León XIV en España

De la asfixia del cayuco a Las Raíces: “No pedimos privilegios ni compasión, sino respeto, humanidad y vivir con dignidad”

En su parada más descarnada por el archipiélago, el Papa se adentra en las entrañas del centro de acogida tinerfeño que llegó a hacinar a 4.000 personas y donde hoy viven casi 700

GRAFCAN5115. LA LAGUNA (TENERIFE), 12/06/2026.- El papa León XIV saluda a varios migrantes en el centro de primera acogida 'Las Raíces' de Tenerife. EFE/ Ramón De La Rocha
El Papa León XIV saluda a varios migrantes en el centro de primera acogida 'Las Raíces' de Tenerife
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Hay un silencio específico que solo se escucha en los lugares donde la gente espera sin saber qué está esperando. Ese silencio es denso, huele a tierra húmeda y a incertidumbre, y es el que impera desde hace años en el campamento de Las Raíces, un antiguo acuartelamiento militar enclavado en los montes de la isla de Tenerife que se ha convertido en el símbolo más crudo de la impotencia europea. Aquí, donde la niebla y el frío muerden los huesos de quienes llegaron huyendo del calor asfixiante del Sahel, ha querido detenerse el Papa León XIV. No ha sido una parada de trámite, ni una visita de cortesía institucional, sino el centro de la visita papal: según relatan desde el Vaticano, fue el propio Pontífice el que quiso, expresamente, acercarse a conocer cómo viven los migrantes. Ha sido un descenso a las profundidades de un trauma colectivo que el archipiélago canario lleva gestionando, con picos de auténtico colapso, desde que la célebre “crisis de los cayucos” del año 2006 inaugurara la trágica cotidianidad de la Ruta Atlántica.

Las Raíces es el mayor centro de acogida de migrantes de todas las islas. Sus lonas, naves y pasillos, gestionados en la actualidad por la asociación Accem como parte de los dispositivos del Gobierno de España, llegaron a convertirse en los últimos meses de 2024 en una auténtica ciudad de la desesperación, albergando en su interior a cerca de 4.000 personas simultáneamente. 4.000 almas atrapadas en un embudo geográfico. Hoy, la presión de las cifras ha descendido, pero la herida psicológica sigue supurando con la misma ferocidad en cada uno de los residentes. La mayoría de los muchachos que han recibido al Pontífice llevan aquí más de dos meses estancados. Son jóvenes que sobrevivieron al infierno del mar y que ahora se enfrentan a un laberinto en tierra firme: no hablan el idioma, desconocen los engranajes burocráticos que deciden su destino, y caminan por la explanada del centro arrastrando el trauma silencioso de haber visto morir a sus compañeros de travesía, consumidos por una soledad que ninguna manta de la Cruz Roja puede abrigar.

LA LAGUNA (TENERIFE), 12/06/2026.- Varios migrantes del centro de primera acogida de Las Raíces, en La Laguna (Tenerife), esperan la llegada del papa. EFE/Ramón de la Rocha
Varios migrantes del centro de primera acogida de Las Raíces, en La Laguna (Tenerife)
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La “crisis de los cayucos” de 2006 fue la mayor crisis migratoria de España“Cada persona merece empezar de nuevo”, ha afirmado Elma Sáiz Delgado, ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Hoy somos testigos de este compromiso coletivo, para convertir un paraje en un referente de acogida y atención humanitaria, porque al final, todos hemos sido extraños en algún lugar y todos aspiramos a algo profundamente sencillo: encontrar un sitio donde poder vivir, cuidar de los nuestros y aspirar a una vida mejor”. Desde su acogida, el centro ha acogido a más de 70.000 personas, según ha recordado su director, Ernesto Mayoral, que ha destacado la labor de cerca de 600 profesionales.

Frente a ellos, bajo el cielo de La Laguna, León XIV ha tomado una decisión que vale más que mil homilías: al tomar la palabra, el Santo Padre ha dejado a un lado su lengua habitual y el español que ha empleado durante todo el viaje apostólico para dirigirse a la multitud en francés. Un gesto de deferencia absoluta, de respeto profundo hacia la procedencia de esos centenares de rostros originarios de Senegal, Mauritania, Malí, Guinea o Costa de Marfil, a los que por fin alguien poderoso les hablaba en un idioma que podían comprender sin necesidad de traductores ni intermediarios. El Papa no quería hablar sobre ellos ante el mundo; quería hablar con ellos, de corazón a corazón.

