Hoy se cumplen 1.413 días de “la era Meloni”. Tras casi cuatro años, su Gobierno se convierte en el más longevo desde la posguerra. No es la batalla más importante que ganar, pero sí es una batalla de gran simbolismo en un país donde los Gobiernos tienden a durar, de media, 14 meses y donde en los últimos 80 años se han sucedido 70 ejecutivos. Donde los líderes como Matteo Salvini habían pasado, en poco tiempo, de superar el 34% de los consensos a bajar a un 9%. Giorgia Meloni lo sabía y su objetivo era salir viva de esa efervescencia del votante italiano, que te lleva del cielo al infierno antes de que puedas darte cuenta. Jugando a su favor, una coalición que ella lideraba con dos partidos, Forza Italia y la Liga, que la necesitaban para sobrevivir y que le garantizaban, precisamente por esto, estabilidad.

La líder celebrará su victoria más personal este viernes en una fiesta para la ocasión en la ciudad de Bari, en la región de Apulia, en el sur del país. Un cumpleaños con aire de campaña electoral, la oportunidad para mandarle un mensaje a los italianos con el que resumir qué ha hecho bien para merecer de nuevo su voto. Desde hace unos meses la primera ministra, que hasta ahora había conseguido, con un consenso en los sondeos intacto, sortear problemas tan graves como su ruptura con Trump, tiene un elefante dentro de su propia habitación. Tras la salida del general Vannacci de la formación, la Liga, de Matteo Salvini, y la creación de un nuevo partido, Futuro Nacional, las piezas, hasta ahora inmóviles y fijas en la derecha italiana han comenzado a tambalearse. “El fenómeno Vannacci es el único que no ha sido capaz de prever”, dice Riccardo Alcaro, director de investigaciones del Istituto di Affari Internazionali en un encuentro con la prensa extranjera en la vigilia del récord Meloni. El general ha superado ya en los sondeos, con sus ideas más a la derecha de la extrema derecha, a los socios de Meloni, Forza Italia y la Liga, y podría ser en 2027 el cuarto partido en Italia.

Ante el desafío Vannacci
Aunque Meloni sigue estando en la cabeza en las encuestas, la última le da un 26,8%, el general podría ser un factor de gran desestabilización para una segunda legislatura, tanto dentro como fuera de un futuro gobierno. El desafío de Vannacci, de hecho, ha conseguido ya gobernar la agenda y el debate político en Italia de este verano. La crisis diplomática abierta con España a raíz de la entrada masiva en Ceuta llega en un momento en el que la líder intenta monopolizar el tema de la inmigración y la seguridad nacional ante el reto de que alguien pueda vender, desde la oposición como hace ahora Vannacci, respuestas más radicales a los italianos. “De hecho, la oposición a la inmigración sigue siendo una fuente inagotable de consenso y votos entre los italianos”, añade Alcaro.

Pero, al margen del reto más inmediato, ¿qué ha sucedido verdaderamente para que Meloni haya cambiado la política italiana antes de que la política italiana, acostumbrada a fagocitar líderes en pocos meses, la cambiase a ella? El intelectual, escritor y director de cine Pier Paolo Pasolini decía en su libro ‘La ciudad de Dios’ que lo que “un romano admira sobre todo de una persona es la capacidad de hablar, la inventiva lingüística, o por lo menos el uso agudo de las instituciones jergales”. La primera ministra ha conseguido basar su Gobierno en una comunicación efectiva, ayudada por un talento político natural y por la desaparición de la oposición, centrada, como decía ella misma, en la gestión de la realidad del día a día, pero dejando de lado las acciones, la verdadera política. Tal y como ha explicado la periodista parlamentaria Alessandra Sardoni, también ante la prensa extranjera, eso ha escondido una completa “ausencia de visión”.
La paradoja de la estabilidad de Meloni
De hecho, numerosos expertos, entre ellos la Profesora de Economía Política de la Universidad LUISS Veronica de Romanis, han explicado que el inmovilismo económico de Italia se debe precisamente a la ausencia de una verdadera política económica. En estos cuatro años no ha sucedido casi nada y eso, precisamente eso, podría haber sido la clave. “Ha hecho de la famosa palabra ‘estabilidad’ su rasgo característico. Pero la estabilidad, en economía, no es nunca un objetivo, sino un instrumento. El objetivo es crecer y eso no se ha visto en estos años”, explica de Romanis. Italia prevé solo un 0,6% del crecimiento del PIB en 2026 y los salarios, estancados, siguen la tendencia de décadas congelados.

Meloni deja en esta legislatura casi todas sus grandes reformas en lo más profundo de un cajón. Fracasó su propuesta para la Reforma de la Justicia en el referéndum de marzo que fue el punto de inflexión de esta legislatura en la que parecía que le estaba saliendo todo bien. Había conseguido, eso sí, posicionarse en Europa sorteando las contradicciones de la política anti-euro que había tenido cuando ocupaba la oposición. Sabiendo, además, cómo dejar ver su influencia en temas con gran relevancia para el electorado italiano, como el migratorio. Europa hoy se parece más que nunca a Meloni, el reciente Pacto de Migración y Asilo que ha entrado en vigor en junio lo demuestra. Pero, en realidad, señala Riccardo Alcaro, “es un éxito estético, gracias a su don de la oportunidad, porque sus centros de deportación en Albania, hasta ahora, han sido un fracaso”.
El apoyo a Ucrania frente a Putin
Gran parte del éxito de su política internacional fue también, además de aprovechar el desprecio de Donald Trump para desvincularse de un socio que, tras la guerra de Irán, era incómodo, mantener su postura firme de apoyo a Ucrania. “Consiguiendo desdibujar el sentimiento de admiración de algunos de sus socios, como Salvini, por Rusia”, explica Alcaro. Un aspecto fundamental que le ha permitido una gran estabilidad de fronteras para fuera y la ha acercado, coinciden los expertos, a una derecha más institucional y conservadora, lejana del radicalismo con el que había llegado al Gobierno en 2022.

Meloni podía haber creado un nuevo proyecto político, centrado en la cercanía que ha demostrado con Europa, por ejemplo, que vender ahora a su electorado. Sin embargo, explica Veronica de Romanis, su estrategia ha sido “no hago nada y así no me busco enemigos y no pierdo votos”. Pero ahora esta estrategia podría haber permitido que a su derecha crezca un Vannacci capaz de convencer a los votantes de que ha llegado para hacer realidad todas las promesas que Meloni no se ha atrevido a cumplir.

