León XIV en España

El Papa, en el muelle de la vergüenza: el trauma mudo de los cayucos se transforma en un clamor por la dignidad

A pie de muelle, decenas de personas que un día se jugaron la vida en el océano o dejaron atrás su tierra relatan a Artículo14 la dura odisea de la migración, la frustración de las fronteras invisibles y la emoción irrefrenable de verse, por fin, reconocidos por un pontífice

Con el peso de treinta y seis años de vida en España a sus espaldas y ataviada con un vistoso vestido tradicional subsahariano estampado con la imagen del pontífice, Alfonsina representa la integración serena de quien un día tuvo que dejar su Guinea Ecuatorial natal para construirse, con mucho esfuerzo, un presente feliz. Se apoya en ella una de sus dos nietas, exhausta por el calor implacable del sur grancanario y protegida por una gorra que reza “Alza la mirada”, el certero lema de esta histórica visita papal. Alfonsina confiesa que nunca ha sentido el impulso de regresar porque el archipiélago la abrazó desde el primer minuto, permitiéndole tejer una red en la que hoy, rodeada de sus hijos, nietos y su propio hermano, no echa nada en falta para ser feliz. Para ella, que experimentó en carne propia la asistencia inquebrantable de Cáritas en las parroquias de Las Torres durante sus meses de desempleo, la presencia de León XIV trasciende lo protocolario al incidir en algo tan primitivo pero tan olvidado como que “el hermano tiene que ayudar al hermano”.

Alfonsina, migrante de Guinea Ecuatorial, junto a su nieta
Alfonsina, migrante de Guinea Ecuatorial, junto a su nieta, en el Puerto de Arguineguín. María Serrano
María Serrano

Sin embargo, ese proceso de integración que hoy reluce bajo el sol de Arguineguín esconde biografías cinceladas a base de un sufrimiento difícil de concebir para quienes han nacido en la orilla afortunada del mundo. Helina Quaye, originaria de Ghana, lleva más de un cuarto de siglo en el archipiélago intentando asimilar el espanto imborrable que supuso perderse durante quince días en el océano Atlántico a bordo de una patera, a la deriva, sin comer ni dormir y completamente aterrada mientras su bebé lactante se consumía ante la dramática falta de alimento. Aquella pesadilla, que culminó con un rescate in extremis por parte de la Cruz Roja en las costas de Fuerteventura, transformó a una joven huérfana de doce hermanos que lo había apostado todo al mar en la voluntaria fuerte y comprometida que es hoy, empeñada en devolverle a Cáritas una fracción del inmenso rescate vital que recibió, y que aguardaba este día con la única ilusión de pedirle al Santo Padre una bendición para poder seguir ayudando a los demás.

Ese mismo peaje emocional indescriptible es el que arrastran los más jóvenes, aquellos que maduraron de golpe en la negrura del oleaje. Bamba tiene apenas 19 años, pero cuando se embarcó en un cayuco desde su Saint Louis natal en Senegal rumbo a las costas de El Hierro, era un niño de 16 que terminó deambulando por el sistema de protección de menores canario hasta que, respaldado por una asociación local, consiguió encauzar sus estudios. Bamba, que escucha las palabras motivadoras del Papa como un acicate indispensable para que los inmigrantes sepan que pueden llegar lejos, confiesa a los micrófonos de Artículo14 que si tuviera a León XIV frente a frente esquivaría cualquier petición personal para pedirle, únicamente, una oración sincera por los numerosos amigos a los que vio desaparecer devorados por el agua salada: “Tengo muchos amigos que han fallecido en el mar, y me gustaría que me diera unas bendiciones para ellos”.

Helina Quaye llegó con un bebé de menos de un año en patera desde Ghana
Helina Quaye llegó con un bebé de menos de un año en patera desde Ghana. María Serrano
María Serrano

Ese mismo horror es el que superó Helina Quaye, que llegó en patera con un bebé de menos de un año desde Ghana. Recordando su pesadilla a la deriva, revive el trauma en voz alta: “Lo pasé fatal, tuve demasiado miedo. 15 días sin comer, sin beber… Mi bebé estaba todavía tomando el pecho, y necesitaba leche”. Hoy, convertida en voluntaria, mira atrás desde la serenidad de saber que pudo salvar a su hija: “Ahora gracias a Dios mi hija está bien, y todo lo que sufrí se convirtió en felicidad”.

Ese pánico a invocar los fantasmas del océano es compartido por otro muchacho senegalés que, con la amarga ironía de llamarse precisamente Papa e invitando a la risa para aligerar la tragedia, prefiere sumirse en el silencio más sepulcral antes que relatar los episodios inenarrables que presenció en la barcaza que lo vomitó en las costas de Tenerife. Él, que llegó a Canarias a las puertas de cumplir los 18 años y vio cómo la institucionalización burocrática lo arrojaba a la calle el mismo día de su cumpleaños, prefiere centrarse en agradecer la simple circunstancia milagrosa de seguir respirando tras haber bordeado los límites de la supervivencia: “Pasé cosas buenas y malas, pero gracias a Dios hoy estoy aquí”.

