Eduardo Blasco, buzo de rescate: “Mueren miles de personas en el mar”

Campeón de España de salvamento y jurista especializado en derechos humanos, el nadador vasco lleva años participando en rescates en el Mediterráneo y otras rutas migratorias: “No son cifras, son personas. Y muchas mueren por decisiones evitables”

Eduardo Blasco.
KilyCuarto

Eduardo Blasco habla del mar como quien habla de un lugar íntimo y hostil al mismo tiempo. No lo idealiza ni lo convierte en metáfora. Lo conoce demasiado bien para eso. Sabe lo que hace el agua con un cuerpo cansado, con una lancha sobrecargada, con una decisión política tomada tarde. Sabe también lo que ocurre cuando una patrullera no llega, cuando un puerto se concede demasiado lejos o cuando dos Estados discuten sobre jurisdicción mientras una embarcación deriva. “Mueren miles de personas en el mar”, dice, sin cargar la frase de énfasis. La suelta como una constatación y precisamente por eso pesa más.

Blasco, nacido en San Sebastián y criado en Canarias, se ha hecho conocido por sus éxitos deportivos en natación y salvamento. Él mismo admite que esa es la carta de presentación que suele precederle, aunque no sea la que más le importa. “Se me conoce porque he ganado dos mundiales nadando. Me molesta, porque no es lo que más me importa. Pero sobre todo soy buzo de rescate”. A esa definición añade otra, que no considera ajena a la primera: jurista experto en derechos humanos. Su vida, vista desde fuera, parece repartida entre el deporte de élite, las misiones de rescate y el estudio del derecho. Él lo resume de otra forma: “Mi tema es el agua, el ahogamiento, la protección de la vida. Nado para ganar carreras; eso le da visibilidad a lo que hago para salvar vidas, y después sigo hablando del agua. Está todo relacionado”.

La tragedia que describe no es una impresión aislada ni una suma de episodios dispersos. La Organización Internacional para las Migraciones registró al menos 2.185 personas muertas o desaparecidas en el Mediterráneo en 2025 y otras 1.214 en la ruta atlántica occidental hacia Canarias, una de las más letales. ACNUR contabilizaba además 109 personas muertas o desaparecidas en las rutas del Mediterráneo y del Atlántico occidental solo en los primeros meses de 2026, con datos actualizados a 25 de marzo. En España, las llegadas por mar y tierra bajaron en 2025 hasta 36.775, un 43% menos que el año anterior, pero ese descenso no borró la dimensión humana del fenómeno ni el riesgo extremo de las travesías.

Blasco lleva una década mirando ese mapa no desde los despachos ni desde los platós, sino desde la cubierta de embarcaciones de rescate, desde puertos del sur de Europa, desde playas de llegada o desde el interior de operaciones donde la teoría jurídica y la urgencia física chocan a cada minuto. “Llevo diez años especializado migración y derechos humanos”, explica. “Me desvinculo de ONG y de organizaciones. Intento colaborar con aquellos conflictos menos conocidos. No me quedo en ese barniz cultural que se tiene normalmente”. Ha estado en Lesbos, en Lampedusa, en el Sáhara, en las rutas del norte de África y de Oriente Próximo. También en Canarias, que para él no es un laboratorio remoto del problema migratorio, sino el lugar donde esa realidad se hizo visible muy pronto.

Su relación con el agua empezó antes que su relación con la política. “Mi abuelo era nadador y pescador de pesca submarina. Muy bueno. Con cuatro años me metió en el agua. No tuve mucha elección”. Lo cuenta sonriendo, pero enseguida la historia se ensancha. En 2006, durante la crisis de los cayucos, él estaba en sexto de Primaria. Vivía en Canarias y en su casa, con un padre médico y una madre psicóloga, los derechos humanos no eran un concepto abstracto. Recuerda una exposición fotográfica sobre migrantes. Recuerda el impacto. “Me shockeó. Fue muy duro. Como yo nadaba bien, sentía que aquello era evitable. Ese sentimiento me ha acompañado toda la vida”. Primero llegó la competición, el instinto de ser más rápido que el otro niño. “Pero enseguida apareció la parte humanitaria”.

El buzo de rescate Eduardo Blasco
El buzo de rescate Eduardo Blasco

Desde adolescente quiso formarse en rescate acuático. En España, explica, no existe una vía única ni una especialidad cerrada; hay que ir reuniendo cursos, prácticas, acreditaciones, experiencia. “Fui a Asturias a formarme. Luego he seguido haciendo cursos hasta hoy”. Su itinerario lo llevó a combinar estudios universitarios, entrenamientos y formación operativa. “A dos días de un campeonato de España estaba en Gijón haciendo prácticas de aeronave sumergida”. Ha trabajado con la Armada y ha hecho de esa mezcla de técnica y fondo físico una herramienta para responder en el peor escenario posible: cuando alguien se ahoga.

