Huele a salitre, a combustible de embarcaciones y a dolor. El puerto de Arguineguín, al suroeste de Gran Canaria, amaneció este jueves convertido en el epicentro moral del mundo. Hasta aquí, a este muelle de hormigón que el imaginario colectivo bautizó hace años como “el puerto de la vergüenza” (después de que 2.500 migrantes vivieran meses hacinados junto a sus aguas), ha llegado el Papa León XIV. Es la primera vez en los dos milenios de historia de la Iglesia que un sucesor de Pedro pisa las Islas Canarias. Y no ha venido a buscar postales turísticas, sino a asomarse al abismo de la Ruta Atlántica, la travesía migratoria más mortífera del planeta.
El viaje a Canarias era un anhelo personal del Pontífice. Un viaje que trasciende lo pastoral para convertirse en un mensaje geopolítico de primer orden. Durante todas y cada una de sus intervenciones en el viaje apostólico, el Papa ha martilleado una misma idea fundamental: la urgencia ineludible de la acogida. No como un concepto abstracto, sino como un deber que atraviesa el origen del que se huye, los países de tránsito y las naciones de llegada. Pero ha sido aquí, en Arguineguín, pisando la misma explanada donde miles de seres humanos han sido desembarcados tiritando, exhaustos o cadáveres, donde el Papa ha pronunciado el discurso más desgarrador y exigente de su pontificado.

La escena comenzó con un crudo baño de realidad. El obispo de las Islas Canarias, José Mazuelos, aquel que dijo que a quien critica la migración “habría que meterlo cinco días en un cayuco sin comer”, fue el encargado de abrir el acto, situando al Papa en el mapa del sufrimiento. Recordó que por estas aguas llegan hombres, mujeres y niños desde Mauritania, Senegal, Malí o Gambia tras navegar más de 1.600 kilómetros en cáscaras de nuez. “La migración revela heridas profundas del mundo contemporáneo”, expuso el prelado ante el mar, pero también reivindicó Arguineguín como un potencial símbolo de justicia. Mazuelos quiso destacar a los “ángeles de la guarda”, aquellos que no miran hacia otro lado: los equipos de Salvamento Marítimo, Cruz Roja, fuerzas de seguridad, Cáritas y los propios pescadores canarios.
León XIV escuchaba en silencio. El Papa, que había acudido al filo del muelle para bendecir una cruz elaborada con las maderas astilladas de los cayucos naufragados y arrojar una ofrenda floral a las profundidades, venía eminentemente a escuchar. Y lo que escuchó fue la radiografía exacta del horror y la esperanza humana.
Las voces del rescate y la acogida
El primer bofetón de realidad lo propinó Tito Villarmea. Con el uniforme naranja y el peso en los ojos de quien ha visto demasiado, este capitán de la embarcación Guardamar Urania, de Salvamento Marítimo, se plantó ante el Pontífice. Confesó llevar noches sin dormir por los nervios, él, que lleva 18 años lidiando con la negrura extrema del mar bravío.
“Durante estos años, junto a mi equipo, he rescatado a más de 20.000 personas. Es una cifra que duele y que no se olvida”, relató con la voz rota. A Tito no le tiembla el pulso al gobernar un barco en la tormenta, pero se quebró al recordar a una madre a bordo de una patera llena de heridos y muertos. Una vez a salvo, la madre se acercó a su supuesto hijo, un adolescente de unos 14 años, le quitó el gorro y la ropa de abrigo y le colocó unos pendientes dorados. “Era una niña. Lloró ella y lloré yo, porque soy padre de dos adolescentes. Podrían haber sido mis hijas”. En ese instante, el muelle enmudeció. Representando a los 1.600 profesionales del servicio de rescate, Villarmea dejó un ruego final: “Ojalá nunca más tuviéramos que rescatar a nadie. Trabajemos como sociedad para que este drama disminuya”.

Tras el mar, la tierra firme. La respuesta de la sociedad civil una vez que los migrantes tocan puerto. María Fernanda López, voluntaria de Cáritas, tomó la palabra para explicar lo que supone enfrentarse al desbordamiento humanitario con las manos casi vacías. Contó la experiencia de las parroquias ante la avalancha de llegadas, el choque entre lo que se veía por televisión y la realidad de tener a seres humanos rotos en la puerta de la iglesia.
“La impotencia nos pesaba: los recursos eran escasos, no conocíamos su lengua y, muchas veces, solo podíamos ofrecer galletas, leche y un poco de atención”, relató. Sin embargo, en esa escasez encontraron la médula de la caridad cristiana. Descubrieron que “no se trataba de resolverlo todo, sino de estar presentes”. Un abrigo, unas zapatillas, un café caliente o una simple sonrisa se convirtieron en el puente que devolvía la humanidad a quienes creían haberla perdido en el océano. “Comprendimos que cada persona tiene un valor inmenso y que ser voluntaria es construir esperanza en lo cotidiano”, concluyó, recordando que en Arguineguín aprendieron a derribar los discursos de odio y deshumanización con pura fraternidad.
El Leviatán de las mafias y la otra orilla de la esperanza
El momento más sobrecogedor llegó con una ausencia. Blessing, una joven nigeriana de 22 años y víctima de trata, no pudo leer su propio testimonio por motivos de seguridad; el zarpazo de las mafias sigue estando demasiado cerca. En su lugar, otra voz prestada leyó su pesadilla: la senegalesa Soda Niasse, de Senegal, también migrante.

