'Lux tour'

Rosalía, emperatriz: mística, carne y rave

La artista inaugura su gira en Madrid con un espectáculo que une lo sagrado y lo contemporáneo y confirma su transformación en figura total

Rosalía ha iniciado su gira de 'Lux tour' en España en Madrid con un concierto extraordinario
Rosalía ha iniciado su gira de 'Lux tour' en España en Madrid con un concierto extraordinario
María Serrano

Llora, llora, llora como su Cristo llora diamantes. Ella le canta a Dios, aunque haya quien aún no lo entienda. Canta y grita y se desgarra y suplica; pide comprensión, aunque ella ya ha comprendido. Esta noche, a las puertas de la Semana Santa, el Palacio de los Deportes ha acogido el inicio de la gira española de Rosalía en su ‘Lux Tour’ y su público se ha rendido ante ella: colas de horas antes del inicio del concierto y silencio sepulcral mientras casi 20.000 personas esperaban “su duende”, ese que ella misma confiesa haber encontrado cuando empezó a cantar aquí, en esta ciudad, en Casa Patas.

El reverso de un lienzo, desnudo, anuncia la nueva etapa de Rosalía: ella, sin adornos. Una vasija vacía para poder llenarse de Dios, como ella misma se define. En la espera suenan el Réquiem de Verdi, el segundo movimiento de la Séptima Sinfonía de Beethoven, la Pequeña Serenata Nocturna de Mozart. Música clásica para que ella, artista y guía, nos abra el camino que por fin aúna tradición y vanguardia: algo eterno pero que dialoga con el presente. Con Angel, de Jimi Hendrix, el público enloquece: todos esperan que aparezca ella, vestida de blanco, chamana moderna que nos . Una caja enorme, velada, cubierta de telas blancas, domina el escenario y de ella sale Rosalía, vestida de bailarina de Degas, con la mejor canción de Lux: “Quién pudiera vivir entre los dos / Primero amar el mundo y luego amar a Dios”. Se pregunta cómo se puede vivir entre el cielo y la tierra: amar el cielo y la tierra. Y como una nueva encarnación, ella representa que sí, que es posible habitar con sentido este tiempo intermedio.

Rosalía, en el concierto de Movistar Arena de Madrid

La pregunta atraviesa todo el concierto: cómo habitar ese límite entre lo terrenal y lo espiritual. Y ella responde desde el cuerpo, desde la voz, desde la escena. Como una nueva encarnación, demuestra que ese equilibrio no solo es posible, sino que es el lugar desde el que canta. Su voz viaja en ondas pero atraviesa carne y alma; completamente recuperada del malestar que la apartó del escenario en Milán, demuestra una capacidad desorbitante en todos los registros. Para empezar, haciendo ballet en puntas en sus primeras canciones.

El primer bloque del concierto se sostiene sobre esa tensión. Reliquia abre el camino, y Rosalía, con tutú, parece frágil y poderosa al mismo tiempo. “Muchas, muchas gracias”, dice entre lágrimas, en uno de los momentos más desnudos de la noche. “Mi corazón nunca ha sido mío / Yo siempre lo doy”, se entrega con los violines de la orquesta en directo mezclándose con las luces tecno. Los planos cenitales la sitúan rodeada de bailarinas que la guían por el escenario: “Ego sum nihil, ego sum lux mundi” (Yo no soy nada, yo soy la luz del mundo). La transición es potente: con Porcelana, aún ataviada con tules y sedas, interpreta una coreografía que actualiza la tradición clásica con una percusión contemporánea.

“Dentro de mí, fuera de mí”: la dualidad continúa en Divinize, cuya letra, como todas durante el concierto, se muestra en una pantalla sobre el escenario traducida al español. En este disco Rosalía habla 13 idiomas, que incluyen el japonés, el árabe o el ucraniano, y facilita la comprensión del público gracias a estas pantallas. “A través de mi cuerpo puedes ver la luz”, “Cada vértebra revela un misterio”. El cuerpo, de nuevo, como lugar de revelación. Los bailarines la envuelven con tules, danzando a su alrededor, en un precioso ejercicio de comunión.

“Quién me iba a decir esto hace una década”

En un segundo acto, Rosalía aparece tocada, con un manto que le cubre la cabeza cual Virgen María. Se aferra al micrófono, emocionada. “Estoy muy feliz de estar aquí. Es una noche muy especial”, dice, y el concierto cambia de temperatura. “Me encanta haber vuelto aquí. Si lo pienso, hace más de una década que vengo a Madrid, y es una ciudad que quiero mucho y de la que tengo muchos recuerdos. Una vez, cantando en Casa Patas, recuerdo sentir el Duende como en ningún otro lugar. Quien me iba a decir a mí que, una década más tarde, estaría yo aquí”. Rosalía se lleva la mano al pecho y se echa a llorar. “¡Las vueltas que da la vida! Me siento muy agradecida de estar aquí y poder compartirlo con vosotros”.

Después de fiestas de la Resurrección, de Hakuna, de nuevas espiritualidades y efervescencia, ver a Rosalía cantarle directamente a Cristo sobre un escenario, con los ojos anegados en lágrimas, es realmente una experiencia religiosa. “Te llevo conmigo siempre, siempre, siempre te llevo conmigo”, le reza en Mio Cristo piange diamanti. “Haz temblar la tierra / Y levantarme a tu lado / Pero cuando fallo y no lo consigo / ¿Eres tú el que se levanta? ¿Eres tú?”. Su Cristo llora diamantes y ella, como la mujer pecadora del Evangelio, enjuga sus lágrimas.

