Pepa Flores se encuentra hoy en uno de esos tramos vitales que no deberían pasar al escaparate público. A sus 78 años, la actriz y cantante malagueña vive arropada por sus hijas, María, Celia y Tamara, en un momento complicado de ánimo, agudizado por la ausencia de Massimo Stecchini, su compañero durante más de tres décadas. La familia ha cerrado filas en torno a ella con la misma discreción que Pepa ha defendido desde que decidió apartarse de la escena.

Ese retiro, que comenzó a mediados de los años ochenta, fue la conquista de una vida propia. Después de haber sido exhibida, premiada, juzgada y convertida en símbolo por las sucesivas Españas, eligió regresar a Málaga, al campo, a los afectos y a una normalidad que para cualquiera habría sido sencilla. Para ella tuvo valor de utopía. Dormir, pasear, cuidar animales, estar con los suyos y vivir sin que cada gesto fuera grabado fue el lujo al que aspiró quien lo había tenido todo salvo anonimato.
La niña del régimen
Nacida Josefa Flores González en Málaga en 1948, Pepa venía de una familia humilde. Antes de ser Marisol fue Pepita, una niña con gracia natural para el cante y el baile que entró en un grupo infantil de coros y danzas. Allí empezó a circular por escenarios y viajes en condiciones durísimas. Años después contaría episodios de maltrato que revelaban el reverso brutal de aquella supuesta edad dorada de los niños prodigio.
El productor Manuel Goyanes la descubrió tras verla actuar en televisión. En aquella niña vio una estrella posible, y el cine español de la época se dispuso a fabricarla. Fue trasladada a Madrid, rebautizada como Marisol y sometida a una disciplina diseñada para convertir su talento espontáneo en producto perfecto. Clases, rodajes, canciones, poses, reportajes y una imagen calculada hasta el último detalle. Le aclararon el pelo, le corrigieron la nariz y le dijeron cómo hablar, cómo moverse y cómo representar una alegría sin fisuras.
El resultado fue fulgurante. Un rayo de luz la convirtió en fenómeno nacional y le dio reconocimiento internacional en Venecia. Después llegaron Ha llegado un ángel, Tómbola, Marisol rumbo a Río, Búsqueme a esa chica, La nueva Cenicienta, Cabriola o Las cuatro bodas de Marisol. España encontró en ella a una criatura adorable. Pero aquella imagen feliz tenía un coste. Marisol fue una industria, y Pepa, todavía menor, cargó con una responsabilidad impropia de su edad.
El personaje la devoró
Grabó cientos de canciones, actuó en varios idiomas, viajó al extranjero, apareció en televisión y se convirtió en un icono de consumo popular. Su rostro estaba en revistas, carteles y campañas, pero su vida era administrada por gente ajena a ella.
Al llegar la juventud, intentó romper la jaula dorada. Se casó con Carlos Goyanes, hijo de su descubridor, en una unión pronto quebrada. La España que la había adorado como niña angelical no supo aceptar del todo que quisiera ser mujer, actriz y ciudadana con ideas propias. En los años setenta comenzó su verdadera metamorfosis artística. Jaime de Armiñán, Juan Antonio Bardem, Mario Camus y Carlos Saura le ofrecieron papeles más adultos y pudo demostrar una intensidad dramática que el mito infantil había eclipsado.

Con Mario Camus obtuvo el premio a la mejor actriz en Karlovy Vary. Junto a Antonio Gades, su gran amor de aquellos años y padre de sus tres hijas, participó también en algunas obras de Saura, como Bodas de sangre y Carmen. La niña del régimen era ahora una mujer de izquierdas y comprometida.
La célebre portada de Interviú la convirtió en emblema de la Transición. Para el país fue una imagen de ruptura; para Pepa, otra apropiación más. Y si a la antigua Marisol se le exigía pureza, a la nueva Pepa se la examinaba por sus amores, su militancia, sus declaraciones, su cuerpo. Ni la derecha ni parte de la izquierda aceptaron fácilmente que aquella figura escapara del papel que le habían asignado.
Sobrevivir al mito infantil
Su etapa final como actriz incluyó la serie Proceso a Mariana Pineda y la película Caso cerrado, de 1985. Después, sencillamente, se fue. Tenía menos de cuarenta años cuando cerró la puerta y desde entonces, su silencio ha alimentado el mito. Aceptó el Goya de Honor en 2020, pero no acudió a recogerlo. Lo recibieron sus hijas en una ceremonia celebrada en Málaga, mientras ella permanecía en casa.
Pepa Flores no ha dejado de ser Marisol para varias generaciones, pero su grandeza está precisamente en haber sobrevivido a ese nombre. Fue niña prodigio, mito popular, actriz dramática, cantante, musa involuntaria de una época y mujer comprometida. Pero, sobre todo, alguien que peleó por recuperar su identidad frente a un país que se resignaba a soltar a Marisol.

