Música

El arranque del ‘Lux Tour’ de Rosalía: el concierto pop como teatro total

Ataviada con tutús, zapatillas de ballet y vestidos vaporosos al estilo Maria Callas, la estrella del pop estrenó versiones en directo de su nuevo LP e interpretó varios singles de 'Motomami'

Rosalía en los Premios BRIT 2026 en el Co-op Live Arena, Manchester
EFE/EPA/ADAM VAUGHAN

El 16 de marzo, el LDLC Arena de Lyon se convirtió en el escenario de una propuesta que trasciende el formato convencional del espectáculo pop. Rosalía inauguró allí su Lux Tour, su primera gira en cuatro años, con una puesta en escena concebida como una dramaturgia musical en cuatro actos. Más que un simple debut en directo de su cuarto álbum de estudio, Lux, la actuación evidenció un giro estético que desplaza el universo sonoro de Motomami (2022) hacia un territorio donde la experimentación musical convive con la lógica del teatro coreográfico.

La deriva operística

El nuevo espectáculo propone una lectura del concierto como forma de teatro total. La colaboración con el colectivo coreográfico (LA)HORDE, vinculado al Ballet Nacional de Marsella, resulta clave para entender esta evolución. Desde la obertura orquestal en directo, el escenario se plantea como un espacio dramatúrgico en el que la música se articula con el movimiento, la imagen y la construcción narrativa.

El vestuario —tutús, zapatillas de ballet y tejidos vaporosos— no funciona solo como referencia estética, sino como herramienta conceptual para subrayar la hibridación entre tradición académica y cultura de club. La coreografía alterna técnica clásica con lenguajes urbanos como el jumpstyle o el hakken, integrando códigos que rara vez coexisten en el ámbito del pop de masas.

Una dramaturgia musical en cuatro actos

El concierto se organiza en cuatro segmentos claramente diferenciados, con un interludio entre el tercero y el cuarto, que actúa como transición emocional y escénica. Esta estructura permite articular el repertorio de Lux con algunos de los temas más reconocibles de la etapa anterior de la artista.

El concierto se abre con una imagen de fuerte carga teatral: la cantante aparece encerrada en una caja de madera que los bailarines abren para revelar su primera encarnación escénica, ataviada con un tutú de ballet. En este segmento inicial interpreta por primera vez en directo canciones como Sexo, Violencia y Llantas, Mio Cristo Piange Diamanti o Porcelana, integrando giros y movimientos propios de la danza clásica en una coreografía que busca tensionar el canon académico con la lógica del espectáculo pop.

Rosalía colabora con el colectivo coreográfico (LA)HORDE, vinculado al Ballet Nacional de Marsella
Rosalía colabora con el colectivo coreográfico (LA)HORDE, vinculado al Ballet Nacional de Marsella

La dimensión ritual se intensifica hacia una energía techno, durante la interpretación de Berghain, donde Rosalía recrea una escena inspirada en El aquelarre de Francisco de Goya. Con un vestuario dominado por cuernos negros y una estética de resonancias demoníacas, el escenario se convierte en una interpretación contemporánea de la iconografía pictórica, situando el concierto en un territorio intermedio entre la performance y la escenificación artística. Este segundo acto también está marcado por la reinterpretación de temas de Motomami como Saoko y La Fama.

Uno de los momentos más comentados del concierto se produce cuando la artista introduce un “confesionario” con un espectador. Tras escuchar el relato de su ruptura sentimental, Rosalía enlaza este gesto con la presentación de La Perla, una de las canciones centrales de Lux.

La actuación incluyó además una versión del clásico Can’t Take My Eyes Off You, popularizado por Frankie Valli, ampliando el repertorio más allá de su discografía reciente y reforzando la dimensión emocional del espectáculo. En ella, la cantante juega con la noción de ser contemplada como objeto artístico al situarse dentro del marco de un cuadro mientras varios asistentes suben al escenario. La escena remite a la experiencia museística contemporánea y a la forma en que la imagen del artista se convierte en objeto de consumo visual, evocando comparaciones con la recepción pública de la Mona Lisa en el Louvre.

El concierto incorpora también otros momentos de proximidad física con el público, como el recorrido de Rosalía por las primeras filas durante la interpretación de Dios es un stalker. La presencia de elementos simbólicos vinculados a lo religioso atraviesa toda la propuesta. Durante la interpretación de CUUUUuuuuuute, un botafumeiro en movimiento proyecta humo sobre el recinto, introduciendo un componente ceremonial que dialoga con la tradición católica y con la teatralidad barroca.

Este uso del imaginario ritual se articula con una sucesión constante de cambios de vestuario, que incluyen referencias históricas como la figura de María Antonieta.

Un proyecto de ambición global

Publicado en noviembre, Lux evidencia la voluntad de Rosalía de operar desde una escala transnacional, tanto en su concepción musical como en su estrategia escénica. El álbum incluye composiciones en trece idiomas y colaboraciones con figuras como Björk e Yves Tumor, ampliando el radio de influencia de la artista más allá de los circuitos habituales del pop latino.

La gira, producida por Live Nation, prevé 42 conciertos en 17 países. Tras la segunda parada en París el 18 de marzo, el recorrido europeo continuará durante la primavera antes de trasladarse a América del Norte en verano, con inicio en Miami el 4 de junio. El cierre está previsto en San Juan, Puerto Rico, en septiembre de 2026.

Más allá de su escala logística, el Lux Tour confirma una tendencia que Rosalía viene explorando desde hace años: la transformación del concierto pop en una forma escénica híbrida donde conviven tradición, experimentación y un espectáculo diseñado para audiencias globales. Esta propuesta escénica de clara vocación maximalista redefine la experiencia colectiva del directo y en ella se sitúa buena parte de la singularidad de su proyecto artístico actual.

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