Lo que vino después fue el Derecho. También ahí hay una herencia familiar. Su abuelo Carlos Blasco de Imaz, consejero del Gobierno vasco tras la muerte de Franco y abogado, terminó siendo recordado también por impulsar el Aquarium de San Sebastián. “Yo lo que quiero hacer es parecerme a mis dos abuelos”, dice Eduardo. En su caso, el Derecho no aparece como plan alternativo al rescate, sino como extensión de él. “Lo pongo al servicio de lo que me apasiona: rescatar, estar en forma para poder salvar a más, ser mejor. Entender política, derecho marítimo internacional… Cuando entras ahí, empiezas un viaje que no acaba nunca”.

Ese viaje le ha enseñado que las políticas migratorias entran en conflicto permanente con los convenios que obligan a proteger la vida. “Cuando una embarcación entra en tu zona Search and Rescue estás obligado a ayudarles. Tienes que salvaguardar la vida”. Sobre el papel parece sencillo. En la práctica no lo es. Qué ocurre cuando una embarcación es interceptada, cuándo se da puerto, si ese puerto se asigna demasiado lejos, si con esa decisión se están vulnerando derechos… Son preguntas jurídicas, pero también operativas y morales. Él ha tenido que responderlas en caliente.

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Una de las escenas que más claramente lo explican ocurrió en el Mediterráneo central. Blasco participaba en una misión de rescate cuando localizaron una lancha centroafricana con unas cuarenta personas. La embarcación ya se estaba inundando. Rescataron a los migrantes. Como el barco de rescate aún tenía margen de aforo, siguieron en la zona. Poco después realizaron un segundo rescate sobre una embarcación de madera con más de cien personas procedentes de Bangladés. Después solicitaron puerto a Italia. Ahí comenzó otra parte de la historia. Blasco recuerda que durante la etapa de Matteo Salvini, la asignación de puerto podía demorarse durante días, con el objetivo, en su opinión, de desgastar a los equipos de rescate. Con Giorgia Meloni, sostiene, el mecanismo es distinto: “Te da puerto enseguida, pero muy lejos”. Aquella vez les asignaron Marina di Carrara, en el norte de Italia, pese a que estaban por debajo de Lampedusa. La estrategia italiana de asignar puertos lejanos a los barcos humanitarios ha sido ampliamente documentada y criticada por organizaciones de derechos humanos, en un contexto en el que Frontex registró un descenso de las entradas irregulares en la UE en 2025 y a comienzos de 2026, mientras las rutas seguían siendo mortales.

En mitad de ese trayecto apareció una tercera embarcación: sirios desviados de su ruta, más de cuarenta personas a la deriva. “Omitir el socorro de una embarcación a la deriva es ilegal”, resume. Ya tenían puerto asignado. Italia entendía que no debían hacer un nuevo rescate. Ellos entendían lo contrario. “Lo pensamos. Sabíamos que nos podíamos meter en un problema. Pero si no les rescatábamos también”. La frase con la que resuelve aquel dilema lo ha acompañado desde entonces: “Ninguno de los que estamos ahí hubiésemos dormido bien nunca más en nuestra vida si hubiésemos pasado de largo”. Les detuvieron. Y él lo cuenta sin pose de mártir: “A veces te tienen que detener para poder dormir con la conciencia tranquila”.

No cobra por ello. Lo repite varias veces, casi como un principio ético que no quiere dejar erosionar. “Ni un duro”. Vive del deporte, de sus resultados, de una carrera en la que ha logrado suficiente estabilidad como para no depender de otra cosa. “El día en que mis resultados sean inferiores y no me dé, dejaré las piscinas por un despacho, que es a lo que estoy destinado. Pero seguiré sin cobrar ni un duro por ir a salvar a alguien, porque eso va en contra de mis valores”.

Patera - Internacional
Una patera en una playa.
EFE

Lo que más le irrita de la conversación pública sobre migración es la simplificación. “Hay 36 problemas migratorios distintos”, dice. Lo explica con un ejemplo que solo puede dar alguien que ha hablado con la gente nada más sacarla del agua. “Tú haces una misión de rescate e interceptas una patera de Senegal, otra de Burkina Faso, cuarenta tipos de Bangladesh —imagínate la travesía—, doce de Eritrea y cuarenta de Siria. En el barco tienes mínimo cinco nacionalidades, cinco culturas distintas, clases sociales diferentes y problemáticas diferentes”. Por eso insiste en que decir “la migración” o “los que vienen” es no solo impreciso, sino “extremadamente peligroso”. Generalizar, en su lenguaje, es la antesala de deshumanizar.