“No pedimos compasión”

El clima emocional del encuentro había sido previamente moldeado por el obispo de la Diócesis Nivariense, monseñor Eloy A. Santiago, quien, actuando como anfitrión, no dudó en exponer ante el Papa la dureza descarnada de la frontera sur de Europa. El obispo recordó cómo la isla meridional de El Hierro, y en concreto el muelle de La Restinga, ha soportado en los últimos años el desembarco continuo de decenas de miles de personas exhaustas, huyendo del hambre y la guerra. Citando las propias palabras que León XIV pronunció en el Jubileo del mundo misionero en Roma a finales de 2025, el obispo tinerfeño reclamó que “esos ojos llenos de angustia y esperanza que buscan una tierra firme” jamás deben estrellarse contra el “estigma de la discriminación” institucional.

Esos mismos ojos de los que hablaba el obispo fueron los que tomaron el micrófono para desnudar su alma frente al líder de la Iglesia Católica. El testimonio de los propios migrantes se elevó sobre el patio de Las Raíces como un ejercicio de reivindicación humana que encogió el corazón de los presentes. El primero en hablar, un joven que representaba la voz del grueso de los residentes del centro, agradeció con una timidez conmovedora el simple hecho de sentirse mirado con respeto. Relató las cicatrices invisibles de un viaje marcado por el miedo y la tristeza persistente, para terminar sintetizando en un puñado de palabras la gran tragedia de la migración contemporánea: la criminalización de lo evidente. “Nosotros venimos con sueños sencillos: trabajar, cuidar de la familia y vivir con dignidad”, expresó el muchacho, agradeciéndole al Santo Padre su coraje por recordarle al primer mundo “que todos somos personas, que todos necesitamos amor, paz y oportunidades”.

LA LAGUNA (TENERIFE), 12/06/2026.- Varios migrantes del centro de primera acogida de Las Raíces, en La Laguna (Tenerife), esperan la llegada del papa. EFE/Ramón de la Rocha
Varios migrantes del centro de primera acogida de Las Raíces, en La Laguna (Tenerife), esperan la llegada del Papa
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Pero fue el segundo testimonio, pronunciado por una mujer que aglutinaba en su voz el dolor de tantas madres y hermanas arrojadas al océano, el que terminó por quebrar el ambiente. Recordó que nadie, en su sano juicio, abandona voluntariamente sus raíces y sus recuerdos si la vida en su tierra natal es remotamente viable. Describió el tránsito por el Atlántico como un peaje de muerte donde el hambre, el frío y la extorsión de las redes del tráfico humano se cobran un tributo incalculable en forma de cadáveres anónimos. Y, alzando la mirada hacia el pontífice, emitió un decálogo que debería esculpirse en las puertas de todos los parlamentos europeos: “Hoy, desde esta tierra de acogida, queremos elevar una petición sencilla pero profundamente humana: dignidad. Pedimos que las fronteras no se conviertan en muros de indiferencia. Que no se nos mire solo como emigrantes, números o documentos, sino como personas con historia”.

Su alocución final resonó como un trueno de resiliencia frente al paternalismo occidental que tan a menudo contamina el debate político. Sus palabras, dirigidas al Papa pero apuntando al corazón de las políticas comunitarias, fueron tajantes: “No pedimos privilegios. No pedimos compasión. Pedimos respeto, humanidad y la oportunidad de vivir con dignidad”.

Un mensaje de amor universal en la lengua de los olvidados

Visiblemente emocionado tras escuchar ese torrente de franqueza, el Papa León XIV tomó la palabra. Aquel francés fluido y reposado comenzó a sobrevolar el campamento, envolviendo a los asistentes en una atmósfera de inesperada familiaridad. Enmarcando su discurso en la festividad del Sagrado Corazón de Jesús, el Pontífice recordó que el amor de Dios, a diferencia de los tratados internacionales y las leyes de extranjería, “no conoce fronteras, no hace distinciones, se da a todos y nos congrega en la unidad”.

El Papa demostró ser perfectamente consciente de la fractura psicológica que atenazaba a quienes le escuchaban en la explanada de Las Raíces. Habló de corazones “heridos por tantas dificultades”, reconociendo implícitamente el trauma crónico que persigue al que se juega la vida en un cayuco y termina atrapado en el limbo de un campamento de grandes dimensiones, donde los días se amontonan sin ofrecer respuestas. Recurrió al Evangelio, evocando la parábola del buen samaritano para interpelar a las sociedades de acogida, recordando que Jesús utilizó a un hombre “de otro pueblo y de otra religión” para ejemplificar que la caridad verdadera no exige pasaportes ni certificados de antecedentes.

