona. “Siempre me transporta a mi niñez”.
Ambientada en La Habana de los años treinta, la película de culto de Padrón se centra en Joseph Emmanuel “Pepe” von Dracula, un despreocupado trompetista de una banda de jazz local que, sin saberlo, bebe Vampisol, una poción secreta que permite a los vampiros caminar bajo el sol tropical. Cuando distintas organizaciones vampíricas de Europa y Estados Unidos se enfrentan por el control de la fórmula, se desencadena una aventura caótica atravesada por la música.
Cuarenta años después de su estreno, el camino para convertir este hito de la animación cubana en un espectáculo de jazz en directo ha sido sorprendentemente fortuito. La idea nació en un bar de La Habana durante un encuentro entre Herrera; su esposa Marta; Silvia Padrón, hija del cineasta; Federico, marido de esta; y Valérie Malot, directora de la agencia francesa de contratación 3D Family.
Tras descubrir la obra de Padrón aquella noche, Malot vio la película, quedó fascinada por la banda sonora de Rember Egües y animó a Herrera a adaptarla coincidiendo con su 40.º aniversario. Una primera muestra en la Galleria Continua de La Habana, durante una exposición dedicada a la obra original de Padrón, confirmó el potencial del proyecto. Para trasladarlo al escenario, el fotógrafo y realizador cubano Eduardo Aranza condensó los aproximadamente 80 minutos de la película en una versión de entre 40 y 45 minutos concebida específicamente para acompañar el concierto.
Para Herrera, fundador y director de Real Project, adaptar la banda sonora ha supuesto ante todo un ejercicio de reinvención. La partitura original, compuesta por Rember Egües y con la participación de figuras como el trompetista Arturo Sandoval, contiene melodías profundamente arraigadas en la memoria musical cubana. En lugar de reproducir las composiciones nota por nota, Herrera las lleva al lenguaje que ha desarrollado con Real Project, manteniendo las melodías originales como punto de partida para después abrirlas a nuevos arreglos y a la improvisación.
Esa libertad también determina la relación entre música e imagen. Los cortes de la película están concebidos para dejar espacio a momentos en los que los músicos pueden improvisar y tomar el protagonismo. “La película no condicionó nunca nuestra creatividad ni nuestros momentos libres de improvisación”, explica Herrera, que celebra esos instantes en los que el público “se olvida un poco de la pantalla” y se concentra en los músicos sobre el escenario.
La capacidad de Herrera para enfrentarse a un referente cultural de estas dimensiones se apoya en toda una vida de inmersión musical. Criado en un hogar marcado por la música —su madre, Prisca Martínez, es musicóloga y profesora de Historia de la Música, mientras que su padre, baterista, fue una de sus primeras influencias—, se introdujo en el circuito profesional a los 15 años.
A lo largo de su carrera ha participado en decenas de grabaciones y trabajado con figuras del jazz y la música cubana como el saxofonista César López, el pianista Roberto Fonseca, Daymé Arocena u Omara Portuondo. Para este proyecto, además, comparte escenario con su propio hermano, en lo que supone una reunión especialmente significativa para Herrera después de años sin ofrecer juntos un concierto de estas características.
Más allá de sus melodías y de su humor físico, Vampiros en La Habana conserva una marcada dimensión satírica, con una mirada sobre el poder y las jerarquías que Herrera considera todavía reconocible. Preguntado por si esa lectura política ha cambiado con el paso del tiempo, el músico señala que, aunque Cuba ha atravesado importantes transformaciones durante la última década, ciertas dinámicas de poder siguen resultándole familiares.
“Esa lectura política, la verdad, creo que sigue siendo la misma”, apunta Herrera. “Las jerarquías y los poderes siguen siendo iguales, siguen agarrando sus patrones y sus maneras de establecer las cosas. Creo que se sigue manteniendo esa manera de llevar el poder”.
Con el escenario del Café Berlín de Madrid como próxima parada, dentro del festival Impulso, Herrera espera que el espectáculo trascienda la nostalgia y pueda conectar tanto con quienes conocen de memoria la película como con quienes descubran por primera vez a Pepe y su universo vampírico.
“Lo que yo quisiera es que la gente se vaya con un recuerdo lindo de lo que significa una película para la vida de cualquier cubano, una película emblemática hecha con mucho amor y mucho respeto”, explica. Su propósito es sencillo: que durante el espectáculo el público pueda olvidarse durante un rato de sus problemas y salga “con esperanza, con amor, con ganas de querer más, de unirse, con ganas de reír”. “Que la gente haga una inmersión total en ese Café Berlín y entre en nuestro universo”.