Con apenas 14 años, Blessing ya luchaba sola en Nigeria. Huyó movida por el hambre, dejando atrás a dos hijas para evitarles su misma condena. Pero el trayecto la precipitó a los infiernos. Sometida a un ritual de vudú, el juju, contrajo una “deuda” de 25.000 euros con sus captores. Vivió meses cautiva antes de jugarse la vida en una patera, viendo cómo otros morían ahogados. Y entonces llegó a España. Lejos de encontrar la tierra prometida, el infierno la estaba esperando. Quedó embarazada por abusos de la mafia durante el viaje, y al dar a luz en España, la red criminal le arrebató a su bebé para doblegarla y obligarla a prostituirse. Solo la intervención policial, 11 meses después, le permitió recuperar a su hijo, y hoy, acompañada por asistentas sociales de la Iglesia, recoge los pedazos de su vida.
El contraste a esta oscuridad lo puso otra María Fernanda, colombiana, que evidenció que, cuando existen cauces de integración real, la migración es motor de prosperidad. Llegó a Las Palmas en 1997. Durmió en la calle, sorteó el frío y el miedo, encadenó trabajos en un bazar y en un restaurante, y pasó 20 años de operaria en la construcción. Hoy, gracias al tesón, es dueña de su propia empresa de reformas, Fermeza Soluciones Integrales, y da empleo a seis personas. Su testimonio cerró el ciclo, pidiendo que los trámites de extranjería “sean cada vez más humanos y ágiles” y demostrando que no hay fatalidad en la migración si hay oportunidad.
“No podemos acostumbrarnos a contar muertos”
Con el peso de estas historias flotando aún sobre el ambiente, el Papa León XIV tomó la palabra. Ya no como un jefe de Estado que lee un documento diplomático, sino asumiendo su papel teológico y moral más puro. En el dedo llevaba el anillo del Pescador y, mirándolo, recordó que el mandato fundacional de la Iglesia nació a orillas del agua, en el de mar de Galilea: “Serás pescador de hombres”.
“Pero aquí y en lugares como El Hierro, ese mandato adquiere una fuerza literal y dolorosa”, sentenció el pontífice. “La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana”.

El Papa recurrió a las antiguas metáforas bíblicas del mar como figura del caos y la muerte, encarnadas en monstruos mitológicos como el Leviatán. Explicó que hoy, esos monstruos tienen nombres muy reales: “Mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños, y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido”.
Su discurso hilvanó cuidadosamente respuestas directas a los testimonios que acababa de escuchar. Se dirigió al capitán Tito y a la voluntaria de Cáritas, recordando que la conversión empieza cuando el migrante deja de ser un número. “La misericordia comienza con gestos pequeños: a veces con unas cuantas galletas y un poco de leche”, les agradeció el Papa, validando aquel trabajo anónimo.
Llegado el turno de Blessing, la joven víctima de trata ausente, las palabras del Papa adquirieron una contundencia maternal y reparadora. “Quisiera que este mensaje llegue hasta ti”, proclamó León XIV elevando la voz, dirigiéndose a ella y a todas las esclavas invisibles del siglo XXI. “Si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable. Tu vida no es de quienes te dañaron; tu cuerpo no es de quienes se aprovecharon de ti. La Iglesia quiere decirte hoy: eres hija y hermana, eres bendición”.
Y dirigiéndose directamente a los propios migrantes presentes en Arguineguín, de los que dijo que no eran “ni números ni expedientes”, les lanzó una advertencia desesperada para que no entreguen sus vidas a las mafias, describiendo las redes de trata humano como “canto de sirenas”, auténticas “industrias de guerra y muerte”.

El examen de conciencia de Europa
Pero León XIV se había guardado la munición más gruesa para las estructuras de poder político y económico. El tramo final de su discurso, el verdaderamente histórico, fue un misil a la línea de flotación de las políticas migratorias fundamentadas en los muros morales. Exigió que la tragedia atlántica obligue a un “examen de conciencia” generalizado. A las naciones de origen, les demandó condiciones de paz y desarrollo; a los países de tránsito, protección en lugar de connivencia con el crimen.
Y luego, miró directamente al viejo continente: “Europa no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas”.
El Pontífice criticó abiertamente a quienes despachan esta tragedia como una cuestión estadística. “No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido”, denunció. Su propuesta fue clara: vías legales y seguras, operativos reales de rescate coordinado y asistencia integral.
Más aún, el Papa amplió el encuadre filosófico del debate. Reivindicó el derecho al asilo material y, al mismo tiempo, recordó el derecho fundamental a no verse empujado a migrar: “El derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños”.

Fue entonces cuando pronunció la frase que quedará para siempre en la memoria de las Islas Canarias y que resume su hoja de ruta humanitaria frente al dolor internacional: “No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”.
Bajo el sol de media mañana, con el rumor incesante del Atlántico rompiendo contra los bloques de hormigón a sus espaldas, la visita papal concluía dejando un cráter en las conciencias. León XIV imploró que la historia no tenga que acusar a esta generación de haber convertido el naufragio de los vulnerables en un simple decorado de fondo.
“Cada barca que llega no trae sólo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?”, lanzó el Oontífice al aire del muelle. Las coronas de flores que acababa de lanzar en memoria de los que no llegaron, meciéndose a merced de las corrientes sobre la gran tumba azul del Atlántico, parecían aguardar, desesperadamente, una respuesta.