Asegura que ha visto la recepción de la migración de más de cuarenta nacionalidades distintas y que esa experiencia le ha confirmado tres cosas: que el tratamiento debe ser diferencial, que en la mayoría de los casos las muertes son evitables y que “el mayor enemigo de la verdad es generalizar”. Por eso corrige incluso las fórmulas habituales: no habría que decir “una patera de migrantes”, sino “una embarcación de seres humanos provenientes de…”. Le importa esa precisión porque cree que el lenguaje prepara la política. “Hay que recuperar la mirada humana sobre cada persona”.

Canarias ocupa un lugar central en esa reflexión. En 2025 llegaron a España 17.788 personas por la ruta atlántica hacia las islas, un 62% menos que en 2024, aunque El Hierro siguió concentrando una parte enorme de la presión migratoria. Para Blasco, el descenso no debería invitar al alivio complaciente, sino a revisar cómo se gestionan los recursos y las obligaciones del Estado. “El Hierro tiene diez mil habitantes, y tiene una migración que por comparación es la más grande del mundo”, dice. Cuando se le plantea la pregunta recurrente —qué hacemos con ellos—, la rechaza de raíz. “Le damos la vuelta. ¿Qué hacemos con otras problemáticas que nos superan? Invertimos dinero, invertimos recursos y garantizamos el Estado de derecho”. Lo que defiende no es una consigna abstracta, sino una secuencia de actuación: dotar a Canarias de medios, tratar a los migrantes como seres humanos y reubicar. “Porque El Hierro es España. Fin. Canarias no es una colonia, un lugar periférico de ultramar que es genial para ir de vacaciones pero que no nos interesa”.

No habla solo del mar. Cuando la dana arrasó Valencia, también acudió. Estaba en Canarias, en su primer día de entrenamiento, cuando un amigo de Aldaia le llamó y le dijo: “Se ha ido todo a la mierda”. Un psicólogo le había recomendado descanso. Había acumulado muchas misiones. Pero se fue igualmente. “Si tenemos un tornado, un incendio, un volcán o una inundación, tenemos que estar listos”.

Su argumento es idéntico cuando habla de salvamento marítimo: los servicios de emergencia no son un lujo recortable. “No son un gasto superfluo. Si un año no te hacen falta, no pasa nada: su objetivo es estar para cuando se les necesita”. En su experiencia, la embarcación a menudo no es suficiente, el material no es suficiente, los efectivos no son suficientes. “Y eso no puede ocurrir. Nada vale más que una persona siga respirando”.

No quiere presentarse como héroe. De hecho, rechaza esa categoría. “Hablar de cifras parece que te hace más héroe, pero es más bien nuestro fallo como sociedad”. Le pregunto a cuánta gente ha rescatado. No responde con un número. Dice otra cosa: “Con 30 años, demasiados”. Añade también que hay gente a la que no ha logrado salvar. Tiene ayuda psicológica constante. “Estoy trabajando en ello”. Lo que le preocupa no es el trauma visible, sino el riesgo de acostumbrarse. “Cuando siento que ya no se me ponen los pelos de punta al ver una embarcación, lucho contra ello. Cuando estoy cansado, no puedo más, decido seguir. Ese es el gran reto”.

Al final, ante la pregunta de qué le mueve a continuar, no elige la anécdota más brutal, aunque podría. Dice que ha visto amputaciones, violaciones, ahogamientos. Pero rechaza esa economía de la compasión en la que parece que solo merece ayuda quien ha sufrido lo indecible. Prefiere recordar otra cosa: “Sacar a alguien del agua que se está ahogando, un niño que cuando está feliz y a salvo te cuenta con ilusión que cuando llegue a Europa va a estudiar”. Esa alegría breve, dice, es lo que le mueve. No la catástrofe, sino la posibilidad.

Por eso sigue. Por eso nada, estudia, rescata, denuncia. Por eso insiste en que la vida no puede ponerse en peligro por razones de nacionalidad o de cálculo político. Por eso se resiste a dejar que el mar sea solo paisaje o frontera. Para Eduardo Blasco, sigue siendo ante todo una línea de verdad: el lugar donde Europa revela, sin maquillaje, cuánto vale una vida cuando viene sin pasaporte correcto.

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