Cuando Giorgia Meloni llegó al Palacio Chigi en octubre de 2022 hizo historia. Nunca antes una mujer había encabezado el Gobierno italiano. Su victoria rompía uno de los techos de cristal más resistentes de la política del país y colocaba al frente del Ejecutivo a una dirigente que llevaba décadas abriéndose paso en organizaciones dominadas por hombres. Sin embargo, desde el principio quedó claro que su condición de pionera no iba necesariamente acompañada de una agenda feminista.
Meloni ha hecho de su identidad como mujer una parte central de su relato político, pero siempre en unos términos muy concretos. Su conocida fórmula, “soy Giorgia, soy una mujer, soy una madre, soy cristiana”, resume buena parte de esa visión. La dirigente italiana reivindica su trayectoria personal, la maternidad y la familia, pero rechaza buena parte del vocabulario y de las propuestas asociadas al feminismo progresista.
Su propia llegada al poder constituye una transformación indiscutible. Meloni consiguió imponerse primero dentro de Hermanos de Italia y, posteriormente, sobre los demás dirigentes de su coalición conservadora. Lo hizo en un sistema político donde las mujeres siguen estando infrarrepresentadas en las posiciones de mayor poder.

Pero representación femenina y políticas de igualdad no son necesariamente sinónimos. Desde el Gobierno, Meloni ha situado la natalidad y la familia tradicional entre sus principales prioridades. Italia arrastra desde hace años una grave crisis demográfica y su Ejecutivo ha impulsado medidas dirigidas a favorecer a las familias con hijos, mediante ayudas económicas, incentivos fiscales y ampliaciones de determinados permisos.
El problema está en qué modelo de mujer aparece detrás de esas políticas. Meloni insiste en que la maternidad no debe expulsar a las italianas del mercado laboral y ha defendido la necesidad de facilitar la conciliación. Sin embargo, buena parte de su discurso político continúa asociando el papel de las mujeres con la maternidad y con el crecimiento de las familias. La igualdad se plantea así menos como una transformación progresista de la sociedad y más como una manera de permitir que las mujeres puedan trabajar sin renunciar a tener hijos.

El aborto, entre el derecho y las restricciones
Una de las mayores polémicas aparece en torno al aborto. Hermanos de Italia no ha planteado derogar la Ley 194, que desde 1978 permite la interrupción voluntaria del embarazo en determinadas circunstancias durante los primeros 90 días de gestación. Meloni ha repetido que no pretende eliminar ese marco legal.
Sin embargo, su Gobierno ha defendido también medidas destinadas a reducir el número de abortos y ofrecer alternativas económicas a las mujeres que se plantean interrumpir un embarazo por dificultades financieras. Esa posición permite a Meloni sostener que respeta la legislación vigente mientras mantiene un discurso contrario al aborto desde el punto de vista político y cultural.
La elección de Eugenia Roccella como ministra de Familia, Natalidad e Igualdad de Oportunidades reforzó esa orientación. El propio nombre del departamento resulta significativo. La natalidad ocupa un lugar destacado junto a las políticas de igualdad, dentro de un Gobierno que considera el descenso de los nacimientos uno de los grandes problemas nacionales.

Familia tradicional y derechos LGTBI
La distancia entre Meloni y las políticas progresistas de género es todavía más clara en cuestiones relacionadas con la comunidad LGTBI. Hermanos de Italia ha defendido reiteradamente el modelo de familia formado por un padre y una madre y se ha mostrado contrario a la gestación subrogada y a determinadas fórmulas de adopción para parejas del mismo sexo.
Antes de llegar al Gobierno, el partido de Meloni también se opuso al llamado proyecto de ley Zan, una iniciativa que pretendía reforzar las herramientas contra los delitos de odio y la discriminación por motivos de sexo, orientación sexual o identidad de género.
La carrera de Meloni supone un avance histórico en términos de representación femenina, pero eso no convierte automáticamente su Gobierno en un Ejecutivo comprometido con ampliar los derechos de género.
La primera ministra italiana ha sabido, además, utilizar esa contradicción como una fortaleza política. Puede presentarse como ejemplo de una mujer que ha alcanzado el máximo poder sin cuotas ni estructuras feministas y utilizar su propia biografía como argumento frente a quienes cuestionan su visión de la sociedad.