Rosalía cantando la canción 'Mio Cristo' en su concierto en Madrid en marzo de 2026
Rosalía cantando la canción ‘Mio Cristo’ en su concierto en Madrid en marzo de 2026
María Serrano

La espiritualidad inicial se transforma en oscuridad electrónica con Berghain, uno de los momentos más contundentes (y más esperados) del espectáculo. Quedan atrás los pliés y relevés ejecutados con precisión y la Heritage Orchestra vuelve a ocupar el centro del show. Con un corsé negro con botines de seda, forma la imagen de El aquelarre de Francisco de Goya, dadas las semejanzas entre la puesta en escena y la composición de dicha obra del Romanticismo. El público enloquece en un final ravero, en línea con su actuación en los BRIT Awards – aunque, esta vez, sin Björk a su lado–: 20.000 personas bailando tecno bajo los acordes de “Su miedo es mi miedo
/ Su rabia es mi rabia / Su amor es mi amor / Su sangre es mi sangre”. Poder tecno, libertad del cuerpo, exorcismo, redención. “I will fuck you till you love me”: los cuerpos caen a su alrededor.

Rosalía se coloca entonces una peluca tipo María Antonieta y entra en una estética más cruda, más nocturna, y enlaza con Saoko, La fama, La combi Versace y De madrugá. Es aquí donde LUX dialoga con Motomami, donde la artista no renuncia a su pasado reciente, sino que lo integra en esta nueva narrativa. Sus coreografías se mantienen intactas, y ella sigue siendo la misma y a la vez, se ha transformado. Eso sí: El Mal Querer queda fuera de esta etapa, de forma completa y tajante.

Pero el concierto no se queda ahí. Vuelve a girar. Llega la saeta, El redentor, que es curiosamente una canción de su primer disco, Los Ángeles. Rosalía le canta a su Dios crucificado, algo que ya hacía, para los despistados, hace diez años: “Y les escupen, y le abofetean / Y lo coronan, ay, de espinas / Sangre pura le chorrea / Por su carita, ay, divina”. El cuerpo vuelve a ser atravesado: escupido, golpeado, coronado de espinas. La referencia es explícita, casi violenta, pero nunca gratuita. Rosalía se sienta, la cambian de ropa en escena, como si asistimos al proceso mismo de construcción del personaje. Todo es visible. Todo forma parte del cuadro.

Muchos ven paralelismos entre 'El aquelarre' de Goya y la interpretación de 'Berghain' de Rosalía
Muchos ven paralelismos entre ‘El aquelarre’ de Goya y la interpretación de ‘Berghain’ de Rosalía

Después de que Rosalía aparezca cual Mona Lisa enmarcada y cantando I can’t take my eyes off you, El bloque central introduce uno de los momentos más (in)esperados: el confesionario.Hay humor, hay ironía, hay una voluntad de romper la tensión acumulada. En otras ocasiones ha invitado al “confesionario” a personas del público, pero en esta ocasión es Esty Quesada, conocida en el mundo de Internet como Soy una pringada, quien se arrodilla y confiesa sus pecados: cómo acudió a los brazos de un hombre que no hizo más que humillarla, obligándola, entre otras cosas, a realizarse una prueba de fertilidad a pesar de que ella había expresado que no quería ser madre. “Y aún así, seguí”, dice Esty. “Me decía que era la mujer de su vida, que sin mí su vida no tenía sentido, que me quería…”. “Siempre dicen esto”, la interrumpe Rosalía, cual sacerdotisa que habla la verdad.

El confesionario es el gag que permite dar paso a La Perla, una de las grandes canciones de este disco de Rosalía, en la que su vestuario parece rememorar aquella escena de Soñadores (2003) de Bernardo Bertolucci con Eva Green como una Venus de Milo, con unos largos guantes que funden sus brazos en la oscuridad del escenario mientras todo el público canta y grita llena de rabia a las “perlas” de sus vidas.

Rosalía cantando una versión de Can’t Take My Eyes Off You

Después, piezas como Sauvignon blanc devuelven el concierto a un terreno más íntimo, más recogido.

En la recta final, Rosalía se lanza al público. En Dios es un stalker, recorre la pista con un tocado, en una especie de procesión contemporánea. La distancia desaparece. Ya no hay escenario: hay comunidad. La rumba del perdón convierte el espacio en una celebración compartida, con ella cantando y bailando entre los asistentes. Luego llegan Cuuuuute, con una mezcla inesperada de referencias —botafumeiro, samba, techno— y una energía que desborda cualquier etiqueta.

El cierre recoge algunos de sus temas más reconocibles, como Bizcochito o Despechá, pero incluso ahí Rosalía mantiene el control del relato. No hay concesión fácil. Todo forma parte de una estructura pensada.

“Es la primera de todas, pero no me voy a olvidar de esta noche”, dice antes de despedirse. Y la frase queda suspendida en el aire, como todo el concierto.

Porque lo que ha ocurrido en Madrid no es solo el inicio de una gira. Es la confirmación de una artista que ha encontrado un lugar propio. Uno en el que caben el flamenco, la electrónica, la tradición, la vanguardia, la fe y el cuerpo. Uno en el que Casa Patas sigue estando presente, como origen, como memoria, como duende.

Y es ahí donde LUX encuentra su sentido: no como ruptura, sino como integración. No como espectáculo, sino como estado. Rosalía ya no se transforma en cada etapa. Ahora, por primera vez, todas sus versiones conviven.

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