Papa (izquierda) junto a algunos de sus amigos
Papa (izquierda) junto a algunos de sus amigos. María Serrano
María Serrano

Frente al desconsuelo de los que llegan, emerge la frustración ahogada de los que aguardan en la orilla intentando recomponer los pedazos de humanidad dispersos por el muelle. Así lo relataba ante el propio Pontífice María Fernanda López Meza, recordando la absoluta impotencia de los voluntarios parroquiales que, lejos de la distancia profiláctica de las pantallas de televisión, se enfrentaban al desbordamiento humanitario sin saber el idioma de los recién llegados y teniendo como único arsenal asistencial improvisado algunos paquetes de galletas, un puñado de abrigos y unos cuantos vasos de leche caliente. Y, sin embargo, en esa escasez de recursos logísticos fue donde las manos voluntarias descubrieron que “no se trataba de resolverlo todo, sino de estar presentes”. Comprendieron que el objetivo no radicaba en solucionar la macrocrisis geopolítica, sino en ejercer la simple compasión a través de unos pequeños gestos que rompieran, de una vez por todas, los discursos de la deshumanización que emponzoñan constantemente el debate político sobre la migración.

Ese mismo debate es el que impugna, con la contundencia de quien se sabe amparada por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, Soda Niasse, una mujer senegalesa afincada desde hace seis años en Las Palmas y elegida para ser la voz de una víctima de trata nigeriana que, por terror a las mafias, ha tenido que ausentarse del acto de Arguineguín. Ella, que aterrizó con un visado legal en la mano pero tuvo que enzarzarse en un calvario administrativo para lograr sus ansiados papeles a pesar de tener un esposo y un hijo de nacionalidad española, pide que el mundo reflexione sobre la perversidad de un sistema global: “Imagínate entonces a los demás que vienen en patera… Las fronteras son un invento humano. ¿Por el lugar donde has nacido tienes un pasaporte u otro, puedes viajar o no? Migrar es un derecho”.

Soda Niasse, de Senegal, también migrante, prestó su voz a una mujer nigeriana víctima de trata
Soda Niasse, de Senegal, también migrante, prestó su voz a una mujer nigeriana víctima de trata. María Serrano
María Serrano

Esa voz prestada que quebró el silencio del muelle fue precisamente la encargada de verbalizar el tormento de Blessing, una joven nigeriana atrapada en la despiadada telaraña de la trata de personas. Su testimonio, leído ante un Pontífice visiblemente conmovido, relató cómo la asfixia de la pobreza extrema la empujó a tomar a los veintidós años la decisión más lacerante de su existencia: dejar atrás a sus dos pequeñas hijas para intentar regalarles un futuro que a ella le había sido negado. Cayó entonces en las garras de una red criminal que, tras someterla a un ritual vudú de sometimiento conocido como “juju”, la encadenó a una extorsiva deuda de 25.000 euros y la arrojó al océano tras seis meses de denigrante cautiverio. “Tuve que elegir. Vivir sufriendo o cruzar y jugármela. Morir intentándolo, o quedarse y no tener nada. Elegí cruzar”, escuchó la multitud. Llegar a la costa española, sin embargo, no significó la salvación, sino el descenso a un nuevo infierno: embarazada durante el trayecto por los abusos de un miembro de la mafia, le arrebataron a su bebé al nacer para doblegarla y forzarla a prostituirse. Solo una intervención policial, once meses después, logró devolverle a su hijo y abrir una rendija a la esperanza que hoy, refugiada en la labor de las asistentas sociales de la Iglesia, le permite reconstruirse: “No ha sido fácil, y hay días en que la esperanza se hace muy pequeña. Pero he aprendido a creer en mí misma de nuevo”.

Ese contraste de situaciones jurídicas pero de anhelos absolutamente idénticos se respiraba en cada rincón del puerto mientras concluía el acto de León XIV. Lo demuestran historias como la de Madalena Ferraz, una mujer angoleña de San Francisco que atesora con orgullo la experiencia de haber conocido ya a Juan Pablo II y que, felizmente establecida en la isla tras ocho años de matrimonio con un ciudadano canario, se conformaba con que el Pontífice cumpliera el tierno encargo formulado por su familia: “Le diría: ‘ay, Papa…’. Le diría que rece por los niños, me lo pidió mi hijo, y para que todos tengamos salud”. Es el mismo deseo que compartía una emocionada mujer originaria de Guinea Bissau instalada en Lanzarote, que solo pedía la oportunidad de darle las gracias y decirle: “Que me bendiga a mí y a mi familia”. Historias dispares de visados y naufragios, de éxitos administrativos y traumas incurables, entrelazadas todas de forma indisoluble en una explanada portuaria donde el dolor de los olvidados, aunque solo haya sido por una mañana, ha acaparado por completo la atención del mundo.

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