Con un profundo conocimiento de la historia religiosa y social del archipiélago, el pontífice trazó un puente invisible entre el pasado de Canarias y su doloroso presente. Recordó que los isleños también saben lo que es cruzar el océano empujados por la necesidad o la vocación, citando al santo Hermano Pedro y a san José de Anchieta, figuras cumbres del catolicismo canario que partieron hacia América como misioneros. “Ellos también fueron migrantes que se dirigieron hacia lo desconocido, llevando como principal equipaje la fe, la esperanza y la caridad”, ilustró el Papa, en un intento maestro de dinamitar el argumentario de la xenofobia recordando que España y sus islas fueron, no hace tanto tiempo, una tierra de embarque hacia lo incierto.

A los propios jóvenes subsaharianos les pidió que, a pesar del desasosiego de la espera, no dejen que la dureza del camino marchite la riqueza humana que esconden. Les instó a ofrecer su “tesoro de humanidad, de sueños y de cultura”, recordando, apoyándose en su reciente encíclica Magnifica humanitas, que las migraciones, lejos de ser la amenaza securitaria que algunos se empeñan en dibujar, encierran la inmensa posibilidad de ser “una ocasión de encuentro y enriquecimiento mutuo entre los pueblos”.

La metáfora de las raíces para sobrevivir a la tormenta

En el tramo final de su parlamento, León XIV se detuvo en la nomenclatura del propio recinto militar que pisaba. “Me ha llamado la atención el nombre de este Centro de acogida, que se denomina Las Raíces”, confesó el Santo Padre, antes de invocar la memoria y el magisterio de su antecesor. Recordó que al Papa Francisco le fascinaba utilizar la imagen botánica de las raíces para inculcarle a los jóvenes la imperiosa necesidad de no olvidar nunca los orígenes familiares e identitarios como única fórmula para no derrumbarse ante la adversidad.

Citando la exhortación apostólica Christus vivit, y de forma indirecta el Libro de Jeremías, León XIV trasladó esa metáfora vital a los centenares de muchachos que conformaban su auditorio, muchos de ellos separados por miles de kilómetros y barreras infranqueables de las madres que los parieron. “El que confía en el Señor es como un árbol plantado al borde de las aguas, que echa sus raíces en la corriente. No temerá cuando llegue el calor y su follaje estará frondoso”, leyó el Papa en francés, deseando que ese arraigo espiritual y humano les permita resistir para que “ninguna tormenta pueda alejarlos” de la fuerza que da la vida.

Lejos de conformarse con la panorámica que ofrece un atril institucional, León XIV quiso palpar esa soledad con sus propias manos. Tras los discursos oficiales, el Pontífice trazó un recorrido a pie por el laberinto de barro del campamento, adentrándose en las entrañas de las carpas de varones donde actualmente subsisten hacinadas cerca de 700 personas. Allí, desafiando las condiciones climáticas extremas que azotan esta altitud de la isla —donde la humedad cala hasta los huesos y el viento gélido de los alisios castiga incesantemente las endebles infraestructuras habitacionales—, el Papa invirtió su tiempo en lo que los protocolos suelen censurar: detenerse a mirar a los ojos. Saludó uno a uno a los jóvenes, estrechó manos agrietadas por el salitre y escuchó, con la atención inquebrantable de un padre, los retazos de unas historias personales marcadas por el pánico. Un acompañamiento cuerpo a cuerpo que no sería posible sin la labor de contención titánica que despliega la Iglesia a través de sus instituciones diocesanas y de organizaciones como la ONG Cesal, que batallan en la primera línea de esta emergencia humanitaria para brindar a los migrantes no solo una asistencia material indispensable para su supervivencia, sino un sostén espiritual y humano fundamental para evitar el naufragio definitivo de sus esperanzas.

Fue el clímax de una jornada donde la reivindicación de la acogida se tornó exigencia moral innegociable. León XIV cerró su intervención impartiendo una bendición a las familias que quedaron atrás, allá en sus países de origen, pidiendo el consuelo de la Virgen María para los perpetuos caminantes de este siglo. El Papa abandonó las instalaciones tinerfeñas dejando tras de sí un aura inusual. Las tiendas de campaña seguían en su sitio, el laberinto administrativo continuaba intacto y el frío que baja del Teide no había cesado, pero durante algo más de una hora, los nadies, los apartados, los innombrables del sistema migratorio europeo, sintieron que su dignidad no se había hundido en el fondo del Atlántico.

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