Liam y Noel Gallagher vuelven a estrecharse la mano ante decenas de miles de personas. El gesto ocupa unos segundos, aunque resume la historia que Don’t Look Back in Anger quiere contar: dos hermanos que se hicieron famosos juntos, pasaron dieciséis años enfrentados y finalmente lograron regresar al escenario. El documental dirigido por Dylan Southern y Will Lovelace, con guion de Steven Knight, recorre la gira mundial de Oasis de 2025 mediante imágenes de los conciertos, ensayos, testimonios de seguidores y una entrevista conjunta con los músicos. La película presenta aquel reencuentro como una celebración de la fraternidad, el perdón y la capacidad de unas canciones para reunir a varias generaciones.
Esa perspectiva permite disfrutar de la potencia del grupo y de la respuesta emocional del público, pero también consolida una versión complaciente de su historia. Las peleas, los insultos y las humillaciones que provocaron la separación de Oasis en 2009 quedan incorporados a la leyenda como episodios turbulentos de una relación extraordinaria. La industria musical lleva décadas aplicando ese tratamiento a sus estrellas masculinas: la arrogancia se convierte en seguridad; el mal carácter, en autenticidad; la irresponsabilidad, en una extravagancia reservada a los genios. La ira termina funcionando como una parte más del espectáculo y, con suficiente tiempo y nostalgia, hasta puede proporcionar el argumento de una película sobre la reconciliación.

El documental deja escapar la oportunidad de examinar ese privilegio. Liam llega veinte minutos antes del primer concierto de la gira después de haberse perdido el último ensayo y consigue ofrecer una actuación a la altura de las expectativas. La anécdota está concebida para alimentar su personaje de músico imprevisible que, pese a todo, cumple cuando se encienden los focos. Importan menos la inquietud causada entre quienes llevaban meses preparando el regreso o el trabajo necesario para compensar su ausencia. La conducta que en una artista sería considerada poco profesional mantiene en él el atractivo de una rebeldía cultivada durante treinta años.
La historia familiar de los Gallagher también aparece subordinada a la relación entre los hermanos. Peggy Gallagher, que crio a sus tres hijos después de separarse de un marido violento, ha sido una presencia constante en las biografías de Liam y Noel. Su casa de Manchester representa el origen obrero al que ambos continúan apelando, aunque la dimensión simbólica de la madre suele imponerse sobre su experiencia concreta. Peggy queda situada como refugio, mediadora y guardiana de la unidad familiar. El relato vuelve a colocar a una mujer en una función muy conocida: absorber las consecuencias del conflicto masculino y procurar que los hombres vuelvan a entenderse.
Alrededor de los Gallagher ha habido, además, parejas, exparejas, hijas y trabajadoras que apenas ocupan espacio en la reconstrucción pública de Oasis. Patsy Kensit y Nicole Appleton estuvieron casadas con Liam durante los años en que su comportamiento público y privado alimentaba la imagen del roquero ingobernable; ambas tuvieron que convivir con infidelidades convertidas por la prensa en otro capítulo pintoresco de su biografía. Appleton supo por teléfono que Liam había mantenido una relación con la periodista Liza Ghorbani, con quien había tenido una hija, pocas horas antes de que la noticia llegara a los medios. Lisa Moorish, madre de Molly, también quedó durante años ligada públicamente al músico por una paternidad que él tardó dos décadas en asumir personalmente. Debbie Gwyther, su actual pareja y representante, ha desempeñado un papel profesional decisivo en la reconstrucción de su carrera en solitario y en la estabilidad que hizo posible este regreso.
En la vida de Noel aparecen ausencias semejantes: Meg Mathews formó parte central del universo social y cultural de Oasis en los noventa, mientras Sara MacDonald convivió durante más de veinte años con las consecuencias de la enemistad entre los hermanos. Sus experiencias apenas cuentan en una película que presenta la reconciliación como una conquista exclusiva de Liam y Noel. Las mujeres quedan reducidas a notas sentimentales, aunque sus vidas, su trabajo y, en algunos casos, el coste personal que soportaron también forman parte de la historia del grupo.

Esta omisión reproduce la memoria dominante del britpop. Los años noventa suelen resumirse en la rivalidad entre Oasis y Blur, acompañada por un imaginario masculino de cerveza, fútbol, provocación y orgullo de clase. En aquella escena también trabajaron Justine Frischmann al frente de Elastica, Louise Wener en Sleeper, Sonya Madan en Echobelly o Miki Berenyi en Lush. Tuvieron éxito, escribieron canciones y ocuparon portadas, pero la prensa prestó una atención desproporcionada a sus relaciones sentimentales, su aspecto y sus cuerpos. Frischmann comprobó cómo su música quedaba eclipsada por su relación con Damon Albarn; Wener ha contado el castigo que recibían las mujeres cuando mostraban una ambición y una franqueza celebradas en sus compañeros. Mientras los Gallagher podían convertir la hostilidad en una marca personal rentable, ellas debían vigilar cada palabra para evitar que se volviera en su contra.
Don’t Look Back in Anger demuestra que las canciones de Oasis conservan intacta su capacidad de convocar al público. También confirma la resistencia de una mitología cultural que concede a determinados hombres sucesivas oportunidades para comportarse mal, romperlo todo y regresar como héroes reconciliados. La película muestra cuánto han cambiado Liam y Noel, pero apenas estudia las condiciones que hicieron posible su regreso ni las personas que sostuvieron sus vidas durante los años de enfrentamiento. Mirar el documental con perspectiva feminista obliga a desplazar la atención hacia ese fuera de campo. Allí se encuentran quienes nunca pudieron convertir la ira de los Gallagher en una canción, una gira o una leyenda.

