“Si tienes que preguntar qué es el jazz, nunca lo sabrás”. La sentencia del icónico Louis Armstrong ha sobrevivido porque resume la esencia de una música imposible de encerrar en definiciones. “El jazz se vive”, confirma Susana Ferreira, artífice de lo que ocurre este verano en El Barco de Ávila, donde un castillo medieval se transforma durante unas horas en un club al aire libre. ¿Pero cómo ha conseguido que una pequeña localidad de la Sierra de Gredos se convierta en punto de peregrinación para aficionados llegados desde distintos rincones de España?
A primera vista parece una extravagancia. El jazz nació entre las calles de Nueva Orleans, creció en Chicago, se refinó en Nueva York y conquistó los grandes teatros europeos. Nadie habría imaginado que uno de sus escenarios más singulares acabaría levantándose entre montañas, junto al río Tormes y bajo las almenas del Castillo de Valdecorneja. “Ahí está la fuerza del Festival Internacional Rural Gre2Jazz: demostrar que la excelencia artística no entiende de códigos postales”, señala esta cantante y emprendedora conocida artísticamente como Shue Ferreira.

Tanto ella como su pareja, el pianista Fran Rubio, impulsaron la idea convencidos de que el medio rural no debía resignarse a ser un espectador de la cultura creada en las grandes ciudades. Ferreira, nacida en El Barco de Ávila, conocía mejor que nadie las posibilidades de su tierra; él aportaba una sólida trayectoria musical tras años compartiendo escenarios con algunos de los nombres más importantes del panorama nacional. Juntos decidieron intentar lo que muchos consideraban una locura: crear un festival internacional de jazz en pleno corazón de la España vaciada.
Una historia de éxitos y tropiezos
“La idea comenzó a tomar forma en 2021, cuando España trataba de recuperar el pulso después de la pandemia. Mientras muchos pueblos seguían buscando la manera de reactivar su economía y recuperar la vida perdida durante aquellos meses, pensamos que la cultura podía convertirse en una herramienta de reconstrucción”. No se trataba únicamente de programar conciertos, también de generar movimiento, atraer visitantes, llenar hoteles y restaurantes y recordar que el talento también puede florecer lejos de las capitales.
Las dos primeras ediciones confirmaron que el proyecto tenía sentido. “El público respondió y el festival comenzó a hacerse un hueco dentro del calendario cultural de Castilla y León”, cuenta la artista. El éxito inicial, sin embargo, trajo consigo un exceso de optimismo. La tercera edición quiso crecer demasiado deprisa. El festival se expandió a varias localidades de la provincia con la ilusión de llegar a más público, pero aquella ambición terminó convirtiéndose en el momento más delicado de toda su historia.

Hoy sus impulsores hablan de aquella etapa con una sinceridad poco habitual en el mundo del emprendimiento. Reconocen que pecaron de inexperiencia, que confiaron en exceso en algunos acuerdos y que aquella expansión estuvo a punto de hacer desaparecer el proyecto. Cualquier otro habría bajado el telón definitivamente. Ellos optaron por darse una nueva oportunidad.
La cuarta edición fue un ejercicio de supervivencia. Renunciaron al crecimiento acelerado, redujeron costes y levantaron un festival mucho más modesto desde Solana de Ávila. No era el evento con el que habían soñado, pero sí el necesario para mantener viva la idea. A veces, la mejor forma de avanzar consiste simplemente en resistir.
Esa resistencia acabó convirtiéndose en una escuela empresarial. Paralelamente al trabajo artístico, Ferreira y Rubio comenzaron un proceso de formación en emprendimiento que transformó por completo la manera de gestionar el festival. La Fundación Tatiana, Ruralizable, Iberocrea, el Instituto de Emprendimiento Avanzado y, posteriormente, Goalboxes les ayudaron a profesionalizar un proyecto que hasta entonces había vivido sobre todo del entusiasmo. También encontraron un aliado imprescindible en la Diputación de Ávila, cuyo respaldo institucional permitió consolidar una iniciativa que hoy forma parte de la identidad cultural de la comarca.
Gre2Jazz vuelve este verano a su lugar de origen. Después de varias ediciones itinerantes y de años de aprendizaje, el festival regresa al Castillo de Valdecorneja, donde el próximo 15 de agosto concentrará más de doce horas ininterrumpidas de actividad. La jornada culminará con una experiencia bautizada como Noche Estelar, que combinará música, observación del cielo y un ambiente íntimo iluminado por velas, un cierre que resume la filosofía del festival: “Conectar cultura, naturaleza y bienestar”.
En el apartado musical destaca el regreso del armonicista Antonio Serrano, uno de los grandes nombres que marcaron las primeras ediciones. También volverán Pacombo Latino, convertidos ya en parte de la familia del festival tras acompañarlo incluso en sus momentos más difíciles. Junto a ellos actuarán David Sancho, A. T. One, Irene Alman, Saúl Santolaria y otros artistas que representan la nueva generación del jazz y la música de fusión española.
Miles Davis decía que no existen las notas equivocadas, sino oportunidades para improvisar. La historia de Gre2Jazz parece escrita siguiendo esa máxima. Durante unos días de agosto, El Barco de Ávila deja de ser únicamente una hermosa localidad de la Sierra de Gredos para convertirse en el ejemplo de cómo la España vaciada también puede llenar un castillo de música y de futuro.

